HERMINIO

Horacio Destaillats



"...Y ya que el Hombre es la máxima Creación divina, destruirlo es algo así como ponerse al nivel del propio Dios". Esa era la línea retorcida de razonamiento que hacía rato rondaba por la cabeza de Herminio, dominaba su pensamiento y creaba la más íntima, profunda e inconfesable convicción. La Muerte le resultaba un atractivo tan poderoso que no podía desprenderse de la idea, hasta el punto de comenzar a temer, en momentos de examen de conciencia, estar cayendo en una obsesión rayana en alguna forma de chifladura. Pero era lo bastante controlado como para no exteriorizar esa faceta tan peligrosa. 

Trabajaba en el Diario de la Tarde, justamente en la sección policiales y de alguna manera el contacto con esos hechos lo había llevado a reflexionar en el sentido que se describe. Se dio a buscar en los archivos del Diario algún antecedente del asunto que tanto lo preocupaba, alguien que en ocasión de un crimen hubiera dicho algo parecido para justificarse o la opinión de algún filósofo o teólogo, alguna coincidencia que lo apoyara al tiempo que lo tranquilizara en sus dudas respecto de su propia persona. 

En la Redacción había legajos viejos con historias criminales de todo tipo: muchas pasionales, otras con trasfondo económico. Las había motivadas por rencores personales y por rivalidades políticas. Asesinatos en ocasión de robo eran comunes y la acción de mafias, con su sello característico aparecía de vez en cuando. Bastantes casos de esos que nunca se resuelven y caen en el olvido y unos cuantos que en su momento dieron mucho que hablar. Pero de lo que él buscaba, no encontraba nada; su idea parecería ser totalmente original. Había algunos asesinatos rituales, efectuados por sectas de chiflados que no sabían bien que querían o que lo hacían bajo efecto de drogas, pero no un hecho sin motivo aparente, sólo para elevarse al nivel de Dios. Sí, los había por voluntad de ganar notoriedad o simplemente por un impulso interior patológico, pero por decisión razonada basada en el enunciado que él había elaborado, no encontró nada. 

La idea morbosa y sublime a la vez le seguía dando vueltas en la cabeza y fue madurando con la búsqueda hasta que llegó a la conclusión de que debería encontrar la manera de agotar esa información tan desperdigada que no tenía fin y que lo llevaba a quedarse después de hora casi todos los días, enfrascado en una búsqueda hasta allí infructuosa. La solución era trabajosa pero podría tener utilidad para otros fines dentro de la redacción. Se trataba de informatizar esos archivos, tarea que nunca había sido encarada. Así se lo planteó a su Jefe.

...y fíjese usted que muchos años de archivo contienen una masa de información que no se puede manejar fácilmente, argumentó Herminio, no sin lógica. Es necesario sistematizarla, ordenarla y meter todo en un programa adecuado que permita, ante un caso nuevo, comparar con lo conocido, sacar rápidamente conclusiones y quizás ayudar a resolverlo. Esto es lo que hoy se hace en temas de Medicina, Economía, Ciencias sociales y muchos otros. Sería una interesante herramienta para el Diario, insistió ante el viejo periodista que no tenía muchas ganas de innovar en eso ni en ninguna otra cosa. 
Le costó bastante convencerlo pero después de varias conversaciones en las que arrimaba ejemplos y con un entusiasmo inusual en su persona proponía una metodología racional a la vez que simple, terminó por imponer su idea. Se haría un archivo computarizado de los últimos 100 años de asesinatos en el País. 

Era una tarea complicada, bastante morbosa, si se quiere. Pero Herminio estaba dispuesto a llevarla adelante y formó un pequeño equipo para ello. 

Joaquín Lugo, egresado de Sociología y redactor auxiliar del Diario se interesó de entrada en el asunto y ofreció su colaboración; era lo suyo y se metió en el tema con tanto interés que hasta generó cierto resquemor en Herminio que no estaba dispuesto a perder la conducción del grupo: la idea era suya y sólo él sabía bien cuáles eran sus intenciones. 

También se sumó un empleado nuevo de la Empresa, Isidoro, un muchacho que sabía bastante de computación y programación y que aportaba sus conocimientos, tan frescos y espontáneos que parecería que lo sabía de nacimiento. Su colaboración era básica. 

Así, el grupo resultaba eficiente: uno aportaba las ideas fundamentales, el otro encuadraba el material desde el punto de vista de los grupos humanos que habían intervenido en cada caso y Isidoro trataba de ordenar todo para meterlo en un programa que iba perfeccionando a medida que se avanzaba con el trabajo.

Dentro del Diario se consideraba a Herminio como un tipo raro. Raro pero correcto en su relación con los demás. En efecto; no era muy comunicativo pero en su trabajo era efectivo y tenía algunas virtudes encomiables tales como una redacción escueta, buen poder de síntesis y cierta asepsia para los comentarios. Nunca un adjetivo disonante, una ofensa ni siquiera insinuada ni un juicio de valores. Eso lo dejaba para los especialistas.

Los compañeros tenían sobre él opiniones encontradas. Algunos sospechaban de una homosexualidad encubierta, quizás porque nunca hacía comentarios sobre relaciones femeninas, aunque sobre muchos otros temas tampoco hablaba demasiado. Se sabía que vivía solo, en una pensión de la Avenida de Mayo y si bien no intervenía en las bromas, fanfarronadas, mentiras y fantasías con que sus amigos matizaban las clásicas conversaciones de machos sobre sexo, tampoco tenía una posición de rechazo al respecto. 

Quizás su figura poco agraciada no le permitía darse el lujo de pretender competir en esas cuestiones: no le creerían. Por otra parte, además de su carácter bastante reprimido, conservaba un trasfondo de aquella moral rígida con la que lo habían educado dentro de una familia de origen gallego cuya máxima aspiración hubiera sido haberlo visto vistiendo sotana.

La investigación emprendida tenía muchas facetas. El material estaba bastante disperso, había que buscar en viejas carpetas de materiales periodísticos, en artículos y antecedentes policiales y hasta en publicaciones noveladas de casos famosos.

Herminio ya tenía un archivo propio para uso personal porque el tema, obviamente, lo apasionaba. Se dividieron la tarea de compilar el material y buscar en periódicos de épocas pasadas, leyeron una cantidad de libros que de un modo u otro tocaban el tema, incluidas novelas policiales clásicas y modernas. 
Entrevistaron a policías retirados y hasta a un viejo guardiacárcel que había prestado servicios en Usuahia, aquél famoso penal de la Muerte. Tuvieron entrevistas secretas con dos o tres torturadores y represores de la época de la Dictadura y aún de antes de esos tiempos, a quienes les preguntaban sobre temas muy íntimos. Incluso los llevaban a hablar sobre el sentido que veían en producir sufrimientos y llevar a la muerte a otros seres, para lo cual habían preparado toda una escenografía en un sótano del Diario con poca luz y unas sillas incómodas frente a una mesa donde una botella de bebida servía de estímulo. Una especie de confesionario que daba resultado; en varias ocasiones los entrevistados terminaban por largar el rollo y aportar increíbles y muy valiosos datos sobre el aspecto que más interesaba: la posición del victimario ante su víctima, datos que soltaban bajo la promesa solemne de Herminio y de Joaquín de usar lo hablado sólo como un estudio sobre las relaciones humanas. 

También visitaron en las cárceles a algunos asesinos famosos que por unos pocos pesos o de puro aburridos terminaban por contestar a las preguntas sobre "como había sido" o "que había sentido" 

En algunas semanas, el volumen de lo recolectado era impresionante. La tarea de sistematizar esa masa de información resultó más compleja de lo que imaginado al meterse en ese tema tan espinoso. Pero ya estaban en el baile y además empezaban a ver que la cosa tenía gollete, que de ahí podía salir algo importante, quien sabe con que alcance. Y sobre todo Herminio ponía en ello gran esfuerzo y esperanza, quizás con más proyección que los otros aunque con intenciones finales aún imprecisas.
El enfoque que le revoloteaba hacía tanto tiempo iba tomando forma a medida que se avanzaba con el trabajo informático :

Dios creó al Hombre a su imagen y semejanza.... matar a un hombre es como ponerse al nivel del mismo Dios... Uno le dio vida, el otro se la quitó. Es como un fenómeno reversible con el misterio profundo de los espejos, tiene la atracción del péndulo, que sólo marca el tiempo cuando oscila a uno y otro lado. Para aquí, vida, para allá, muerte...

Eran los pensamientos todavía confusos de Herminio, una especie de magma ideológico del cual saldría - imaginaba - una forma sólida de ideario que daría satisfacción a su no confesada forma de ver las cosas. 

El sacerdote Jaime Valenzuela - el Padre Jaime - para todos - era su amigo de toda la vida. Se conocían del barrio, de Villa Crespo, donde se habían criado, ido a la escuela y jugado a la pelota. Ambos vivían entonces en una vieja casa de la calle Serrano con sus padres, inmigrantes españoles. Una familia ocupaba la planta baja y la otra los altos de una de esas clásicas casas "chorizo" de dos pisos. Juntos compartieron muchas experiencias de juventud y hasta iniciaron sus estudios en el Seminario de Pilar, más por imposición familiar que por vocación. 

Después sus caminos se abrieron pero siguieron viéndose frecuentemente. Herminio fue perdiendo la Fe religiosa y Jaime lo sabía pero no se lo reprochaba; lo respetaba porque veía que aún conservaba ese sentido de trascendencia que les habían inculcado desde chicos tanto a uno como al otro en esas familias tradicionales y con un sentido religioso de temor a Dios. Las conversaciones entre ambos tenían un carácter muy cercano al de una confesión y les resultaban una forma de unión espiritual. 

Por eso, cuando Herminio confió a Jaime sus ideas éste no se alarmó demasiado. Lo tomó, eso sí, en serio pero como un ejercicio intelectual. Trató de rebatir sus planteos, que serían heréticos en boca de un creyente pero que él sólo veía como un desvío medio chiflado de su amigo. Los diálogos entre ambos se prolongaban en las noches sin llegar a ninguna conclusión pero a Jaime, esa idea de la equiparación con un Dios Todopoderoso, le movía el piso. Algunos argumentos de Herminio le resultaban difíciles de contestar. 

"...si bien Dios hizo al Hombre como Creación suprema, decía, no olvidemos que tambíen había creado antes todas las otras formas de vida; vegetales, bestias, microorganismos, aves y peces, hongos y toda otra forma capaz de autoreproducirse. Y ahora venimos a saber que la conservación tan estricta y rigurosa de las especies ( las mutaciones las debemos considerar como anomalías, desviaciones o errores) depende en todos los casos de esa especie de jueguito de RASTI que conforma los genes con sus cadenas retorcidas de aminoácidos. La complejidad de lo simple!¡ Fijate vos: con sólo cuatro del centenar de elementos químicos que conforman el Universo ( y que son de los átomos más sencillos; carbono, hidrógeno, oxígeno y nitrógeno) dispuestos de variadas e ingeniosas maneras, conformó esas cadenas de ADN que conservan la continuidad de todas las características de los millones de especies existentes y que se copian a sí mismas como moldes perfectos. Menos mal que Hitler esto no lo sabía porque le hubiera servido de sostén a sus teorías racistas... Por otra parte estos cuatro átomos también están formando un número pequeño de combinaciones (los aminoácidos , de composición y arquitectura también conocida desde mucho tiempo atrás) Al fin de cuentas, en esto consiste la tan mentada y alabada Creación? Al demitificar ese acto Divino surge como una desvalorización de la tan misteriosa acción de un Dios que no parece tener tanta imaginación y poder como se le quiere atribuir. Podría haber usado más elementos, más piezas de ese Rasti y quien sabe que obra hubiera creado...

Jaime no se santiguó porque le daba vergüenza. Trató de llevar a su interlocutor por el camino de los misterios, de la insondabilidad de los designios divinos, de una dicotomía entre El Dogma y La Ciencia , lo que había aprendido en el Seminario, pero solo logró una sonrisa medio sobradora de su amigo y el rechazo de lo que burlonamente llamó "cultura de catequismo". Herminio tenía el convencimiento de los iluminados, de los locos. Sin escucharlo siguió con su discurso: 

"...claro, el Autor se fue perfeccionando, hizo bichos cada vez más complicados, con más funciones y por lo tanto más difíciles de armar. Y cuando llegó al Hombre, apagó la computadora y dio por terminado el juego. Game is over! habrá dicho y se retiró a descansar, era el fin de semana. Que hizo el lunes siguiente? Se habrá dedicado a otras Creaciones, en Ganímedes o en algún rincón desconocido del Universo donde quizás se haya esmerado más o le haya dispensado un poco más de tiempo al RASTI que los seis días bíblicos?
Y si así fuera, esperemos que se haya preocupado por armar algo más difícil de destruir que esa Vida tan endeble, que esas cadenas de aminoácidos retorcidos que se rompen con cualquier acción externa...

Jaime ya se estaba poniendo nervioso. No por las herejías con que su amigo se regodeaba, sino porque no tenía mucha forma de contrarrestar semejante embestida.  Era demasiado convincente, tenía la fuerza propia de los dementes. 

- Decime, Jaime: continuó el loco, mirándolo a los ojos. Aceptando que por lo menos aquí en este planeta, el Hombre sigue siendo según su propia e inmodesta opinión la forma más perfeccionada, por que motivo en las religiones no se penaliza la muerte de animales y vegetales con sus estructuras distintas tal vez pero en el fondo del mismo tipo que las del Hombre? Por qué en todas se prohibe matar a seres humanos, la aparentemente más perfecta ? Será porque es la que hizo "a su imagen y semejanza"? Un poco soberbio, el Señor Creador e inspirador de la Religión, no te parece? 

Jaime resultó un poco confundido y sobrepasado por el planteo, entre cínico y provocativo.
- No, querido Herminio, los Mandamientos prohiben matar al Hombre por razones de sobrevivencia. Quizás en un momento se temió por su extinción, ello ha sido siempre motivo de preocupación por parte de pensadores, teólogos y filósofos. No les faltaban - menos ahora - razón. Cuando se inventó la ballesta el Papa aseguró que ese aparato terminaría con la Humanidad. La Peste Negra y, el SIDA, fueron y son amenazas permanentes, objeto de preocupación constante. Y con las armas nucleares el temor se convirtió en certeza; toda la obra del Supremo podría ser borrada apretando un botón, como en la compu, ya que tanto te gusta esa imagen: erase? Delete! Y chau! 

Herminio se sumió en un silencio pesado. Sus ideas iban tomando forma a partir de la nebulosa instalada en su mente. Sus conversaciones con Jaime no solo no le aclaraban sus dudas, sus contradicciones, sino que lo encaminaban hacia esa concepción entre materialista y mágica que lo obsesionaba reforzando sus opiniones al no poder rebatirlas su interlocutor. 

El archivo criminal ya se iba completando. Se había sistematizado cada hecho basándose en una clasificación prolija derivada del análisis de los casos considerados.

En primer lugar: las víctimas. 

Se ingresó en la computadora una larga lista y se podía acceder y buscar en el sistema por varias entradas: sexo, edad, religión, ocupación, situación familiar, gustos personales y formas de vida. También por cuestiones tales como nivel de educación, opiniones o actuación social o política, particularidades físicas y otras variables específicas.

Los/las victimarios/as también se podían clasificar según diversas características, cuando estaban identificados. La falta de esclarecimiento de los casos constaba como dato importante. Había hombres o mujeres, jóvenes, adultos y ancianos. También delincuentes precoces y hasta niños asesinos. Se podían encontrar seres violentos, retraídos, homosexuales o hetero, delincuentes natos y ocasionales, drogadictos, borrachos o alucinados, seres tranquilos y pacíficos y desde luego muchas personas de esas que sólo se podrían catalogar como "normales" También se consideraban los oficios u ocupaciones habituales. Había desde profesores universitarios hasta asesinos a sueldo, desde gerentes de empresas hasta changarines del puerto, desde prelados y militares hasta anarquistas. Todo estaba prolijamente catalogado y encuadrado en arquetipos estudiados por Joaquín con máximo rigor. 

Otro ítem ingresado eran las armas y métodos de asesinato. Resultó sorprendente la variedad y el ingenio aquí desplegado. Había armas de fuego y blancas. Apareció una muerte hecha con el arma vengativa de los mafiosos: la famosa "lupara". Revólveres, pistolas, escopetas y fusiles fueron las más comunes pero también ametralladoras, bombas caseras, granadas militares y engendros incendiarios. Ácidos corrosivos y venenos conformaron un capítulo especial y puñales y cuchillos de todo tipo y forma aparecieron en cantidad.

Bastantes hachas y martillos, machetes y hasta un caso realizado con un sable de caballería sacado de una panoplia. Un par de metros de soga se clasificó como arma. Un clásico de las películas de terror: la tijera usada como arma de defensa femenina y el cuchillo atado a un palo como lanza. 

Gente arrojada por la ventana apareció en forma bastante repetitiva como método de deshacerse de alguien molesto. Otros, tirados al río con o sin pies de cemento fueron hechos conocidos. Estos casos plantearon problemas al programador: cuál era el arma? El río o las manos del que empujaba a la víctima? Métodos más brutales tales como estrangulamiento manual o submarino seco con bolsas de plástico se debieron también incluir como asesinatos sin armas específicas, así como los casos de linchamiento o de muerte a patadas y trompadas.   Degollados , decapitados y descuartizados aparecieron como variantes bastante frecuentes. Hasta se consideró la inducción al suicidio y la acción psicológica tendiente a la destrucción paulatina de la víctima. 

Por último hubo que considerar las circunstancias del hecho. Aquí se encontró una variedad casi infinita de variantes. Violencia familiar, ámbito sádico-masoquista, ambiente culto y refinado, mundo educado pero con problemas tapados o ignorante con prejuicios atávicos. Asesinato en ocasión de robo, en un momento de exaltación, pérdida de control por drogas o por alcoholismo. Circunstancias creadas ex profeso para justificar hechos violentos, descontrol por algún mal momento vivido... 

La tarea avanzaba lentamente. Algunos días se estancaba por la dificultad de ingresar tal o cual caso atípico, otras veces se encontraban interesantes similitudes y coincidencias que alentaban a avanzar en la investigación. Los compañeros de trabajo empezaban a considerar más seriamente la idea de Herminio, quien continuamente buscaba perfeccionar el programa. 

- Tenemos que lograr - decía - que los datos se puedan manejar de tal manera que sirvan no solo para obtener estadísticas sino que permitan preveer el comportamiento de grupos humanos en función de lo que se sepa sobre ellos. Que dadas unas determinadas circunstancias y características personales se pueda inferir cual puede ser el hecho delictivo más probable. Para eso es necesario contar con una cantidad lo mayor posible de casos analizados, las predicciones estadísticas no se equivocan nunca. 

Se clasificaron los sucesos según los lugares donde habían ocurrido. Ciudades grandes o chicas, localidades rurales o incluso parajes perdidos. Barrios lujosos o villas miseria. En la vía pública o en domicilios privados. Hasta se encontró uno a bordo de un avión, lo que planteó dudas respecto de su ubicación. Hubo casos delante de las cámaras de televisión o el de un famoso referí de fútbol linchado ante 60.000 espectadores. 

Los móviles fueron difíciles de encuadrar. Muchas veces no estaban en absoluto claros. Era necesario interpretar los hechos a la luz de aspectos socio-psicológicos y Joaquín debía esforzarse para incluir algunos sucesos con margen mínimo de error. Había asesinatos por dinero, por robos resistidos y por encargo. Otros eran también por dinero - el móvil por excelencia - pero de forma indirecta; para cobrar una herencia o para no devolver una deuda. Estaban los motivados por una emoción violenta y los que se pretendía hacer pasar como tales ante el Juez. Desde luego, un buena porción estaba basada en cuestiones pasionales, esos generalmente no dejaban dudas. También en desviaciones o fanatismos morales o religiosos; los asesinos seriales de prostitutas o de homosexuales. Y había un buen número de muertes a manos de dementes trastornados o de sádicos y psicópatas, incluyendo los que seguían a violaciones, torturas y abusos varios. No se incluyeron las muertes causadas por fuerzas armadas o policías ya que por su cantidad y circunstancias especiales tergiversarían los resultados. 

De la combinación balanceada de todas esas variables surgían infinitas posibilidades. Ciertamente el trabajo ya mostraba que el tema no estaba agotado, que daba para mucho más. 

Sobre todo si se planteaba como la concreción de ese viejo ideal de la criminalidad que es lograr el anonimato, la impunidad y a la vez la difusión pública del hecho. Esto es, el máximo logro en el terreno cenagoso del delito: el crimen perfecto. 

Cuantos de los casos conocidos desembocaron en un cul de sac, en una indeterminación tenebrosa sin que se pudiera descubrir al autor, ni siquiera comprender cuál fue el móvil... Cuántas veces no se encontró el arma asesina o no se pudo determinar el lugar escenario de la acción?
Esto se preguntaba Herminio, repasando una y otra vez los casos, comparando circunstancias y tratando de extraer de la información sistematizada alguna conclusión orientadora. 
Ciertamente muy pocos, pensaba, casi se diría que ninguno, si se quieren eliminar todos los aspectos a considerar. Quizás Jack the ripper , pero no, tampoco fue perfecto. No se descubrió porque en esa época se carecía de los medios técnicos actuales. Y para equipararse a Dios el crimen debe ser perfecto. Per-fec-to! Se decía una y otra vez. Porque la Creación misma fue perfecta, ingeniosa, anónima, intemporánea... No se sabe que armas o herramientas se usaron y tampoco se conoce la ubicación del tan mentado Paraíso. No se puede precisar cuál era la extracción social del tal Creador. Y lo peor de todo: no se conoce el móvil. Para qué lo haría?

Y ya que lo hizo, por qué no continuó mejorando el producto dándole la fuerza de la hormiga, la agilidad del gato, la resistencia de la cucaracha, el olfato del perdiguero o el vuelo de las aves? 

El pobre Jaime, bombardeado con estas preguntas, no sabía como dar una respuesta coherente como lo pedía su amigo. Él era un simple cura de barrio, su formación no era lo bastante sólida y temía entrar en contradicciones que sólo servirían para fortalecer las posiciones de Herminio. Posiciones que él intuía, sentía, falsas o desviadas y producto de un razonamiento morboso. Sus diálogos ya dejaban de ser meras especulaciones filosóficas de café; sentía que Herminio lo estaba arrastrando hacia un enfoque que un ortodoxo podría tildar de diabólico. Se empezó a asustar.
Pensó en consultar con su párroco pero éste era un viejito bonachón con quien de lo único que se podía hablar era de vinos. Y en cuanto al Obispo, ese era un tipo que no gozaba de su simpatía y él lo sabía. El Padre Enrique, quizás? 

Este Enrique era un cura joven que tenía mucha calle. Actuaba en grupos vanguardistas y estudiaba psicología en la UBA. Dentro de su ambiente era bien considerado; indudablemente era tipo ilustrado e inteligente: dos condiciones que no siempre se dan en conjunto. Lo había conocido en ocasión de una charla que Enrique había dado para gente de Fuerte Apache en la que se los había metido en el bolsillo, a él le impresionó bien porque eso era lo que le hubiera gustado saber hacer...Además tenía fama de gustar de lo bueno, empezando - desde luego - por las mujeres, de las que siempre estaba rodeado. Quizás fueran habladurías debido a su estampa de varón y a su físico atlético modelado por las artes marciales. Era cinturón negro de Karate y no le faltaba una pizca de pedantería. 
Se encontraron en el Petit Colón, vestidos de civil y frente a un par de whiskys. 

La narración de su relación con Herminio y de las conversaciones que últimamente había sostenido con éste, le llevó a Jaime una buena hora durante la cual el otro escuchó atentamente, profesionalmente, casi sin interrumpir. Luego comentó:
- Mirá, Jaimito, yo no lo conozco al tipo y supongo que lo que me contás no es un secreto de confesión. Este boliche no es un confesionario... aclaró riendo. Y para hacer un perfil de este paciente... perdón, feligrés, se corrigió, necesitaría una información mucho más completa, un par de sesiones, algunos test, vos sabés... Creo que me estás dando sólo una descripción parcial de tu amigo el Anticristo, quizás opacada por la relación que los une. Pero querés que te diga una cosa? Me parece que ese colifato es capaz de hacer una cagada... Tené cuidado, observalo bien y tratá de adivinar sus intenciones porque en cualquier momento te podés ver en un quilombo por alguna boludez suya. O cargar con una culpa que no te corresponde.
Enrique se quedó mirando por la ventana a las chicas que pasaban y Jaime no abría la boca. Estaba preocupado porque él también encontraba algo que no acertaba a explicar en la conducta de su amigo. 

- De un modo u otro teneme al tanto y si necesitás una mano, llamame al celular. El caso me interesa y me gustaría conocerlo. Ese debe tener un mambo dentro del mate...
Esta fue la opinión final de Enrique, un tanto terminante pero sinceramente amistosa hacia Jaime. Se despidieron cambiando teléfonos y acordando volverse a ver. 
Trataré de que lo conozcas... dijo Jaime.

Enderezó sus pasos hacia Lavalle y siguió hasta el Bajo, por donde quedaba la Redacción del Diario de la Tarde. Quería enterarse de las intenciones de Herminio en relación con el trabajo que había encarado. 
El Equipo estaba abocado a la incorporación de datos al programa. Estaban agregando cuestiones relativas a la condición social, a características raciales, a fechas y horas de los hechos recopilados y datos astrológicos de víctimas y asesinos. Trataban de correlacionar todo esto y volcarlo en la memoria de la máquina. Los tres estaban tan absorbidos en medio de la montaña de papeles, carpetas y expedientes que ni lo sintieron entrar y cuando lo vieron no le llevaban el apunte. 
Ya estaban empezando a aparecer datos interesantes gracias al cruce de información. El esfuerzo realizado era mucho pero se podía asegurar que los resultados serían espectaculares en cuanto a determinar las probabilidades de que determinadas condiciones y situaciones dieran lugar a hechos predecibles. De que ciertos tipos humanos, en circunstancias catalogadas por experiencias previas fueran llevados como de la mano hacia un hecho terrible de violencia. Aparecían como adelantando sucesos que el tiempo confirmaría. Se sentían como manejando el Destino y así se lo explicaba Herminio a Jaime, a quien le corría un frío por la espalda.
- Herminio: el Destino es privativo de Dios. Esto es de la sabiduría popular y casi la definición misma del concepto de lo Divino... 
- Siiii, hasta ahora era así...yo recién empiezo a palpar todo el poder encerrado en una computadora...


Herminio se apartó del grupo, tomó del brazo a su amigo y juntos se fueron para la cafetería. Estaba exultante. Jaime lo dejaba hablar y pensaba en la opinión de Enrique tratando de comprobar si la misma sería una simple expresión derivada de un enfoque profesional algo exagerado. Había visto tantos de esos casos entre la cría de los psicólogos...! Él, lo de Herminio lo veía más bien como un caso de esos en que una persona de poca relevancia de repente se ve metido en algo importante y ello cambia toda su personalidad. 
Conversaron largo rato sin salir de los temas de siempre, hasta que se dieron cuenta de que se había hecho muy tarde, los empleados se habían retirado y las luces estaban apagadas en la oficina.. Jaime mencionó vagamente que tenía un compromiso y se despidió, no sin un sentimiento de duda, de incertidumbre; percibía que algo no andaba bien, ese día Herminio no había sido todo lo franco que siempre era en sus charlas con él. Dijo que se quedaría en la Redacción a terminar un trabajo y así se despidieron. 

Cuando Jaime bajaba en el ascensor recordó lo último que había hablado con Enrique unas horas antes: 
- Llamame al celular, a cualquier hora, da lo mismo, creía recordar que había agregado. Se corrió hasta un teléfono público. 



Herminio había aprendido a manejar muy bien el complicado sistema. Quería buscar la ecuación que reuniera las condiciones propuestas para así demostrarse a sí mismo que la solución existía y que por ese camino se podía llegar al ideal, a la perfección, que la máquina no se equivocaba. Y en el silencio propicio de esa oficina tomó la decisión de probar sus elucubraciones.

Abrió el programa por "perfil físico-psicológico del asesino" e introdujo todas las características de su propia persona, las conocía bien, se conocía bien. Sus datos físicos, edad, ocupación, gustos, vida de relación, sus fantasías, todo. Enter. 
Luego buscó un móvil posible, compatible con su personalidad. Dinero? No, no le interesaba mucho. Venganza? Quizás alguna. Frustraciones personales? Las había. Sexo? No, aunque... pero no, no era importante. Componentes morbosas? Bueno, un poquito, quien no las tiene? 
Así fue buceando en lo más profundo de su persona hasta completar su verdadero y sincero autoanálisis, que volcó en el programa. El asunto se ponía interesante. 
Después procuró encontrar la víctima. Alguien conocido no, porque no imaginaba ningún enemigo que mereciera el fin que la computadora seguramente determinaría. Tampoco alguien enfrentado políticamente, no es que no tuviera opiniones en ese aspecto pero no veía ningún blanco atractivo que la máquina pudiera señalar. Parientes prácticamente no tenía. Podía ser un desconocido casual, una prostituta o mejor aún algún travesti de la zona roja; eso daría la necesaria trascendencia, publicidad. Lo ingresó como posibilidad, aunque dejando abiertas otras opciones.
El arma. Aquí se vio en dificultades, él jamás había manejado una y les tenía pánico. Repasó las posibilidades y dejó que el programa eligiera comparando los datos ingresados. Pensó en como sería su propia reacción ante un cuadro de sangre y sintió escalofríos. Estuvo a punto de cerrar el programa pero su determinación estaba tomada; quería ver hasta donde ese jueguito podía llegar. 
Faltaba determinar las circunstancias. El lugar, la hora, etc. Para eso el programa estaba preparado con mucha información. De los antecedentes recopilados y de la consideración de los muchos casos examinados debía salir una solución adecuada, compatible con los demás datos cargados y que considerara una posibilidad mínima de interferencias. No debía haber esclarecimiento del hecho porque la acción tenía que ser perfecta para ser divina. Este punto tan importante era una condición comprendida en la programación como opción y Herminio la incluyó en su planteo, dejando que la máquina hiciera su propuesta. Otro tanto hizo con respecto al ítem rastros y coartada, relacionada con lo antedicho, para lo cual tuvo rápida respuesta; el sistema no dejaba nada sin considerar.
Con mucha emoción compuso la frase "murder today", el password acordado para poner en relación todos los datos cargados con los archivos correspondientes. A continuación pulsó "do it" en el tablero de opciones. Apareció el relojito de arena por interminables dos o tres minutos y luego, en sencillas letras arial 10, las instrucciones completas presentadas en una escueta página. Las imprimió y tras leerlas varias veces guardó la hoja en el bolsillo del saco. 
La exitación de Herminio se desencadenó. Se levantó y empezó a caminar de un lado a otro, tropezando con sillas, muebles y lámparas. Había conseguido el resultado buscado desde hacía tanto tiempo, el esfuerzo daba su resultado. En esa hoja de papel estaba un trozo de futuro, de su futuro. Sacó café de la expendedora, la mitad se le volcó, le temblaban las manos terriblemente. Un cenicero de loza voló contra la puerta de la Dirección y de una patada destartaló el CPU de una PC. Durante media hora descargó sus nervios rompiendo papeles y pateando todo lo que encontraba a su paso. Arrancó cuadros de las paredes, escribió improperios con un marcador en una puerta, y volcó una botella de bebida que encontró en un escritorio dentro de un cajón lleno de documentos. Después se calmó. Se sentó nuevamente frente a la pantalla y comenzó con la maniobra necesaria para borrar todo el disco rígido. Era una de las instrucciones recibidas para cubrir el aspecto "rastros y coartada" Se molestó un poco cuando la máquina le preguntó por tercera vez si efectivamente, quería borrar todo el contenido de la memoria. Apretó "delete" y se quedó mirando la pantalla en blanco. El trabajo de meses había desaparecido, se había evaporado. 

Herminio salió de la redacción transfigurado. El cuello del saco levantado, anteojos negros y preparada en su bolsillo, una bolsa de papel con agujeros para los ojos y la boca que había imprevisado según las instrucciones recibidas. Sobre los zapatos se había puesto bolsas de plástico atadas por debajo del pantalón para no marcar las pisadas. Apretado en la mano derecha llevaba un cuchillo puntiagudo con serruchito que sacó de la cafetería. En la otra, su propia corbata arrollada, con un nudo corredizo. Caminó por Paseo colón sin apuro, en dirección a San Telmo. Era una fea noche de invierno de mitad de semana y no había casi nadie por la calle. 
La víctima estaba allí, como esperándolo. Era una mujer de mediana edad, que nadie podría tomar por prostituta o algo parecido. Simplemente estaba esperando el colectivo, guarecida de la llovizna bajo una arcada de la recova. Podía ser una enfermera o una cuidadora nocturna de ancianos que volvía de su trabajo. Herminio se acercó y se puso detrás de la mujer, muy cerca y como formando cola para esperar también él el colectivo. El cuchillo, escondido en la manga del saco estaba pronto, asido por el cabo como para asestar una puñalada de arriba hacia abajo. Así eran las instrucciones. Y la corbata también preparada para pasarla por la cabeza, con el nudo tal como lo detallaba el impreso que acababa de repasar a la luz de una vidriera próxima. 
La mujer giró la cabeza y lo miró sin temor; Herminio dio un paso atrás y volvió la cara. Sacó del bolsillo la bolsa de papel, la desdobló y cuando se la acababa de pasar por la cabeza vió un auto que llegaba rápido y frenaba bruscamente delante de la parada de colectivos. Dos hombres bajaron dejando las puertas abiertas y se arrojaron sobre Herminio, quien sólo alcanzó a decir: Jaime ..!! El otro le aplicó un golpe de Karate que lo inmovilizó. El cuchillo voló y cayó por la alcantarilla arrastrado por el agua de la lluvia. 
Sin decir palabra lo arrastraron medio desmayado hasta el auto ante la mirada atónita de la mujer quien se refugió en el bar de la esquina, sofocada, alterada. Partieron a toda velocidad, no había ningún policía cerca. La noche se los tragó. 

La mujer se desplomó medio desmayada en una silla mientras la apantallaban con un diario entre el mozo y un curda que allí mataba sus penas.
- Pobre hombre, ustedes no lo vieron... Bajaron del auto dos tipos con pinta de mafiosos - uno petiso y el otro grandote, cara de bruto - se le tiraron encima y le pusieron una bolsa en la cabeza, capaz que lo asfixiaron, contaba la mujer mientras tomaba sorbos de ginebra que el curda le había arrimado. El más grande le encajó un trompadón y entre los dos lo metieron en el auto como una bolsa de papas. Fue un secuestro, seguro que mañana sale en los diarios, ... yo ni loca voy a ir a declarar, uno no sabe que le puede pasar, en que País vivimos, vió señor? 
- Es inútil, sentenció el curdela, mirando tristemente el fondo de su vaso vacío. Estos hijos de puta son capaces de matarte por dos mangos.! Yo siempre lo dije: acá, viejo, hasta que no pongan la pena de muerte...