AMANECER

José Ladislao López

 

 

No eran las tres de la mañana, eran ¡las tres de la noche! cuando me desperté. Y, ¿qué hacer con tan absurda hora?, ¿buscar en qué pensar y levantarme tarde, o... despertar también al día y levantarnos temprano?!

Desperté al día. Soñoliento y resabioso me siguió hasta la cocina, fregamos los platos que quedaban por fregar y, entonces... ¡nos hicimos el café!

¡Atávica costumbre...! ¿recónditos vestigios congénitos de aquel remoto antepasado que se dio al café? ¡Oh, deliciosa, inevitable, costumbre nuestra de cada día!

Dejé entrar a mi gata que pasaba la noche afuera y, aprovechando la entreabierta puerta, envuelto en niebla, salió el día. Se desperezó, a tientas encendió la madrugada; no sé qué le contaron unos grillos trasnochados; sordo, a esa hora pasó un tren; frío, el viento se metió en la casa y yo, apacible, me quedé frente a la puerta abierta, contemplando, absorto, el callado prodigio de otro día que empezaba...

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