LEYENDA DEL NACIMIENTO DE JESUS

Maite Mainé

 


San Joaquín y Santa Ana deseaban fervientemente tener un hijo, rogando a Dios diariamente con sus continuas oraciones. Fueron escuchados por Allah, y Ana prometió que su hijo, fuese hembra o varón, se consagraría al servicio del Señor en el templo.

Nació una hermosa niña, a quien pusieron por nombre María, y cuando su madre, Ana, la llevó al templo, Zacarías y sus compañeros quedaron entusiasmados al contemplar su hermosura y su gracia. Se la disputaban todos para adoctrinarla y tuvieron que echar a suertes para ver a quién le correspondía, y éste fue Zacarías.

Zacarías se hizo cargo de la niña y le preparó un bello aposento, cerrado con sólidas puertas, en el interior del templo, y de él no salía nunca, ni permitía que nadie fuera a verla. El le llevaba allí el alimento necesario, y todas las horas del día aquella angelical niña las dedicaba a DIOS

Llegó a ser mujer, y un día se presentó ante ella el arcángel Gabriel, ofreciéndole unos frutos del paraíso para que comiera y le anunció:

- Tendrás un hijo que será Hijo de DIOS.

María concibió, y Ella tuvo miedo a los de Beni-Icraile, que la condenaron a morir apedreada. Pero Gabriel la tranquilizó, diciendo:

- Ellos están en poder de DIOS y no moverán un brazo sin su voluntad.

Zacarías llegó y quedó extrañado viendo aquella hermosa fruta, sin que se hubieran abierto las puertas, que estaban como él las había dejado, y preguntó quién las había traído. María le dio a comer de ellas, diciendo:

- Come de estos frutos de Allah.

Pasados varios meses, llegó el tiempo del nacimiento de su hijo y, temerosa María de Zacarías y de los Beni-Icraile, huyó al desierto y después de largas jornadas, encontró una palmera seca con el tronco vacío, y se metió en el hueco de la misma. Gabriel se apareció, mostrándole un blanco lecho, y le dijo:

- Mueve las ramas de la palmera y caerán dátiles.

María movió las ramas y cayeron frutos, con los que pudo saciar su hambre, y corrió un cristalino arroyo a sus pies, con cuyas aguas pudo aplacar su sed.

Después nació JESÚS, para la salvación de los hombres, y se abrieron las puertas de los cielos, y bajaron legiones de ángeles a adorar a su Señor, y entonando canciones en su gloria, se postraban ante El. Columnas de blanquísima luz partían del cielo hasta la palmera, que quedaba envuelta en resplandores celestiales. Apenas nació el Niño, empezó a hablar, alabando a DIOS.

Mientras, Zacarías fue a ver a María, y no encontrándola en el templo, angustiado, comenzó a llamarla a grandes gritos. Acudieron a él los de Beni-Icraile, y todos se unieron en su busca, recorriendo la ciudad, y encaminándose hacia el desierto. En el camino vieron un pastor que corría asustado, y, llamándole, le preguntaron qué le pasaba. Este les contó que había visto las mayores maravillas de la tierra: los cielos, abiertos, y siete filas de ángeles que descendían hasta una palmera, y allí se postraban en adoración, en tanto que grandes resplandores caían desde el cielo a la tierra, y dentro de la palmera se veía a una mujer con su hijo recién nacido. Todos pensaron enseguida que era la que buscaban, y orientados por el pastor, se dirigieron hacia ella, armados de palos y cargados de piedras, para darle muerte. 

Así que la vieron la insultaron.

María pidió a su Hijo que hablara en su defensa, y el recién nacido habló:

- Allah es mi Padre y mi Señor, y vuestro Señor. Adoradle.

Muchos cayeron, aterrados, en tierra, y algunos les arrojaron las piedras que llevaban, que ellas solas se volvían contra los que las habían lanzado, causándoles grandes heridas, en tanto que los palos se les cayeron de las manos. JESÚS, llamando a los heridos y poniendo sus pequeñas manitas sobre las llagas, les sanaba.

Ya crecido el Niño, quiso su Madre llevarle a la escuela, y JESÚS aceptó por obediencia, y cuando estuvo delante del maestro, le dijo:

- Enséñame las verdades que Allah ha revelado.

- Niño, no tienes tú que decirme lo que yo he de enseñarte.

Y JESÚS, con voz preciosa y gran elocuencia, empezó a hablar de Allah, de su bondad e inmenso poder, de la eternidad y de las virtudes, del juicio, del infierno y del paraíso; lo hizo con tal sabiduría, que el maestro quedó maravillado, y besando con emoción la cabeza del Niño, llamó a la Madre y le dijo:

- Llévatelo, que tu Hijo es el más sabio de los hijos de los hombres y no necesita que le enseñen.

La Madre colocó a su Hijo en casa de un tintorero, que le fue enseñando lo que tenía que hacer. Un día se ausentó de la tienda y JESÚS quedó solo. Cogió todas las ropas que había para teñir, preparó una sola caldera y las metió todas en la misma, y JESÚS pidió a Allah que cada prenda tomase el color que debía tener. Cuando llegó el maestro, al ver las ropas metidas en una misma caldera, empezó a lamentarse con alaridos de dolor, pensando en su ruina, y los vecinos, al oirle, acudieron a preguntar la causa de su desgracia, y vieron, asustados, que todas las ropas estaban en una misma caldera. JESÚS dijo:

- Cada prenda tendrá el color que quiera su dueño.

Y las iba sacando El, una a una, y todas tenían distintos colores: rojos, amarillos, verdes, azules, y de las más bellas tonalidades.

Todos pensaron que aquel muchacho era un hechicero, y se dijeron:

- Llevémoslas a lavar al río, y pronto perderán sus colores, porque esto es una hechicería.

Pero allí quedaron aturdidos, viendo que cada vez cobraban más viveza aquellos colores y que ni siquiera enturbiaban el agua del río. Las gentes, ante aquel prodigio, se alborotaron y desterraron de la villa a la Madre y al Hijo.

Se fueron al desierto y allí durmieron, después de orar. Al día siguiente, JESÚS se levantó y oró de nuevo, y luego, extrañado de su su Madre durmiera tanto, fue a despertarla y la halló muerta. DIOS le habló desde el cielo diciéndole que no la enterrara, y bajaron los ángeles, la cogieron y la transportaron a los cielos.

JESÚS se encontró solo y marchó a la ciudad, y su mayor delicia era estar con los niños y los llamaba para que se acercaran a El, en tanto los acariciaba con ternura. Pero los malvados de Beni-Icraile se reunieron para evitarlo, alegando que pudiera sembrar en sus tiernos corazones falsas doctrinas, y escondieron a todos los niños en una casa, para que no se pudieran acercar a JESÚS. Pero EL Señor fue en su busca y llamó a la puerta de la casa. El dueño abrió, diciendo que allí no había niños, sino una piara de cerdos, y JESÚS contestó:

- Sea como tú dices

Y marchó.

El dueño entró y vió, asustado, que todos los niños se habían convertido en puercos y que todos respondían por sus nombres, y llamó a los padres, que quedaron horrorizados al verlos.

JESÚS curaba a los enfermos que a El acudían, y limpiaba a los leprosos, daba vista a los ciegos y sanaba a los enfermos, y todos regresaban, sanos, a sus casas. Envidiosos los de Beni-Icraile a la vista de tantos prodigios, se reunieron para matarle, y llamaron, para consultar, a Iblis , el Maldito. El demonio confesó ante todos que JESÚS era HIJO de DIOS.

JESÚS, seguido de una gran multitud, dirigióse al cementerio de la ciudad, y allí se pararon ante el cementerio , en una fosa, y con voz imperiosa mandó JESÚS al muerto que se levantara. Al momento se levantó la piedra y salió de la tumba Sem, hijo de Noé, con la cabeza mitad blanca y la mitad negra. Le preguntó el SEÑOR la causa de ello, y respondió Sem:

- Al oir vuestra llamada, creyendo que había llegado el día del Juicio Final, del terror me encaneció la cabeza, y cuando caí en la cuenta de que érais VOS, ya las canas me cubrían la mitad de la cabeza, quedándome la otra mitad negra.

JESÚS le preguntó si quería volver al mundo, pero Sem se encontraba muy a gusto en el cielo y prefería quedarse allí. Y JESÚS le dejó seguir en la tumba. Sem se hundió de nuevo en la tierra y la losa de piedra volvió a cubrirle.

Siguió JESÚS caminando y sembrando el bien por toda la comarca, y llegó a una ciudad, y allí llamó en una casa donde había un ciego de nacimiento, y preguntó por él. El padre, que le abrió la puerta, negó que allí hubiera ningún enfermo, porque desde que nació le había ocultado a la vista de los vecinos y nadie sabía que existía. JESÚS insistió que quería verle y sanarle, y así, fue conducido hasta le aposento del enfermo. Allí, compadecido de él , le sanó, quedando convertido en un hermoso muchacho, que se postró ante el Señor, adorándole agradecido.

JESÚS le mandó que se presentara ante el Rey del país solicitando la mano de la princesa y que le concediera desposarse con ella. El gallardo joven llegó a Palacio e intentó hablar con el Rey; pero los guardianes se negaban a permitirle la entrada. Por fin, les convenció y fue llevado a la presencia del Soberano, ante el cual expuso su pretensión de casarse con la princesa. El Rey y los de Beni-Icraile se indignaron al escuchar su loca demanda, y, llamando a sus sirvientes, les ordenaron que aquel joven fuese arrojado a los leones, que le devoraron.

El padre, que esperaba impaciente la vuelta de su hijo, preocupado por la tardanza de éste, marchó en su busca y llegó al Palacio a preguntar por él. Allí se enteró de la funesta suerte de su hijo, y llorando y con angustiosas lamentaciones, volvió a a dar cuenta de ello a JESÚS, que le consoló y le dio un sello para recuperar a su hijo. El padre volvió al Palacio del Rey y consiguió de los guardianes que le dejaran entrar en el foso de los leones. Una vez allí, fue tocando con el sello de JESÚS a cada uno de ellos, que le devolvían los pedazos devorados de su hijo. El buen hombre fue recogiendo con cariño todos los despojos ensangrentados, se los llevó a JESÚS, que volvió a darle vida, quedando más hermoso que antes de ser pasto de las fieras.

Acudió de nuevo ante el Rey, pretendiendo casarse con su hija, y atónito quedó el Monarca viendo ante él al joven que habían devorado los leones. Hizo venir a los de Beni-Icraile, y todos reconocieron en él al joven a quien habían arrojado a las fieras y éstas habían devorado; y ante aquel milagro, aconsejaron al Rey que le pidiera alguna prueba más de su poder.

Al Monarca le complació la idea y le prometió la mano de su hija, la bella princesa, si le presentaba una casa llena de maravillosos tesoros y un poderoso castillo construido en los aires, sin que tuviera cimientos en la tierra. El joven buscó a JESÚS y le dio cuenta de las dos peticiones regias, y el Maestro le concedió todo cuanto le habían pedido.

El pretendiente acudió de nuevo a la mansión real y fue conducido hasta el regio aposento; allí comunicó al Soberano que podía satisfacer todos sus deseos, y le mostró en los jardines del alcázar una casa dorada, llena de fantásticos tesoros, consistentes en montones de piedras preciosas de incalculable valor, joyas y objetos artísticos y fabulosas riquezas. Después le mostró un castillo inexpunable, flotando en los aires, sin apoyo sobre la tierra, que ningún ejército del mundo hubiera podido tomar. El Monarca, loco de alegría ante aquellos portentos, le concedió por esposa a su hija. Pero el joven renunció a ella, dejando confundido al Rey, y volvió junto a JESÚS para no separarse jamás de El, abandonando todo lo de este mundo para seguir al Maestro hasta la muerte.

 

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