PORQUE TODO ES IGUAL Y TU LO SABES

Migdalia B. Mansilla R.

 

Aparcas el carro frente a tu casa, coges tu bolso, buscas las llaves, la bufanda te cuelga, la enrollas a tu cuello, hace frío, el otoño ha llegado.
Entras a la casa con el mismo gesto ausente de todos los días, tiras el bolso sobre la mesa del comedor, como si tiraras el día o como si quitaras del calendario la hoja de ayer. Miras sin mirar alrededor tuyo, por si encontraras algún cambio y te recorre por la espalda un hilo frío, cortante, al extrañar que al entrar has sentido el presagio de tus pasos que ya estaban rondando los pasillos, subiendo la escalera que lleva a tu cuarto.
Enciendes la luz y una vez más vuelves a comprobar que todo esta exactamente igual como lo dejaste al salir y como lo encontrarás dentro de un año y de un siglo siguiente.

Te bañas prolijamente, como si fuera el último baño antes de morir consciente de esa muerte. Sales del baño, miras tus libros y te parecen árboles sin hojas, desnudos, tomas la guitarra, pruebas sus cuerdas y la dejas de lado porque la melodía ha huido una vez más.  Enciendes a la vez la computadora, la televisión y saltan las voces que no reconoces y miras las páginas que sobas cada día, buscando un mensaje, un atisbo siquiera que te diga "esta vivo, se acuerda de mi."  Y de repente, te sientes tan sola, tan humanamente sola, porque aunque no lo quieras aceptar, todo es igual y tú lo sabes.

Has llegado a tu casa y de repente quisieras saber para qué sirve estar sentada en ese sofá que tanto querías, o tener ese juego de sala de caoba pulido, o ese hogar nunca encendido. Y te preguntas para qué sirven las palabras, si no hay quien las escuche, quien las comparta, quien encuentre junto contigo el significado del ahora.

Y ahora quisieras saber de qué sirve el silencio que te rodea, ese silencio que parece luto, ese silencio que Dios a veces nos tira en el cuerpo y nos lleva a dormir solos, sin el abrazo que abriga, sin las manos cogidas , sin el ¡ay que me muero! del después del amor de hacer.

Sí, has llegado a la casa, y los hijos te gritan qué hay de comer y los nietos se suben a tus piernas dormidas y a pesar de la bulla que suena con ese son enloquecido, te sigue doliendo el alma, porque sientes sin retorno al ayer, que todo sigue igual y tú lo sabes.

Fecha: cuando la realidad parece un cuento de ficción.
Octubre 19 de 2005

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