LA BIBLIOTECA COMO PARAISO

Carlos Yusti

 

Con el fluir de los días los libros se adueñan de nuestros espacios íntimos. Con pasmosa morosidad suelen desalojarnos de nuestros territorios domésticos, dejándonos a la intemperie. Sin previo aviso se ramifican como una hidra en rincones, en improvisados anaqueles y en esos otros sitios menos hospitalarios para el papel v la tinta, como el baño o debajo del fregadero. Cuando uno se percata es demasiado tarde y no hay remedio posible. De esa forma un número significativo de ejemplares se convierten en huéspedes cercanos e inseparables y que aparecen de improviso en el tarro del café, en la lavadora, en la gaveta de las medias, en la nevera o en el sitio donde van los zapatos.
En mi casa de Valencia los libros se adueñaron de un cuarto completo. No hay cama ni otro adminículo para la existencia y la comodidad, apenas una mesa convertida también en soporte de libros. A pesar de que mi capacidad de lectura ha disminuido, los libros no cesan de llegar, no dejan de acompañarme en cualquier empresa de vida que inicie.

Una pregunta que siempre suelen hacerme estudiantes, profesores, amigos o sobrinos es: ¿Por qué sigo leyendo libros?. Mi respuesta es por lo general esquiva y se adecua según la circunstancia: "Sigo leyendo tratando de ser mejor persona", “para combatir todas las pasiones analfabetas (el machismo, la intolerancia, el racismo, la xenofobia y todos los fundamentalismos políticos o religiosos) que nos circundan", "para conocer personajes increíbles como Don Quijote, Sherlock Holmes o Aureliano Buendía". Creo que es Savater quien postula debida precaución y cierta desconfianza con aquella gente a la que no le agradan para nada los libros, con aquellos lugares que no han merecido un poema o un breve elogio escrito. La literatura siempre está al principio y al final de nuestro sentido de humanidad.

Se lee para domesticar un poco esos monstruos privados que amueblan nuestra alma, para limar de asperezas nuestras malas pasiones; en suma para darle un poco de grandeza a nuestra innoble y prejuiciada pequeñez humana o, en el mejor de los casos, para capturar al mundo desde un sistema de símbolos que parecen no agotarse en sus combinaciones. Las palabras tejen y entretejen nuestra historia, nuestros recuerdos y nuestros sueños en un infinito juego combinatorio. En fin se leen libros para descifrar el mundo desde ese inigualable invento que es la escritura, la cual es sin lugar a duda una experiencia humanística sin parangón en la historia de la humanidad.

Por otro lado, y para no llevar las cosas con tanta pomposidad,  los libros pueden proporcionarnos perspectivas menos triviales y acartonadas del mundo y la naturaleza que nos ha tocado en suerte. Los libros también pueden ayudarnos a profundizar en los conceptos y en las ideas, a que no nos conformemos con los enunciados publicitarios del día, con los discursos oficiales del momento. De igual modo pueden proporcionarnos herramientas para enfrentar y discutir los decretos, los preceptos y las tesis asumidas por correctas y que se respetan en consenso. Sin mencionar que los libros pueden pasearnos por el increíble universo de la ficción descubriendo las posibilidades que posee la imaginación del hombre, dispuesta siempre a crear paraísos e infiernos tratando de ensanchar la realidad.

En una oportunidad Thomas Carlyle aseguraba de manera categórica: "En estos días no hay mejor universidad que una biblioteca". Quienes han cursado estudios en la tan vilipendiada universidad de la vida, pueden ver, no obstante, en la frase de Carlyle un dejo de rancio romanticismo. Las bibliotecas públicas permiten que los individuos autodidactas completen su formación intelectual. Los libros al alcance de todos fue una de esas formidables ideas del siglo XIX. Hoy quizás dicha idea parece que ha sido desplazada por las nuevas formas de comunicación digitalizada. Quienes nos hemos construido a fuerza de leer libros sabemos que ese nuevo contacto con la Pantalla de la computadora es altamente frío. No hay nada como el contacto con el papel, el olor de la tinta impresa es inconfundible.

La influencia del libro en la creación de nuevos lectores tampoco puede ser reemplazado por la computadora. René Diatkine, especialista en sicología del lenguaje, ha publicado en un ensayo que el lenguaje escrito permite que se desarrolle el mundo imaginario, que casi nunca concierne a los padres. Muchos hogares, con posibilidades económicas, carecen de bibliotecas. Ese ambiente ágrafo, donde muchas veces no se lee ni siquiera el periódico, es perjudicial para la formación de futuros lectores. Diatkine afirma: “Es necesario intentar organizar estructuras donde los niños puedan descubrir la posibilidad de adueñarse de los libros. Por eso preferimos las personas que le lea  a los niños  cuentacuentos: en las culturas africanas, los cuentistas relatan sus cuentos, pero no los enseñan, son su posesión exclusiva. Sólo se los enseñan a sus sucesores. En nuestra civilización, cada cual se tiene que convertir en lector, por su propia cuenta y también un poco contra los demás. Por eso es necesario presentar los libros en lugares no especializados y también en momentos no especializados. Las bibliotecas deben llegar a lugares donde sean una sorpresa y aun cuando se piense que no es el momento de leer."

Hay que leer libros a todo momento y en cualquier lugar para poder acceder al Paraíso por aquello escrito por Jorge Luis Borges: "Los símbolos escritos son un espejo de los símbolos orales, que a su vez lo son de abstracciones o de sueños o de memorias. Quizás baste dejar escrito que el libro, como el hombre que lo creó, se compone de alma y cuerpo. De ahí el deleite múltiple que nos brinda: felicidad de la vista, del tacto y de la inteligencia. Cada cual imagina a su modo el paraíso; yo, desde la niñez, lo he concebido como una biblioteca. No como una biblioteca infinita, porque hay algo incómodo y de enigmático en todo lo infinito, sino como una biblioteca a la medida del hombre". Los libros nos consuelan de ese gran vacío que se apodera del mundo y nos permiten no estar a solas con esos monstruos productos de la razón, según la idea del pintor Goya. El lector parece ser la primordial razón de la escritura. Los libros buscan crear una red de lectores, eruditos o modestos, para avivar esa llama que tiene por nombre literatura y que trata de iluminar nuestros oscuros senderos existenciales con sólo nombrarla.

 

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