TANGO MILONGA

Gustavo Ruiz Adrián

 


El salón es amplio, de piso pulcro, sumamente pulido. Es un salón rectangular, limitado por una pared larga a un lado, y en lo opuesto ventanales que dejan filtrar la luz de la calle. Se escuchan los primeros acordes de un bandoneón.

Uno frente al otro, retándose. Desafío de corazones. Ojos que no se entrecierran, que se mantienen firmes viéndose, midiéndose, calculando finamente cual será el siguiente movimiento. El músculo se tensa, esperando moverse con agilidad. Ambos hacen pulso, se oponen, se rechazan, ninguno quiere ceder ante el empuje del otro. 

Él le aprieta la mano, ella le hace resistencia, no se deja manipular fácilmente. Él ordena con sólo un ligero movimiento de su mano, ella finalmente cumple con lo ordenado. Él guía sus pasos, la lleva desde el principio hasta el fin…. La conduce, maquinalmente, milimétricamente. Cuando el avanza, ella retrocede… cuando él se evade, ella sigue tras sus pasos.

En algún momento él logra encajar su pierna entre los sedientos muslos de ella. La obliga a girar a un lado y a otro. A la distancia simulan el baile de un cortejo pre coital. Todos los movimientos tienen la rigidez del ángulo recto. Un torero que manda en el miura, que le hace doblar la testuz. Banderillas en el alma, estocada en el corazón.

Miles de años de cultura se hacen presentes, para que la mujer se deje dirigir, autómata, por el hombre. Machistas ambos, desempeñan muy bien sus roles. Al fondo se desgrana la letra de la canción; llora el bandoneón por el recuerdo de la mujer que abandona, la que se va hacia otros derroteros, sin importarle para nada lo que deja tras de si. Pero la mujer se escapa solamente en la canción; en el amplio salón el hombre ejerce su machura, la doblega, la rige plenamente. 

Hubo un tiempo cuando en la cama, al amarla, también la conducía a la gloria. La elevaba. Se hace realidad la utopía. Entonces es capaz de sacarle figuras elegantes con que lucirse. Ambos. 

Uno frente al otro, retándose. Desafío de corazones. Topan con la frente, como si fuera la lucha de dos machos cabríos. Se sienten cuando respiran. Resoplan por la nariz, transpiran cada gota, por cada poro. Giran, a un lado, al otro, hacia adelante, hacia atrás, rebotan, hacen piruetas. 

Al final, jadeantes, extenuados, ambos se rinden. Al fondo también concluye la canción. El tango es la vida.


Julio 2005

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