OSVALDO SORIANO Y LA ESCRITURA DEL PERDEDOR SENTIMENTAL

Carlos Yusti


Hay escritores que de manera definitiva dejan sus tenues huellas en las veredas del alma. Escritores cuyos libros se colocan en un lugar privilegiado en la estantería del corazón. Escritores que convierten el oficio de escribir en un milagro, una pascua, una comunión transparente que aviva la piel de los demás. Osvaldo Soriano fue (y es porque todavía disfrutamos con gran ardor todos sus libros) uno de esos escritores infaltable en el afecto de muchos lectores. 

Tenía la estampa exacta del perdedor sentimental y que él supo sacarle partido a la perfección en algunas de sus novelas. Era un gordo amasado en emotividad que soñaba de niño con ser un centro delantero goleador en algún equipo de fútbol. Acá, o sea en la Argentina donde nació el año de 1943, la crítica lo ignoró por completo. Jamás recibió un premio, un reconocimiento, un honoris causa, un diploma, una palmada en la espalda de “vos lo estás haciendo rebién”, nada.  En las letras argentinas era un escritor invisible.  Esta condición sin embargo no fue un obstáculo para que sus libros tuviesen lectores a patadas, tanto en su país natal como en el extranjero. 

Su madre era una tenaz ama de casa agujereada por largos silencios. Su padre, que era inspector de obras sanitarias, en cambio era todo un personaje. En varias crónicas y cuentos lo describe con un amor/humor equilibrado. Su padre (que era pésimo conductor, pero además se encolerizaba si alguien le hacía cualquier observación sobre su manera descuidada al conducir) estuvo más cercano a él. No tenía nunca dinero suficiente y para desviar la miseria que sobrellevaban utilizaba mucha filosofía barata. Era un hombre improvisado y se perdía en ensoñaciones, en inventos mecánicos sin pies ni cabeza. Soriano describe así su faceta de coleccionista de herramientas: “En el fondo de la casa tenía un taller lleno de extrañas herramientas que iba comprando a medida que lo visitaban los viajantes de Buenos Aires. Como no podía pagarlas, los tipos entraban de prepo al taller, se llevaban las que tenía a medio pagar y de paso le dejaban otras nuevas para tenerlo siempre endeudado. Había algunas muy estrambóticas, llenas de engranajes, sinfines, manómetros y relojes, que nadie sabía para que servían”. 

La infancia de Soriano fue un desierto. En su casa no había libros. El propio escritor asegura que su padre siempre “estaba yéndose a otra parte, a algún lugar imposible donde no pudiera alcanzarlo su sombra”. Su infancia fue un trajín nómada. De pueblo en pueblo soñaba con ser futbolista. Ya de adolescente jugaba e incluso hacía goles. Pero su destino no era el engramado, sino la literatura. 

Al abandonar sus estudios al tercer año decidió leer como un desaforado. Se acercó a la literatura de manera intuitiva. Las novelas policiales fueron sus primeras desafueros como lector, luego de forma paulatina leyó a los grandes autores. 

En el año 1969 fue redactor de la revista “Primera Plana”. Lejos de la casa paterna encontró en el periodismo su segunda casa. Lo llamaban “El gordo” por cariño. Era en verdad buena gente, pero aparte de eso era un escritor con mucha soltura. Sus crónicas periodísticas eran ingeniosas y estaban saturadas de buena literatura. Se convirtió en periodista a fuerza de rigor y lectura. Poco a poco fue haciéndose con un estilo de buena costura sentimental. Metía mucha piel y razonado corazón en sus textos periodísticos al punto tal que Jacobo Timerman lo metió en una oficina y aparte del escritorio también le colocó una secretaria. 

En 1973 publicó su primera novela titulada “Triste, solitario y final”. La novela es un encuentro del fracaso y la decadencia. Todo pasado por un humor silente entre trágico y negro. Los protagonistas: el gordo y el flaco, Laurel y Hardy, fuera del éxito como comediantes pasean por distintos escenarios su fracaso. Marlowe, aquel detective creado por Raymond Chandler, aparece en escena como un estropajo decadente, pero todavía muestra los dientes de rabia mutilada. A toda esta comparsa de personajes se une un gordo periodista argentino que deambula por Hollywood sin saber a ciencia cierta que hace por esos lares. En 1978 edita su otra novela con letra de tango “No habrá más pena ni olvido”. Dicha novela fue llevada al cine por Héctor Olivera. En 1980 publica “Cuarteles de Invierno”. Un boxeador y un cantor de tangos entrecruzan sus vidas teniendo como telón de fondo la dictadura. La soledad, la tristeza, la derrota en son de novela policial nos presenta una historia bella, bituminosa y hondamente triste. Su última novela, “La hora sin sombra”, la escribe en el año 1955. Aquí vuelve su padre con todo el candor y la fuerza del hijo que trata de saldar cuentas pasadas. Sobre su oficio escribió: “Al poner el ansiado punto final a su libro, el escritor se siente Tarzán rey de la selva, Superman volando sobre el Empire State, Carlos Gardel saliendo del Tabarís. Pero la sensación sólo dura un instante: enseguida viene el vacío, la idea aterradora de que nunca más lo visitarán el gato de Baudelaire o el duende de Chéjov. Sin embargo, las doscientas y pico de páginas están sobre el escritorio y cuando el tipo las mira se dice qué bueno, ya está, este es el producto de dos, tres, cuatro años de trabajo. Hay quien idealiza al escritor y lo imagina impoluto, inclinado sobre el papel con los lentes caídos sobre la punta de la nariz y una pipa entre los dientes, buscando la palabra justa para una frase que debe sonar perfecta. Es cierto que ese hombre o esa mujer ponen lo mejor de sí mismos, pero el camino es tan largo, escarpado e incierto que cuando termina su jornada se siente tan extenuado como un cartero rengo”. 

Los personajes creados por Soriano, en sus novelas no tienen desperdicios alguno. Tienen muchos rasgos quijotescos (de seres frotados con los astros del fracaso) pero que jamás pierden la ocasión de burlarse de todo y de sí mismos. No tienen empacho alguno de enfrentarse a sus derrotas con una sonrisa, con una tristeza que los empaña por dentro. Son personajes que convertimos enseguida en compañeros, cómplices y hasta en precisos espejos. 

Leer a Osvaldo Soriano en penetrar en el alma argentina, esa alma que tanta mala prensa tiene. Osvaldo hace un mapa benévolo y pleno de humor de lo humano. Soriano era un Balzac sentimental, un jugador nato que en vez de goles supo colocar las palabras al fondo de la red del alma. De esos goles que de puro perdedor sentimental uno se pierde en los avatares del diario vivir. O como él lo deja en el aire en el siguiente diálogo: 

-¿Helado de qué, Míster? 
-Chocolate y menta... Decime, ¿qué hacés acá con este calor? 
-Estoy terminando una novela. 
-¿Tiene gol? 
-Algunos. 
-Muy bien. Guarda con el back que tiene cara de asesino. 
-Quédese tranquilo. 
-Me acuerdo que me decías eso, sí... ¿De que trata el libro? ¿De fútbol? 
-No. Trata de los goles que uno se pierde en la vida. 
-Ya veo. Poneme a la sombra, pibe, que te cuento la del arquero sin manos. 

 

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