ENCONTRARNOS

Sara Becker

Encontrarnos, vernos por primera vez. Fue un impulso, una necesidad, algo que no podía esperar.
Lo supimos desde la primera palabra que cruzamos en algún comentario casual escondidos tras el anonimato de un escrito.
No, no fue curiosidad simplemente; no fue el querer atribuir un rostro a las palabras, no fue un desear mirarse a los ojos. Fue lo que dije antes: una necesidad, una imperiosa necesidad, producto de unos gramos de curiosidad, otros de ansiedad y unos cuantos más de esperanza.
Hermosa receta, ¿verdad?.
Y cuando franqueaste la puerta lo supe y de inmediato bajé mis ojos, muy apresuradamente. Dejé que fueses hacia otra mesa, que te sentases, que pidieses un café. Me dije a mí misma: ¿por qué he de ser tan precisa cuando describo mis rasgos exteriores? ¿Por qué tengo que mencionar color y tamaño de ojos?.
Bajé mi mirada y fingí concentrarme en lo que estaba haciendo…
Pero no dejaste de buscarme, movido por la sensación de que estaba yo ahí. Nunca me habías visto, pero con paso seguro te acercaste a mi mesa y pronunciaste mi nombre, y no pude evitar levantar mi mirada, y clavar mis ojos en los tuyos. Y ahí supe que mi suerte estaba echada.
Vos no podìas saber cuántas frases se agolparon en mi garganta y sólo pude pronunciar un débil: ¡sí!, y bajé nuevamente mis ojos ordenando las cosas que tenía sobre la mesa: el infaltable discman, el estuche de un CD, guardando la lapicera, las hojas pentagramadas… 
Y te sentaste frente a mí y me miraste directamente a los ojos y decidí en ese preciso instante devolver la mirada, y me zambullí en el verde y calmo mar de tus ojos llenos de chispitas, fulgurantes de alegría. Y me contagié de tu alegría por el encuentro. Y dejé que el dulzor que sentía dentro se exteriorizase.
Tenía ganas de decir muchas cosas relacionadas con lo que sentía…pero no, no lo hice. En ese momento me limité a escuchar tus regaños por haberte dejado pasar a mi lado sin llamarte.
Pero no te mentí; te dije que te había visto entrar y en el momento en que eso sucedió supe que eras tú. No tuve dudas. Lo que no te dije fue que un nudo en la garganta y mil lágrimas contenidas me impidieron llamarte y vi cómo buscabas una mesa en ese lugar tan concurrido.
Y comenzamos a hablar, y las frases, palabras, temas, se sucedían como cataratas. No nos dimos cuenta del paso de las horas…porque debes reconocerlo, podemos estar horas hablando y hablando, escuchándonos el uno al otro.
Y no hablé de mi pasado ni tú del tuyo. No en ese momento. Fueron jirones de nuestras mochilas lo que esa mesa escuchó, retazos apenas. 
Pero desde que te vi, desde el momento en que pasaste cerca de mí, supe en mi interior que eras a quien esperé siempre, desde siempre, y que para siempre querría tenerte a mi lado.
El resto es historia conocida, para nosotros y para muchos otros.
El resto es el milagro del amor, que puso en mi corazón dulzura, una sonrisa en mis labios y chispitas en mis ojos.
El resto es el milagro de la vida por el encuentro de dos almas gemelas que poco necesitan decirse porque se entienden de cualquier manera.
El resto es lo que estamos viviendo, el aquí y ahora.
Pero…ya que siempre soy franca te lo diré de un tirón: vivo este presente con otros ojos, con otras miradas, con otras perspectivas. Lo negro tiene tonos de grises, lo blanco refulge, y todo tiene matices que antes no veía.
Y me sorprendes, mi amor, porque aunque sabes que te amo tienes miedo a un abandono. No importa que te diga hasta el cansancio que no pienso dejarte. 
Y he descubierto algo de ti de lo que nadie, ni siquiera tú, se había percatado: eres terriblemente mimoso, necesitas que te diga lo que eres para mí, necesitas que repita hasta el cansancio lo mucho que te quiero, que formas parte de mi ser, que estás en el aire que respiro y en cada sonido que arranco a mi piano, en cada nota que canto, en cada canción que interpreto.
Necesitas que te diga a cada instante que te quiero, que te extraño, que quiero tenerte cerquita, muy cerquita mío, que no quisiera despegarme ni un instante de ti.
Alma, tú con tus ocupaciones y preocupaciones, yo con las mías, en este mundo que nos obliga a estar separadamente juntos, porque aunque no podamos estar todas las horas uno al lado del otro, te siento conmigo.
Tu voz al teléfono, mi voz al teléfono, extrañando la piel, extrañando la mirada, extrañando los besos, extrañando las caricias, extrañando la presencia física de uno en el otro.
Mi amor…pierde tus temores. No he de abandonarte nunca, no puedo ni podría. 
Reconozco que cuando te vi por1º vez me oculté. Soy consciente de mis celos, pero una vez te dije que sólo siento celos por la persona a quien amo. Y tus celos corren parejos con los míos. Y ahora ambos sabemos, porque de eso tenemos la certeza, ¿verdad?, que no tenemos motivos para estar celosos porque yo te amo y te lo digo, así de frente, cada vez que tengo oportunidad. Y sé que eso te causa temor y alegría a la vez, y sonríes, y tu voz se dulcifica. 
Y nos hemos cantado cosas, ambos, no te dejé el trono de la música porque yo también me siento en él. Y hemos compartido un teclado, interrumpiéndonos por la ansiedad de que uno escuche al otro. Y sentí tu emoción cuando miraste fijamente mis manos que se deslizaban sobre las teclas como diciendo "¡no puede ser!", y no pude evitar tomar tus hombros mientras tú desgranabas melodías apoyando mi cabeza en tu cuello.
Fue la conjunción perfecta en un instante perfecto de dos seres que se complementaron en un perfecto momento donde la música era la excusa de dos almas que supieron que las cartas estaban marcadas, que se habían unido en el hoy, en el presente de todos los hoy de todos los días de toda la vida.

       

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