HISTORIAS INSÓLITAS DE CIUDADES COLONIALES 

Gustavo Ernesto Demarchi 

Esteco, capital de la lujuria, a merced de la furia de Dios.

No obstante las numerosas investigaciones arqueológicas y documentarias realizadas, aún hoy es difícil determinar de modo fehaciente qué pasó con Esteco, una población del Noroeste argentino que desapareció abruptamente sin dejar rastros a fines del siglo XVII. Lo que ocurre, en este singular caso histórico, es que leyendas fantásticas, perdurables prejuicios y fuertes atavismos se mezclan con la evidencia fáctica, de por sí fragmentaria y contradictoria, tornándose imposible saber qué fue lo que aconteció con esta importante ciudad colonial y su fulminante y misterioso final. Pero, lo cierto es que Nuestra Señora de Talavera de Esteco (o de la Nueva Madrid, como también se la denominó) alguna vez existió. 

Junto a Santiago del Estero, Tucumán, Córdoba y La Rioja formó parte de las primeras ciudades fundadas por los conquistadores españoles en el actual territorio argentino. Según testimonian los cronistas de la época, desde sus orígenes Esteco se constituyó en ineludible encrucijada del Camino Real por donde discurría el transporte de metales preciosos entre el Alto Perú y el Río de la Plata. Por su ubicación geográfica, además, la ciudad intermediaba en el tráfico de alimentos, ganado e indígenas encomendados que venía de Chile atravesando la cordillera de los Andes con destino a la región chaqueño-amazónica y viceversa. Siendo un importante nudo del transporte y del comercio durante la primera etapa de colonización, la ciudad se expandió con rapidez. A continuación, la urbe adquirió relevancia institucional y política, incluso religiosa, al punto de contar, entre los más ilustres predicadores católicos, nada menos que al cura Francisco Solano, quien fuera canonizado por la obra evangelizadora desplegada en la región.

A pesar de estos promisorios inicios, parece que la localidad de marras fue convirtiéndose en escenario de la más burda ostentación de riquezas por parte de “nuevos ricos” para nada prudentes, de virulentos conflictos de poder entre facciones rivales, de algunos sonados escándalos de libertinaje y de lujuria desenfrenada, junto a unos cuantos pecados mortales más que se convirtieron en el comentario obligado de los pueblos vecinos. Como sucedió con otros enclaves coloniales estratégicos, Esteco debería haber transitado un proceso de rápida expansión económica, de organización política y de ascendente prestigio social, como ocurrió con Santiago del Estero y con Tucumán, por mencionar sólo a dos de las ciudades más influyentes. Sin embargo, no obstante las ostensibles ventajas de la ciudad, y a diferencia de otras urbanizaciones españolas en América que se consolidaron y perduraron, su esplendor citadino, así como se destacó durante un corto período de tiempo, a continuación se apagó de manera definitiva. 

Habiéndose convertido Esteco en el lugar de paso obligado para acceder a las zonas donde se efectuaba la mayor actividad comercial de Sudamérica, en poco tiempo los habitantes más representativos de la ciudad (es decir: los comerciantes, los encomenderos, los funcionarios públicos y religiosos) accedieron a un nivel de vida que contrastaba, de modo evidente, con las precarias condiciones de subsistencia que predominaban en derredor. Salvo las orgullosas Lima y Potosí y su hinterland de ingentes riquezas argentíferas, el resto del mundo colonial hispano-americano vivía sumido en la más extrema pobreza, tal como la glosaban de modo lastimero los cronistas epocales. Menos Talavera de Esteco que -según se cuenta- gozaba de un “tren de vida” envidiable por lo dispendioso y opulento. Se decía, por ejemplo, que el poblado contaba con fastuosos edificios públicos, con iglesias impresionantes, con amplios teatros; que las cabalgaduras de los hidalgos prominentes del lugar estaban herradas con oro y plata, etcétera.

Conjeturamos que es probable que, dadas las rigurosas y asfixiantes normas impuestas por España en materia de intercambio comercial con terceros países, el lugar se haya convertido en el ámbito adecuado para el desarrollo en gran escala de actividades de contrabando, tanto de oro y de plata, así como de manufacturas de origen europeo, cuya introducción estaba estrictamente prohibida. No hay que descartar, tampoco, la posibilidad de que, dada la relevancia económica que había adquirido la ciudad en pocas décadas, ésta haya sido escenario de enfrentamientos entre diferentes factores de poder, en particular, entre la burocracia colonial, cada vez más vasta y ambiciosa, y el clero católico, siempre dispuesto a defender con uñas y dientes sus fueros institucionales y sus privilegios latifundistas. 

Las versiones más atendibles acerca del final de Esteco coinciden en sostener que un tremendo terremoto, ocurrido el 13 de septiembre de 1692, destruyó la ciudad por completo y que la tierra, abriendo sus oscuras fauces, en pocos minutos engulló las casas, los templos, los cultivos, los animales domésticos y la gente. Para similar fecha, documentos oficiales registran un movimiento telúrico en la vecina Salta; es decir, que la hipótesis suena coherente. Sin embargo, numerosas excavaciones realizadas en tiempos más recientes fracasaron en el intento de encontrar un yacimiento arqueológico que justificara la existencia histórica de un enclave de esa importancia y magnitud poblacional, habida cuenta que se le atribuyó albergar a alrededor de 50.000 habitantes. A pesar de los esfuerzos de búsqueda todo hace pensar que Esteco desapareció sin dejar demasiadas huellas, lo cual es improbable, o que, por el contrario, nunca llegó a tener la dimensión urbana y humana que la fantasía popular le asignó.

Por su parte, opiniones divergentes con la teoría del terremoto consideran que la causa del abrupto fin de la orgullosa población fue una demoledora epidemia que acabó en pocos días con todos los seres vivos del lugar. Incluso, hubo quienes, más imaginativos, se inclinaron por culpar del episodio terminal a una invasión de tigres feroces que, junto con moscas venenosas y alimañas provenientes de pantanos cercanos, habrían diezmado la población en muy poco tiempo. 

Sin ponerse de acuerdo, otro grupo de comentaristas aventuran que, hartos de la explotación a la que eran sometidos de manera sistemática, los indios guaicurúes mocovíes alzados en pie de guerra asaltaron la ciudad, la incendiaron y mataron a todos sus habitantes en una estremecedora orgía de sangre y fuego que no dejó nada en pie. En respuesta a esta hipótesis, los historiadores precisan que el asunto no fue así: si bien reconocen que un malón atacó el poblado con la intención de liberar a sus compañeros presos, ya que Esteco funcionaba como presidio para las tribus indómitas de la región, este hecho habría ocurrido en 1664, es decir, unos años antes del momento en que se presume su ocaso definitivo; además, la incursión salvaje habría provocado “sólo” una treintena de vecinos muertos. 

En paralelo con la idea de señalar como responsables a los indígenas de la región, otras fuentes culpan de la destrucción del rutilante villorrio colonial a la gran rebelión calchaquí que, acicateada y conducida por Pedro Bohorques (un embustero andaluz que se hizo proclamar inca), arrasó con varios poblados españoles y derivó en una descomunal matanza de aborígenes. Como digresión oportuna, cabe recordar que el levantamiento culminó con la deportación de la tribu de los quilmes a la ribera del Riachuelo bonaerense, a más 1.500 kilómetros de distancia de su tierra natal, brutal extrañamiento que supuso la definitiva extinción de esta etnia autóctona.

Sea cual fuere la causa real que generó el colapso, una vez que desapareció la ciudad, comenzó a tomar cuerpo, en el entonces Virreinato del Perú, una interpretación que atribuía lo sucedido a la pecaminosa vida mundana que habrían practicado los habitantes de Esteco. Esta teoría parangonaba el enigmático destino estequeño con el tradicional relato bíblico acerca de Sodoma y Gomorra y también con las versiones pseudo-históricas sobre los últimos días de la fastuosa Pompeya romana que han inspirado numerosos textos de ficción y varias películas de calidad y suerte diversa.

En la búsqueda de la génesis de esta afirmación podemos destacar, entre los escasos testimonios historiográficos previos a la catástrofe, la opinión de un obispo del lugar, quien había calificado a la ciudad como un "antro de lujuria". Para este dignatario eclesiástico, por entonces enfrentado al gobierno comunal, Esteco se encontraba bajo el influjo de un maleficio practicado por perversos hechiceros que se habrían apoderado del gobierno administrativo de la localidad conduciendo a sus habitantes por el sendero del mal. Este tipo de imputaciones no debe sorprendernos, dado que en tiempos de la Colonia era habitual que los curas dirimieran los conflictos políticos entablados con el funcionariado laico acusando a éstos de ser representantes de Mefistófeles y, por ende, de ser propiciadores de los vicios más ignominiosos. De allí el enorme poder que detentaba el Santo Oficio (la temida Inquisición), que tuvo altercados frecuentes con gobernadores, virreyes y con la mismísima Corona española. 

"En Esteco hay pactos con el demonio; se cometen frecuentes ofensas a Dios; se deshonran linajes y muchas atrocidades más; entre otras, el negar el viático (extremaunción) a los ajusticiados y en realizar adivinanzas non sanctas y actos de curanderismo". 

Así fue como se expidió, en 1654, el obispo Maldonado en la indignada denuncia que realizó a la Audiencia de Charcas. Si bien los graves cargos contra el pueblo de Esteco y sus autoridades no prosperaron, la fama de sitio lujurioso y maldito atribuido por el prelado echó a rodar rápidamente. 

Cabe agregar que algunos años antes, como antecedente histórico de esta rimbombante acusación pública, cuando el distrito transitaba su rauda carrera de progreso económico, una controversia jurisdiccional entre alcalde, cabildantes y sacerdotes del distrito, había derivado en graves enfrentamientos entre las facciones contrapuestas. Como consecuencia del litigio entablado, el convento de padres mercedarios de la ciudad, en manos de uno de los sectores en pugna, se convirtió en el centro de toda clase de habladurías. En efecto, los adversarios de los religiosos a cargo de la institución afirmaban que 

"en ciertas horas, el convento estequeño era un cuartel y en otras una casa de placeres; por la noche, apenas terminadas en el templo las oraciones de práctica, se abría la puerta falsa y penetraban sigilosamente mujeres embozadas dispuestas a saciar las bajas pasiones mundanas de sus habitantes". 

Con esta clase de comentarios insidiosos se fue edificando la leyenda negra de Talavera de Esteco, según suponemos. La monumental fábula se habría fortalecido, además, con los claroscuros que dejaba una crónica fáctica rodeada de incógnitas. Ésta fue rematada con un final que, por abrupto, inesperado y de seguro cruento, vino como “anillo al dedo” para dar rienda suelta a la aceptación de un desenlace sobrenatural. De este modo, fue imponiéndose la idea, irracional pero verosímil, de que el pueblo habría sucumbido a la furia exterminadora de Dios, siempre contundente e implacable, como señalan las mentes predispuestas a dar crédito a tales acontecimientos escatológicos. 

Aún en nuestros días, transcurridos más de tres siglos desde entonces, sigue siendo muy fuerte entre los habitantes del Noroeste argentino y del Altiplano boliviano la creencia acerca del comportamiento lascivo de los moradores de Esteco y la convicción sobre el consiguiente castigo ejemplificador que el Todopoderoso habría infligido a la desafortunada urbe y a sus descarriados habitantes. Es tan difundido y perdurable el temor que en la actualidad inspira el asunto que, cuantas veces se han intentado organizar misiones para remover las ruinas de la ciudad desaparecida, ha resultado difícil conseguir en la zona personal dispuesto a colaborar en la tarea. Si se contrata peones para ejecutar las excavaciones necesarias es probable que, ante la más elemental circunstancia de aparente anormalidad -un sonido desconcertante, el canto destemplado de un gallo o la aparición de una “luz mala”- los lugareños huyan despavoridos abandonando todo, atemorizados por las ánimas en pena que –según fabulan- vagan sin consuelo por la zona, siempre dispuestas a vengarse de su “horrible” destino con cualquiera que se atreva a profanar el sitio maldecido por centurias.

Como curiosidad, cabe señalar que en el año 1949 el hechicero de una abigarrada tribu de gitanos, por entonces acampando en Tucumán, profetizó que la llegada del Anticristo y el consiguiente final de la Historia humana se concretarían cuando fueran hallados los restos arqueológicos de la urbe colonial. Esto ocurrió en julio de 1999 y, si bien los argentinos la pasaron muy mal a partir de entonces, la humanidad sigue gozando de buena salud, lo que desmentiría, por ahora, la odiosa profecía del zíngaro.

Actualmente, a pesar de haberse descubierto el emplazamiento urbano original, poco y nada se ha rescatado del antiguo poblado virreinal alguna vez denominado Nuestra Señora de Talavera de Esteco. Hoy es sólo un pequeño punto en el mapa, un montículo de tierra removida mil veces por los buscadores de piezas arqueológicas y tesoros, ubicable a pocos kilómetros de la histórica Posta de Yatasto y de la sierra de la Lumbrera en el departamento de Metán, provincia de Salta. La memoria colectiva guarda, no obstante las aclaraciones y los desmentidos de los especialistas en la materia, una copla popular que convalida la trágica leyenda de la ciudad enigmática y maldita, cuya moraleja advierte acerca del castigo divino que les espera a quienes equivoquen el recto rumbo moral, y que dice así:

“No sigas ese camino, no seas orgulloso y terco, 
no te vayas a perder como la ciudad de Esteco.
¿Dónde están, ciudad maldita, tu orgullo y tu vanidad, 
tu soberbia y ceguedad, tu lujo que a Dios irrita?
Orgullosa y envanecida en los placeres pensando, 
en las riquezas nadando y en el pecado sumida, 
a Dios no diste cabida dentro de tu duro pecho. 
La tierra se conmovió y aquel pueblo libertino, 
que no creyó en lo divino y santo poder de Dios, 
en polvo se convirtió. Cumplióse el alto decreto, 
y reveló su secreto que Dios tuvo en su arcano.
¡No viváis, pueblos cristianos, como la ciudad de Esteco!”

GRAGEAS HISTORIOGRÁFICAS
Elaboradas por Gustavo Ernesto Demarchi, contando con el asesoramiento literario de Graciela Ernesta Krapacher, mientras que la investigación histórica 
fue desarrollada en base a la siguiente bibliografía consultada:
·Becco, Horacio J.: "Cancionero tradicional argentino"; Hachette, Bs.As., 1960
·Frigerio, José O.: "Esteco: fatalidad y mito en la conquista del Tucumán"; Ed. Abril, Bs.As., 1988
·Krapacher, Graciela:“Tafí del Valle, historia verdadera de un descubrimiento”; Nva. Generación, Bs.As., 1998.
·Luna, Félix: “La cultura en tiempos de la Colonia”; Planeta, Bs.As., 1999.
·Martínez, Tomás Eloy: "Ahora empiezan las profecías"; Diario La Nación, Bs.As., 1999
·Payró, Roberto: "En las tierras de Inti"; Eudeba, Bs.As., 1960
·Poderti, Alicia: “Leyendas sobre Esteco”; Univ. Nac. Salta, CONICET, 
·Rex González A. Y Pérez J.A.: "Argentina indígena, vísperas de la conquista"; Paidós, Bs.As., 1972
·Varios: “Esteco, la ciudad mítica”; Nexo (diario El Tribuno), Salta, 2003.
·Vera, Juan Pablo:"La conquista del Tucumán"; T.Graf. Rosso, Bs.As., 1937

 

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