Una cuchara sirve para atrapar una
trucha. La corrés por la parte baja del río, hata que la muerde.
Morder una cuchara es la rebeldía frente a la sopa.
Sirve para el postre. Para comerlo aunque no te guste.
La cucharita del café. Se deshace en el azúcar. Desaparece.
Con mango: más refinada. Pertenece a un juego de cubiertos. Pero ahora está sola y extraña a las compañeras de
bajomesada.
Es blanca pero no puede mantenerse limpia.
Una cuchara puede matar. En los cuento de terror limpian el corazón con una
cuchara.
Hace que los autitos se deslicen mejor. Hay que ponerla debajo, en lugar de las ruedas
delanteras.
Piso la cuchara y salta por el aire. Puedo atraparla con una sola mano.
Me rasco la espalda con la cuchara.
In fancia de muñequitos haciendo surf sobre las cucharas. El baño era de
inmersión. También había algunas submarinas que se convertían en peligrosos
tiburones.
La cuchara bucea. Se hunde en la sopa. Vuelve a surgir.
Es medicinal. Espacia los remedios.
Los recuerdos vienen a cucharadas.
Las cucharas nunca son las adecuadas. Me pasa siempre. La de la sopa no es la del café, ni la del
postre, ni la del té. En casa tenemos una cuchara de cada país. Son todas de distintos
juegos.