MADURAR

Sara Becker

 

Llueve. Desde la tibieza del ambiente donde estoy, escucho ese incesante caer de las gotas. No hay truenos. No hay relámpagos. Tan sólo el llanto de las nubes cansadas de soportar su carga. 

El crujir de los neumáticos sobre las calles mojadas, el paso apurado de los transeúntes, nada de eso escapa a mis sentidos. 
Curiosamente la melancolía no me invade hoy. No añoro épocas pasadas ni tampoco doy más cuerda al reloj para apurar los tiempos. Estoy detenida en mi presente, y me deslizo en él minuto a minuto. 

Mi vida, en su cauce actual, aún con las incertidumbres y misterios, en este momento tan especial que estoy viviendo, transcurre apaciblemente en mi interior. No interesa si no me alcanzan las 24 horas de cada día, y corro de un lado a otro para intentar cumplir con las obligaciones y los placeres. Son éstos los que me dan la fuerza necesaria para seguir cada día, deteniendo el alocado torbellino en los fines de semana. 

Esta etapa de mi vida es realmente única. Supongo que todas lo son, pero ésta es la que puedo apreciar, sentir, disfrutar. 

La paz interior que me invade y la serenidad que he alcanzado, unidas a la fortaleza interior, hacen que la sonrisa no me abandone, aún cuando deba enfrentar situaciones problemáticas. Puedo dar un paso al costado y tomarme el tiempo para reflexionar. 

Nada es tan urgente y nadie puede exigirme que resuelva en el ya y el ahora lo que puedo (y debo) pensar con detenimiento. 

Nadie puede atribuirse el derecho de ordenar mi vida, porque quien la transita soy yo. La necesidad de cambios fue una exigencia propia. No debe provenir de otros. Y eso pude entenderlo aceptando la ayuda que se me ofreció generosamente. 

Pasaron demasiados años para que comprendiese, al fin, que me tengo a mí misma como aliada incondicional, y que de mí depende enteramente mi destino. Debo enfrentar mis decisiones, sean o no acertadas, y asumir que los errores cometidos a quien más perjudicaron fue a mí misma. No condenarme por ellos eternamente, con recriminaciones y reproches. Tampoco debo endiosarme por los aciertos. 

He vivido. He sentido. He amado. He sufrido y gozado. Sufrí tanto el dolor como sentí la plenitud de mis entrañas. 

Por todo ello puedo afirmar que las sensaciones pasadas me encuentran dispuesta a vivir, sentir, amar, sufrir y gozar. 

La lluvia que escucho me acercó estas reflexiones, y las escribo con el convencimiento interno de que soy quien soy porque todo lo hecho me condujo a este presente. 

Vivo mi hoy sin rencores ni pasiones negativas. Disfruto cada beso y cada abrazo, cada elogio y cada crítica. Todo contribuye a mi crecimiento. 

Por y pese a todo, he logrado madurar. 

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