VIVOS TODAVIA

Pablo Mora

 

Hablar de vez en cuando de temas menores. Ir formando gestos, lentamente. Usar la propia mano como almohada. Trasplantar los recuerdos. Hacer correr un pedazo de oscuridad sobre otro. Recortar el espacio que queda entre las cosas. Sacar de circulación nuestra imagen. Cambiar la propia imagen periódicamente. Cambiar de imagen cada tanto como se cambia de sueño cada noche. Crear un marco para cada cosa. Cuidarse de poseer características ajenas a nuestro destino. Aceptar el precio de la justicia por rápida, segura, funcional y ordenada. Oír todas las verdades y todas las mentiras. Descifrar cuidadosamente cada una de las sorpresas vespertinas o de fines de semana, fin de año o fin de mes . Cambiar de voz, de nombre y de oficio para averiguar lo imposible. Comprender la semiótica de las iguanas y las lagartijas. 

Subir a la locura por la parte más accesible. Evitar aparecer en las páginas sociales de los diarios. Preparar el pensamiento para a los escamoteos de las cosas. Escapar de las miradas de los otros; después, de la propia mirada; luego, de la mirada de las cosas. Aprender a olvidarse del recuerdo. Desmadejar las líneas de la mano. Entremezclar los ojos y las cosas. Desencajar el silencio del sueño. Recoger lo poco que existe y crear lo que no existe. Empezar a no reflejarnos ya en los charcos. Disolver para siempre nuestro grotesco oficio de encuadernar la nada. Rechazar cualquier condecoración. Adorar hasta la demencia la rebelión de Adán y Eva. Dar una vuelta a la palabra cuando haya moros en el cable. Tomar en cuenta las notables diferencias entre un Pontífice y un Poeta de la Liberación. Valerse de la ocasión para renovar las seguridades de alta y distinguida consideración. 

Saber de algas, toronjiles que cantan divinos almácigos en guardia. Preguntarnos por el encuentro absoluto, por cuanto pasa de aquí para allá. Pensar el presente. Guardarnos para mañana, mañana, mañana. Aguardar, obedientes y sin más remedio, la vuelta, el desagravio de los mayores siempre delanteros, dejándonos en casa como si también nosotros no pudiéramos partir. Buscar al tanteo la oscuridad. Buscar a volver de golpe el golpe. Envetar bolivarianas fragosidades. Remachar la lágrima en el pómulo. Sabernos vivos todavía.

Quedarse con la diestra en alto, en busca de un terciario brazo que ha de pupilar, entre el dónde y el gallo incierto. Adherirse a las junturas, al fondo, a las testuces, al sobrelecho de los numeradores a pie. Tantear el tiempo de las rondas. Pulsar el rodeo para los planes futuros. Recordar que en las celdas también se acurrucan los rincones. Amarnos los vivos a los vivos, apretar el alma, que siempre no estaremos como estamos. Vernos con los demás, al borde de una mañana eterna, desayunados todos. Saber que existe una puerta y otra puerta y el canto cordial de las distancias. Subir. Nunca bajar. Recogerse a reír en lo íntimo de este celo de gallos ajisecos soberbiamente, soberbiamente ennavajados. Beberse una copa de agua desde la pulpería de una esquina cualquiera. Cruzar en diagonal por encima del tiempo. Agarrar la hora al vuelo. Medirle el tiempo a los recuerdos. Creer en el hoy, el aún, el todavía. La lucha es a muerte por la vida. Estar en guerra contra el dolor y el olvido.

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