YO Y MARIA

Alicia Rabinovich





Cuando nos conocimos, María y yo estabamos en planos diferentes, en casas diferentes, en roles diferentes.

Yo era una nena insignificante. Ella era una bruja.

Yo no era ni una niña, ni una chiquilla, ni una pequeña, era simplemente una nena. Una que vivía en un barrio como tantos, a la que le faltaban infinidad de cosas, pero que no lo sentía pues no lo sabía y porque estaba cómoda así, con lo que tenía: una familia indiferente, un colegio castrante, un nombre vulgar, ropa heredada de alguna prima, una vieja hamaca de mimbre, algunas figuritas de colores, un flequillo demasiado parejo, un tío soñador, un hermano compinche, amigos y ...la calle. Ese mundo fascinante al que tenía acceso en ciertos horarios, si observaba buena conducta, si... Como si fuera caro estar en la calle, como si ésta fuera propiedad de los adultos, privilegio de pocos.

Entre las mil atracciones que guardaba nuestra calle, estaba María. O mejor dicho, la vieja y extraña casa de María, con ese enorme y crecido matorral al frente que tapaba la puerta; la historia de María, los gatos de María.

Todos sabíamos que era una bruja que vivía con infinidad de gatos y a la que no le gustaba que los chicos pasen por su vereda.

Luego nos enteramos. 

Los gatos que vivían con ella, habían sido chicos como nosotros, que se habían atrevido a desobedecerla y habían sido convertidos en gatos. 

Entonces correr, locamente, conteniendo la respiración, mirándonos los brazos para ver si ya se empezaban a cubrir de pelos, tocándonos los labios, para palpar si ya asomaban los bigotes. Esa emoción que nunca, nunca más, volveríamos a vivir con tanta intensidad, tan auténticamente. 

Hoy la volví a ver. Seguíamos estando en distintos planos. Yo era una señora rubia y distinguida que esperaba la luz verde de un semáforo céntrico. Ella una mendiga que miraba sin ver y se apoyaba tímidamente en la ventanilla de mi auto esperando unas monedas.

Al dárselas, le apreté la mano con emoción y reverencia y supe dos cosas. Supe que no me convertiría en gato y que ambas habíamos sido mucho más felices, cuando yo era simplemente una nena insignificante, y ella una bruja.