GRADUACION

Daniel  Alejandro Gómez

            Estaba terriblemente incómodo al principio de mi fiesta de fin de curso, en la graduación, cuando tenía dieciocho años. Yo, que por entonces apenas era social, no me gustaba nada eso que se llama etiqueta social; y aunque pertenecía a la clase media baja, estudiaba en un lugar de clase media alta, y en algunos casos alta. Yo era solamente una frustración de canillita; desde muy pibe había trabajado para mi padre, que tenía un kiosco de diarios, hasta que la cosa fue mejorando y, ya con trece años, me reciclaron en, digamos, un proyecto de dandi de la zona norte de Buenos Aires, donde nos mudamos e hice mis estudios de adolescente.

Pero yo no encajaba en muchos lugares, y menos, claro, en ese lugar preciso. No encajaba, por ejemplo, con mis vecinos, con los cuales mantenía una relación indiferente, ni con mis compañeros de estudios, de los que recibía muchas burlas en los primeros años, y a las que yo, desmoralizado y como cansado de todo, no contestaba y ni podía y ni ya tenía ganas de contestar.

Las chicas eran para mí un misterio, algo que me atraía y me producía temor.

El mundo, en mi soledad, ya me era indiferente.

Sin embargo, lentamente, y a medida que pasaban los años, fui sacando mejor a la cosa con respecto a  mi nuevo barrio, y en el colegio también fueron haciéndome un lugar; poco a poco, me hice de algunos amigos, y también me llevaba con otros, que eran conocidos más o menos íntimos. Sin embargo, seguía sintiéndome incómodo, o más bien vacío, y me mantenía pensando que algo no encajaba en aquel asunto.

            Algunos años antes, yo andaba descalzo, en cueros, divirtiéndome en los carnavales de mi viejo y afectuoso barrio, donde las calles eran bastante oscuras, donde había zanjas, y vivíamos en una completa inocencia, en una sencillez bastante feliz e ignorante. Yo, sin embargo, estaba sometido y condenado a los sombríos augurios de una inteligencia que maldito de mí si la deseaba- porque, debo decirlo, no me faltaba habilidad-, y así fue que me tuve que uncir a las calles asfaltadas, al saco y a la corbata, a los complicados ritos sociales de la zona norte, donde estaban el colegio y mi nueva casa y mis futuras amistades.

            Mis amigos anteriores eran hijos de plomeros, de fleteros, de obreros fabriles. Y claro que el tema, siendo yo, como era, callado y reservado por naturaleza, y demasiado tímido también, se me hacía ahí, en ese lugar, más difícil. Pero, como ya conté, en ese lugar, en ese barrio nuevo, la sociedad me hizo un poco de espacio, y yo, aunque con algo de recelo, fui ocupándolo poco a poco, e hice esas amistades con las que salía de cuando en cuando. Tenía, sin embargo, esa sensación de vacío, como que yo no andaba en mi norte ni ubicado.

            Todo ello terminó, o cambió esencialmente, en la fiesta de graduación del colegio, hace ya tantos años.

            Creo que en ella me comportaba lo mejor que podía con el libreto. A pesar de todo, un ambiente irónico fue adueñándose de mí; los estaba relojeando a todos, ahora que terminaba el asunto, incluso a mi amigo Jorge.

Recuerdo, pues, aquella noche, con ese sarcasmo íntimo encima mío; yo estaba ahí, entre todos los chicos, siempre junto a mi amigo Jorge, y fue ya bien de madrugada que de pronto, estando todos en una heladería de la Avenida del Libertador, vi, cercano, a un kiosco de diarios que abría.

Ahí sucedió que todo mi clima y rictus irónico desapareció como por encantamiento, toda mi desafección hacia el mundo y los seres humanos quedó como en suspenso, y me concentré en esa visión, como si mi salvación dependiera de ello, o como algo que hubiera despertado a una vieja tumba…

Ya eran las cinco de la mañana: el kiosco estaba abriendo, y yo sabía bien ese asunto. Abrir un kiosco de diarios, digo, es algo de lo más solitario de esta vida, supongo yo. Conozco la filosofía de estar en ese rito de intimismo mordaz durante horas y horas, sin nadie con quien hablar, excepto los diarios. Conocía esa apacible soledad, esa paz completamente individual, esa especie de parquedad y disfrute solitario. Pude ver las luces, los tubos blancos; recordé, además, perfecta y pacíficamente algunos acontecimientos de mi infancia, libre yo de las cadenas y de las ataduras, en esa sencillez ignorante de la que hablé. Y el tipo del kiosco, como todos los canillitas, parecía de un aire resignado, pero con un apunte de socarrón. Me lo imaginé contestando las habituales preguntas de la gente, con ironía, muy propia, lo sabía yo, para con las estupideces que pregunta la gente en los kioscos. Y me quedé viendo una y otra vez a ese evento, tan lejano de las luces, del habla recargada y demasiado dulce a la que me había acostumbrado, de las plazas matemáticas, del agobio del cemento, de las charlas regidas por misteriosos hilos que yo nunca había podido ni sabido dominar. Y observaba cómo fue abriendo el mueble, cómo llegaban los diarios, cómo se iba acomodando al tema, y se iba calentando el mate y limpiando la vereda… Pensé, no podía evitarlo, en mi padre; pero sobre todo en mí…

Algunos chicos tuvieron que llamarme, se iban en coche a no sé dónde, pero yo me sentía como fascinado por el hipnotismo de esa escena, cuyo sentido tardaría varias horas en aparecérseme con algo más de propiedad y nitidez: parecía, pues, que algo estuviera llamando a algún muerto, y un muerto que no era otro que yo mismo.

Sin embargo, ahora, con el fin del colegio, y con el kiosco de diarios que se me había como enfrascado en la memoria, miraba a todo de distinta manera, siendo el mundo como más legible, más humano, inclusive con algo que no puedo menos que llamar aprecio. Creo que entonces podía comprender, y una cosa parecida a la piedad, la palabra no es excesiva, se adueñó de mis observaciones, de mi mudez y presencia incomprobable. Me quedé callado, naturalmente, porque esos pensamientos se me hacían un poco, y como se diría hoy, algo así como mariconzones…, y nada dije, ni siquiera a Jorge, a quien escuchaba con solicitud algo más benévola, como si la canchereara, pero para bien y por adentro, acerca de ese muchacho y de mí mismo; y lo veía a él, y a todo el mundo en fin, y sorpresivamente, con aquella emoción taciturna.

 Escuchaba y miraba. Escuchaba y miraba.

             Y así, en ese silencio esta vez con un toque de benigno, relajado, fui pasando la noche y la madrugada, siempre escuchando y mirando, escuchando y mirando, escuchando y mirando y ya, también, pensándolo a mi primo Juan…

           Estuvimos en un local, una especie de rancho en forma de discoteca, donde me tomé una cerveza con un chico, Javier Fonti, al que miraba directamente a los ojos. Pero yo no le escuchaba absoluto lo que me decía, porque seguía pensando una y otra vez, como una inesquivable obsesión, en el kiosquero, y también en un pasado que se había mantenido sigiloso hasta entonces, y en el que me veía a mí mismo, tantos años después... Fuimos al río luego. Me veo ahora la oscuridad persistente de la orilla, el viento lleno de frío, entrometido en esa piel perfumada de algunas de las chicas, y yo, en mi habitual silencio, que ya todos conocían, contemplándolo todo, como conociéndole el sabor al asunto. Y seguimos por Libertador, algunos chicos y yo, si se podía contar conmigo, una presencia así tan reservada y tímida.

Fuimos a desayunar; y después teníamos que irnos al colegio, como símbolo de nuestro triunfo, porque ya empezaban las clases de un nuevo día, y nosotros, con los trajes de esa exequia estudiantil a la que habíamos consagrado la noche, pensábamos, creo, hacer morder la envidia a los demás chicos, que seguían complicados en esa cárcel que tan sutil que a mí me había resultado, en mi paso por ese lugar.

La imagen del kiosco, los fogonazos que se me aparecían de mi pasado, ya me iba semejando como una revelación, como el desciframiento de un antiguo códice de tesoros posibles. Ya no podía sentir ni pensar nada negativo respecto a mis dos historias: las había unido; el pasado y el presente se habían pegado a mi imaginación. El mundo, entonces, tenía algo de lucidez para mí, una satisfacción resignada, especie de piedad incomprensible con que me miraba a mí mismo y a los demás.

Pensé en mis nuevos amigos, en los amigos que me había hecho cerca de mi casa nueva, y en los compañeros de estudios con los que ya me entendía, Jorge por ejemplo, y miraba y me decía, pensando: no, son buenos tipos, buenos tipos, ojalá les vaya bien…

Y, también, esa frase: pero tengo que borrarme…

Porque ya me despedía, claro, para siempre de aquel ambiente, ya me despedía del río, de las luces, del asfalto, de las plazas estrictamente geométricas, de las chicas solamente intuidas, intangibles, intocables- y también de su piel perfumada y sus maquillajes expertos y hechizantes-, y entonces no fui como los demás al colegio y me tomé un colectivo, ya de mañana- y al fin me dije me borro-, y agarré el rumbo para mi antiguo barrio, y vi como en un sueño aquellas calles que precisamente sólo me habían dejado para los sueños de una nostalgia más bien dolorosa, y bien luego me mandé para la estación del tren, barrio éste tan bravo como riesgoso y arisco, barrio necio donde se hacen o los hombres o los asesinos.

Yo me había escapado de esa elección, o acaso ese dilema; pero no Juan, mi primo.

            Nuestras familias se habían peleado, y no lo veía desde hacía años; a decir verdad, no arrimaba el ánima para ese lugar desde hacía años también.

Todo estaba igual, equivalente; como un museo que se hubiera preservado y solamente para mí. La gente, con mi traje como traído de un farreo de oligarca, me relojeaba, como con hambre y odio al mismo tiempo. Y yo veía el sol, que era más violento, porque las casas eran mucho más bajas. Y sentía calor por todo el cuerpo. Me acerqué entonces a la estación, y comprobé con estúpida satisfacción a las calles sucias, a los borrachos que se iban acomodando en su estaño cómplice, a los vagos, a tipos de aspecto drogadicto, y también a las buenas personas, suponía yo, que andaban por ahí y por acá, menudeando en el ambiente, y entonces vi, cerca de las vías, el kiosco de mi primo.

Yo, con mi traje impecable, como venido de un universo abstracto, preciso y limpio como una patena, me acerqué: él estaba acomodando los diarios, y me salió al paso con una mirada de coraje, y como sobrándome el aire y aspecto, y acaso bien abroncado, como quien dice, para con el asunto de mi traje, de mi corbata, y los almidones de dandi con que yo parecía presumirme, y, como decidiéndose un perdón y un olvido de los años pasados, me dirigió la palabra:

            -Bueno, en dónde estuviste-me dijo al fin.

            Era como si yo escuchara una voz humana, y por vez primera en muchos años…

            Pero no supe llegar a decirle nada.

            Él no dijo nada tampoco por un rato; sé que era reservado, siempre acataba el rumbo de las cosas, por más extraño que fuera.

Mas como entrándome por los ojos, me dijo luego:

            -Entonces adónde vas.

            Y entonces yo sonreí. El resto de nuestra charla no importa, excepto lo que le contesté de esa frase.

 Acerca, en fin, de cómo me le espetó al destino.

Tocado, sensibilizado, sorpresivamente emotivo, pensé como un relámpago en los misterios al fin tangibles de la noche, en las dos historias mías que no me quedaba más remedio que aceptar o resignar. Y dije yo, tan contradictorio, repasando a mis años de aristócrata impostado, como terminando de tragarme por fin a todos esos pasados que había tenido que descifrar, y guardándome la frase para los archivos de la piedad, la memoria y el olvido:

            -No sé para dónde tirar, macho, pero me va pareciendo que ya sé de dónde vengo… 

 

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