LA BODA

Daniel Moya Fuster

 

Había terminado el seminario y casi como un premio recibió aquel encargo, su parroquia, la de su pueblo, donde le bautizaron, donde casaron a sus padres, donde dieron sepultura a sus abuelos. Era él, ahora, el pastor de aquellos con los que había jugado de niño, de aquellos que le recomendaron la vocación. Volvía a casa.
El pueblo no había cambiado demasiado en cinco años. El estanco, la panadería, incluso el cartero continuaba siendo el mismo. El arrollo seguía burlando el puente romano del cruce y las mejores truchas seguían pescándose en el mismo remanso, junto a los campos de lilas.
La casa de Alfonso estaba situada en la falda de la larga escalinata de ascenso al cementerio, junto a la esquina de la plaza del pueblo; era un lugar privilegiado. 
En aquella casa Alfonso había vivido los momentos más felices de su vida, cuando, de niño, su padre le enseñó el minucioso arte de la pesca, el misterioso y erudito arte de la labranza, mientras su madre le leía dulcemente los poemas de Teresa de Jesús. Cuando creció, era Alfonso el que leía textos a su madre mientras ésta bordaba junto a la ventana que abrazaba al sol de la tarde y su padre dormitaba la siesta. De vez en cuando se entrecortaba la lectura y se perdía en admirar la belleza del rostro de su madre mientras ésta deslizaba sus manos de nieve sobre las telas y con un movimiento casi mágico acompañaba al hilo en su ascenso persiguiendo la aguja de coser, era entonces incluso capaz de oír el susurro del lino mientras el hilo lo atravesaba, todo acompasado exacto tiempo musical del reloj de pared.
Era una mujer bella, bastante más joven que su marido, con el pelo negro azabache recogido sobre la nuca, la frente altiva coronada por dos ojos verdes profundos, limpios y tan felices. Nunca la vio maquillada, nunca se pintó los labios, tenía una belleza de agua clara y la dulzura de una fruta fresca.
Su padre era una persona de naturaleza solitaria, receloso siempre, de aspecto triste, mirada esquiva y siempre envuelto sobre sí mismo; no le recordaba una frase de cariño hacia su mujer, no le recordaba ningún beso, ningún abrazo; tampoco Alfonso había recibido muestras físicas de cariño de su padre. Por algún que otro motivo, que a Alfonso le fue oculto durante muchos años, su padre se abandonaba al vino con demasiada frecuencia.
Era la de Alfonso una familia muy apreciada en todo el pueblo, eran gente honrada, trabajadora, con tierras en la mejor zona de huerta y una casa en un lugar 
privilegiado. Sólo en una ocasión le fue violentamente recriminado a Alfonso hablar con uno de sus paisanos. Eran gente de la que no se hablaba, la familia de Ignacio, el abogado, en casa no existía, o mejor, su padre no quería que hubieran existido jamás. Nunca entendió Alfonso esta rivalidad hasta que un día los comentarios maliciosos de la taberna le llegaron con el chisme.
Un año antes de casarse su madre con este hombre mayor que se consumía con el vino, ésta, según le habían dicho sin querer ofender, había tenido relaciones con 
Ignacio, el entonces recién licenciado en leyes, dicen que relaciones incluso carnales, dicen que Ignacio podría ser su padre, dicen incluso que su padre se casó con ella ya embarazada y por ser de gran corazón, por evitarle la vergüenza del abandono de Ignacio.
Nadie lloró cuando su padre murió consumido por el alcohol y el tabaco, sólo las plañideras y sólo por cumplir con su tarea. Los funerales en el pueblo son momentos de chismes, más que de recogimiento, la gente pasa la noche velando al difunto, comiendo pastas y bebiendo habladurías del resto de la gente.
La casa fue un velatorio de comentarios aquella noche, las mujeres se agruparon todas en la habitación de sus padres, rodeando el cadáver ya amortajado, los hombres hablaban de sus cosas en el salón, cerca del mueble bar. Alfonso tenía entonces sólo diez años y sentado en uno de los peldaños de acceso a las habitaciones oía comentar a los hombres.
El ruido llegó a ser un murmullo incesante con el paso de las horas. De entre las voces de los hombres y antes de que alguien alertara al resto de su presencia, Juan, el cartero comentó: "Me han dicho que va a venir Ignacio, el abogado".
Alfonso deseo que amaneciera por acabar aquella pasión, para que aquel murmullo le abandonara la cabeza. Sonaron nueve campanadas en el reloj de la iglesia, en la plaza del pueblo. Alguien abrió la puerta de la calle, tras una llamada tímida, con golpes secos de nudillo. El murmullo acabó y ese silencio despertó a Alfonso del duermevela en el que había caído. Era Ignacio, el abogado.
Alguien le dijo que se marchara, que no era oportuno que estuviera allí, que ya había demasiado dolor en la casa como para verter más vergüenza y chismorreo, pero Ignacio tomó como inútiles todos los comentarios y subió las escaleras; al pasar junto a Alfonso le dirigió una caricia, una mirada cariñosa mientras le decía "lo siento, hijo".
Alguna de las plañideras le volvió a recriminar su presencia pero Ignacio consiguió, con ese don de palabra que tiene, hacer salir a todas las mujeres de la habitación. 
Quedaron solo los tres, su madre, Alfonso y el cadáver. Las plañideras se agolparon junto a la puerta cerrada intentando oír de su interior, alguna de ellas dijo "Esto va a levantar al muerto, nunca descansará ya en paz, es un sacrilegio y una vergüenza". Sólo alcanzaron a escuchar a su madre decir "es mejor ahora que te vayas Ignacio", abriéndose a continuación la puerta de la habitación.
No volvió a ver a Ignacio nunca más hasta el mismo día de su regreso del seminario. 
El autobús que le traía de la ciudad se detuvo , bordeando la fuente central de la plaza, justo en la puerta de la Iglesia. Su madre ya no vestía enlutada, hacía ya diez años desde la muerte de su marido, y estaba acompañada por Ignacio, el abogado. Estaba preciosa, más que como la recordaba, estaba radiante, fresca y dulce, como antes, pero más bella aún.
Cuando bajó del autobús se le abrazó y el perfume de jazmín le trajo todos los recuerdos del mundo y sólo le dijo "hijo mío, tenemos que hablar". Casi comprendió la conversación en aquel abrazo, extendió el brazo y estrechó la mano de Ignacio. Toda la teología del mundo, toda la fraternidad entera, se le tambalearon en aquel momento. La gente les observaba mientras cuchicheaba en pequeños grupos a lo largo de la plaza.
Alfonso quería saberlo todo; si aquello que decían era cierto, si Ignacio era su padre, si ella no fue feliz con su marido, si Ignacio la abandonó, si ahora era feliz.
Ignacio era un hombre tremendamente cariñoso, con una bondad regalada, apuesto y de naturaleza atractivo, con estudios, inteligente y muy trabajador; cualquier joven se hubiera sentido afortunada por estar con él. Su madre fue, y aún lo era, la mujer más bella del pueblo, en todos los sentidos. No fue de extrañar que ella le enamorara. 
Fue un amor sin lujuria, un amor a la sombra de los sauces, cientos de besos en los campos de lilas, pero ocurrió lo que nunca debería haber ocurrido. Todo era cierto.
Alfonso se desabrochó la sotana, se vistió de hombre y se fue de casa.
Estuvo bordeando el riachuelo, bajo los sauces, mientras echaba cantos rodados al agua para ver como su caída esparcía en ondas sus ideas. Se tumbó en los campos de lilas, crucificado y mirando al cielo. ¿ Para qué le servía ahora toda la teología del mundo?, ¿Qué se suponía que tenía que hacer?. 
Una brisa la barrió el rostro y le trajo aromas de jazmín, el verde de sus ojos, la nieve de sus manos y sus preguntas quedaron prendidas de las nubes. Amarla, amarlos, era lo que debía hacer, aunque, con ello, los pueblerinos tuvieran de qué hablar durante años, eso él no podía evitarlo, tampoco quería pensarlo, sólo pensó en ella, bordando junto a la ventana mientras el sol le pintaba el pelo y que era justo pagarle la felicidad que se merecía con Ignacio.
Ella no podía vestir de blanco, pero estaba preciosa, como los ángeles del fresco que adornaba el altar, Ignacio estaba feliz, la iglesia vacía, misa de doce un domingo de primavera.
"Ante mí, ante Dios y ante todo el mundo yo, padres, os declaro marido y mujer, hasta que la muerte nos separe".

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