SU ANIVERSARIO

Elsa Levy


Hoy sería su aniversario. Ser mesero por varios años en el bar discreto de un restaurante selecto a la orilla del lago de Chapala, me ha proporcionado historias qué contar y qué recordar. Ninguna como la de "ellos".

La primera vez que los vi llegar se instalaron en la mesa de la esquina, esa cuyos asientos son una banca acojinada en forma de escuadra. Ella, una mujer de edad madura, vestida con buen gusto y maquillada discretamente, él, alto, delgado, pelo cano con grandes entradas, lampiño, cuya ropa y buenas propinas me hablaron de su posición social. No era de esas parejas que se distinguen por su guapura, pero sí llamaban la atención por la expresión amorosa de sus ojos y su trato amable.

Todos los jueves, de seis de la tarde a ocho de la noche, era el tiempo que compartían en el bar; en el transcurso ella bebía dos Vodkas con jugo de toronja, él, dos copas de Coñac. Hablaban en voz baja, se tomaban de la mano, y sobre de todo se miraban a los ojos con ternura. Dice mi esposa que soy un romántico empedernido, y tiene razón, sin embargo verlos a ellos, a su edad y así de enamorados, me impresionaba. De verdad sentía envidia, me adelantaba a mi futuro y anhelaba llegar a ser querido de esa misma manera. 

A veces salían a caminar a la playa del lago, no podía dejar de observarlos, sus siluetas transfiguradas por el resplandor del ocaso, contrastaban con el zafiro incipiente del agua. Yo amo este lago, nací y crecí junto a él; mis juegos infantiles y mis romances juveniles sucedieron a su vera. Por eso cuando el lago se agota yo me siento igual que él, cuando él está pleno de vida, mi vida es completa. 

Por varios meses me pregunté si serían esposos, pero algo me decía que no, esto lo corroboré por una mera casualidad. Un día de tantos el restaurante fue contratado para una gran boda, yo fui asignado capitán de los meseros. Cuando entraron los novios seguidos por sus padres, mi sorpresa fue enorme al comprobar que el padre de la novia era el caballero de los jueves, y la madre otra dama diferente a la mujer de los ojos brillantes.

No fueron pocas las ocasiones en que los sorprendí besándose, ella se sonrojaba, y él sonreía discretamente mirándome con picardía. Un jueves, él acudió con una hermosa rosa roja, Cuando ella llegó él la abrazó, le dio la rosa y yo alcancé a escuchar sus palabras: "feliz aniversario, mi amor". No lo olvidé, era un veintiuno de marzo, día del inicio de la primavera, como esa que ellos trasmitían con el calor y el aroma de su mutuo amor. 

Así pasaron los años, hasta que de un jueves a otro dejaron de concurrir. Yo los extrañaba. Cuando se aproximó el veintiuno de marzo no dejé de pensar en ellos. Mi corazón se aceleró cuando lo vi llegar. Me ordenó su Coñac y el Vodka preferido de ella. Pensé que la dama no tardaría en llegar. Y no fue así. Él estuvo leyendo un libro del cual intenté mirar el título pero no lo conseguí. Me pidió la cuenta, pagó y se fue. Cuando pasé a recoger el servicio, encontré una rosa roja frente al vaso lleno. 

Durante un año él no volvió, pero al llegar el veintiuno de marzo acudió a realizar el mismo ritual del año anterior. No me quedó duda, ella había muerto. Así durante cinco años. Un día, por noticias en los periódicos me enteré de la muerte de él. Llegó el veintiuno de marzo. Con fervor, a las seis de la tarde, serví un Vodka con jugo de toronja y un Coñac. Frente al vaso deposité una rosa roja. Afuera, el sol en su retirada, se reflejaba en el lago.

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