LA FLOR DE ABELLANA

Marcos Picos Sol

 

Capítulo I
Había un vez un caballero, decían que honrado y bastante sincero, que leía pausadamente un pequeño libro que había descubierto en un cajón hacía tiempo. Ya lo tenía bastante avanzado, y se había sumergido por completo en la lectura. Sólo ponía la atención en la historia que se dibujaba enfrente de él. Estaba tan absorto, que no se daba cuenta de muchos pequeños detalles que ocurrían a su alrededor. Un reloj hacía sonar su tictac, la ventana abierta a veces se movía por el aire, y chirriaba un poco, e incluso se podía escuchar el canto de los pájaros en la lejanía, o el murmullo de algún pequeño arroyo de allí cerca. Pero aquel hombre, tan sumido en aquel libro, no prestaba atención ahora a esas cosas. Solamente leía. La concentración con que lo hacía era más fruto del esfuerzo por entender lo que aquel libro pretendía mostrarle. Sentía que no estaba captando con claridad su mensaje, y ponía el empeño en dar con el sentido del relato que tenía entre las manos. Fruncía el ceño y se obligaba a leer más despacio, una misma línea, o frase, varias veces. Se le hacía muy difícil ya mantener la atención. Cada poco sentía la necesidad de dejarlo, de cerrar el tomo y colocarlo de nuevo donde lo había encontrado. Pero, se preguntaba: ¿y si pierdo así la oportunidad de entenderlo?. Aunque sabía que un descanso sin duda podría aclararle mucho sobre lo que estaba leyendo, no quería dejar en ese momento el libro. No podía, siquiera. Había tomado la decisión de entenderlo, y ya nadie podía disuadirlo de ello.
Capítulo II
En ese trance en el que estaba sumido, un sobresalto lo trajo a la realidad. Escuchó un ruido extraño. No provenía de la casa, sino de fuera, no sabía si de cerca o de lejos. Pero lo escuchó perfectamente. Y ese sonido le obligó a detener la lectura. Era como un silbido agudo, muy agudo, que poco a poco se apagaba hasta hacerse imperceptible. Miró por una ventana pero no vio a nadie. Un pequeño prado y una mesa con frutas, del día anterior; había almorzado con unos amigos. El río que pasaba junto a la casa. Y a partir de ahí un camino y el bosque. No vio ningún animal que pudiera haber silbado de esa forma. Pero tampoco podía imaginarse qué lo había provocado, nunca había escuchado un sonido parecido. Su mirada se perdió en el vacío, a través de aquella ventana, intentando adivinar qué era lo que había escuchado. Su mente, que ya estaba habituada a pensar concienzudamente, y más con un libro tan difícil, consideró que ese sonido tenía que ser descifrado, tenía que reconocer y deducir qué animal había producido aquel sonido. No podía dejar ese cabo suelto. Pero no lo conseguía por más que se esforzaba. Continuaba siendo un misterio, un problema que no podía resolver, que no podía entender. 
Enseguida se dio cuenta de que le ocurría lo mismo con ese silbido que con el libro durante toda la tarde. No conseguía entenderlo, y el sentimiento de derrota se apoderó de él. Se preguntaba por qué. El debería saberlo, debería conocerlo. Había trabajado con muchos textos, había estudiado a muchos autores, pero aquel dichoso libro se le resistía. ¿Cómo podía ocurrir eso?, ¡sólo es un libro!. Son palabras escritas en un papel, sencillamente habría que leerlas y utilizar la razón para entenderlas. No podía ser algo tan complicado. Quizás para alguien no experimentado sí, pero no para él, cuya biblioteca incluía enciclopedias, atlas históricos, libros sobre ciencia, filosofía, literatura, las obras universales de los mejores autores, de personas que habían cambiado el rumbo de la historia. Y miles de papeles y documentos, muchos escritos por él, cada noche, intentando descifrar cómo funciona el mundo, afición que conservaba desde muy joven y que había hecho de él un hombre inteligente y muy sabio.
Capítulo III
De repente escuchó el mismo silbido que antes, pero esta vez mucho más fuerte, casi lo ensordecía. Incluso le pareció que había sonado detrás suyo, y se dio la vuelta deprisa. Allí no había nadie, solo la puerta abierta de la pequeña salita que se había convertido en su lugar de lectura diaria. ¿Qué era ese silbido tan extraño?. Apesadumbrado, con una inquietud terrible que le hacía sufrir de impaciencia, miró por la ventana de nuevo, no ya para buscar el origen de aquel sonido, sino para descansar un momento, e intentar olvidarse de todo. Estaba en verdad agotado de pensar en cosas que no entendía, y se quedó mirando hacia el bosque en la lejanía. El bosque en el que había jugado de pequeño. 
¿Qué es aquello?. El hombre veía un leve destello luminoso entre los árboles. Parecía una luz tenue, como si alguien hiciera señales con un espejo o un objeto metálico. Era una luz blanquecina que parpadeaba, temblaba un poco y enseguida entendió que el silbido provenía de allí. Su atención se volvió hacia el punto concreto del bosque de donde provenía esa luz. Intentó descubrir desde la ventana en que estaba qué provocaba ese fenómeno tan extraño, pero no podía, desde esa distancia. Su inquietud se convirtió entonces en una necesidad de ir hacia ese lugar, de resolver de una vez por todas ese misterio que lo atormentaba. 
Cerró la puerta de casa y empezó a caminar por el sendero que la rodeaba, y que se adentraba en el bosque. Intentó no perder de vista aquella luz tan extraña, y aunque a veces no lo conseguía, volvía a aparecer, como si le guiara hacia ella, como si quisiera que se acercara. El no lo sintió así, no paraba de pensar en qué haría si la luz desaparecía, y su capacidad de mantenerla a la vista sin perderla le dio ánimos para seguir hasta dar con ella. No se le iba a escapar. 
Pero entonces la luz desapareció. El hombre buscó con la mirada por todo el bosque, con la certeza de que volvería a verla si se esforzaba lo suficiente. ¿Dónde se había metido?. Estaba rodeado de árboles y arbustos, todos iguales. ¿Dónde está?. Buscó durante mucho tiempo, recorrió muchos caminos y observó entre la maleza. Caminó durante varias horas, ansioso por volver a ver aquella luz, o siquiera escuchar ese silbido que no podía comprender. La ansiedad se apoderó de él. Buscaba con rapidez, con impaciencia, hasta el punto de que se agotó. Se sentía cansado, de buscar aquella luz, de ese silbido que le había despertado, del libro que no entendía, de muchas cosas en un mismo día. Y decidió sentarse en un tronco que había allí caído.
Su respiración era agitada, solo entonces se dio cuenta, y cerró los ojos intentando hacerla más calmada, escuchando el ritmo del aire al entrar y al salir, y el sudor que corría por su cara. Notaba el latir de su corazón, y poco a poco se fue calmando, y se sintió mejor. Y abrió los ojos.
Capítulo IV
Antes no se había dado cuenta, tenía demasiadas preocupaciones, demasiadas cosas en que pensar. Pero ahora, se percató de que delante de él había una pequeña flor. Era muy pequeña. No la había visto antes. Podría haberla pisado sin saberlo. Sus pétalos eran de color rojo intenso y parecían suaves, y delicados. El viento hacía que la flor se moviera un poco. Entre aquella maleza, entre el barro y sus pisadas, entre los árboles, y los sonidos del bosque, aquella flor parecía extraña. A su alrededor no había ninguna otra que se le pareciera. El hombre se sorprendió. Se dio cuenta de que aquella flor era especial. Pensó haber encontrado algo único, de lo que no podía apartar la mirada. Se quedó largo rato observándola, su color, su forma, su belleza.
Entonces decidió arrancarla y llevársela. No quería dejarla allí. Le pareció demasiado hermosa como para no tenerla consigo siempre y poder contemplarla cuantas veces quisiera, ya que le parecía preciosa. Además, así su larga caminata y su cansancio no habría sido en valde, ya que no había podido encontrar lo que estaba buscando. Podría poner aquella flor sobre su mesilla de noche, para dormirse observándola, y despertarse con su fragancia por la mañana. Podría colocarla en la ventana, para así, al llegar a su casa cuando viniera de viaje, poder verla desde la lejanía, alegrándole el corazón. O podría mostrarla a sus amigos y conocidos, y decirles que la descubrió un día y desde entonces era suya para siempre. 
Mientras se levantaba y se limpiaba un poco las manos, el hombre soñó cómo cambiaría su vida al tener aquella flor. Y así ésta se hacía más hermosa, y más ganas tenía él de hacerla suya. Deseaba tanto traerse algo del bosque, que había decidido que se llevaría esa flor roja tan extraña.
Alargó el brazo para cogerla. 
Cuando la sostenía ya en su tallo para arrancarla, oyó un ruido a su lado. Dejó por un momento la flor y, algo asustado, miró por entre los árboles, buscó algún animal que estuviera husmeando por allí. Enseguida se dio cuenta del lugar desde dónde venía el sonido. Lo hacía algún pequeño animal que estaba escondido entre unos arbustos justo delante suyo. Esperó a ver si salía. Con una mano cogío una piedra del suelo, con la idea de ahuyentarlo para que no le molestara. 
Capítulo V
La espera le pareció eterna, alzó la mano para lanzar la piedra, y entonces notó que salía del arbusto una forma parecida a un pie. Era de color blanco como la nieve, y, aunque estaba algo lejos, juraría que se podían ver unos dedos y la piel lisa y suave de un pie muy pequeño. Entonces, de allí, sorprendiendo al hombre, salió una niña pequeña. Tenía los pies descalzos, y su piel era muy blanca, increíblemente blanca. Vestía un pequeño vestido rojo, y su pelo rubio estaba alborotado y sucio. Y llevaba una flauta pequeña, plateada. Pero lo que más le sorprendió al hombre era lo pequeña que era. No era como otras niñas, era mucho más pequeña. Todo esto en un solo instante, al hombre le dejó sin palabras. Era una niña. ¿Y tú quién eres?, le preguntó.
La niña, que hasta entonces miraba al suelo, levantó la vista hacia el hombre. Su mirada no era asustada, ni tímida. Era una mirada sincera, y muy tierna. Tenía los ojos de color azul claro. Estaba seria y parecía triste. El hombre pensaba que saldría corriendo asustada, pero no lo hizo. Sólo se quedó de pie, con una pequeña rama entre las manos, mirándole, como esperando que ocurriese algo.
Pero, ¿de dónde había salido esa niña?, pensó el hombre. No sabía qué hacer, qué decir. Lentamente decidió agacharse y, sin perderla de vista, quiso volver a coger la flor, para llevársela.
Cuando sus dedos tocaron la flor, la niña corrió hacia el y gritó.
-¡No!, ¡no hagas eso! - 
y se llevó las manos a la cara. Empezó a llorar. Esta vez lo miró como suplicando que no tocara aquella flor. El la entendió y la dejó.. Se dio cuenta, ahora que estaba más cerca, que la niña era mucho más pequeña de lo que había pensado, incluso parecía tener la altura de aquella flor que tanto le preocupaba.
- ¿No quieres que me lleve la flor? - le preguntó.
- ¡No! - respondió como si fuera evidente cuál sería la respuesta.
- ¿Y por qué? - el hombre insistía, e incluso se atrevió a tratarla como un mayor hace con un niño pequeño.
- Porque es mía - le respondió la niña, con brusquedad. El hombre se sintió un poco intimidado por su respuesta.
Y le miró de nuevo a los ojos. Y le volvió a decir que aquella flor era suya. El trato de decirle nuevamente que...¡la flor es mía! volvió a decir ella. Y le miraba como si fuera algo evidente, algo que él ya debía saber, que aquella flor era de ella. Y no había más que hablar.
Decidió sentarse de nuevo. 
Ante él, una niña diminuta protegía su flor con su propio cuerpecito, tan débil y tan blanco. El podría sin dudarlo apartarla sin más y llevarse la flor, pero aquello era tan extraño, que sintió la necesidad de saber un poco más sobre la insistencia de aquella niña. 
- ¿Cómo te llamas? - le preguntó.
- Abellana - respondió ella sin moverse.
- Y la flor es tuya - quiso el hombre adivinar lo que la niña le diría de nuevo.
La niña se calló. ¿Cómo aquel hombre tan absurdo no podía entender algo tan simple?. 
- Si arrancas esta flor, yo no existiría - dijo con seriedad.

¿Cómo?, pensó el hombre, si es sólo una flor, no tiene nada que ver con la vida de una niña. Es absurdo.
- Pero tú no eres esa flor, eres una niña - le explicó, tratando de sacarla de su malentendido.
La niña se sintió muy incómoda. Hasta entonces estaba clarísimo cómo funcionaban las cosas. ¿Quién era ese hombre para ponerlas en duda?. Era muy sencillo. Tendría que explicárselo.
- Sin esa flor yo no existiría, no te la puedes llevar. Se moriría si no está conmigo- le explicó.
- No, en los libros se explica que la vida de una flor no depende para nada de una niña - trató de aclararle el hombre, era evidente que no sabía nada de nada.
- Tus libros están equivocados - le respondió.

En su mirada había algo extraño. El hombre por un momento pensó que ella tenía razón. Podía ver que en su semblante aparecía la seguridad de quien conoce la verdad. Y empezó el hombre a dudar. ¿Y si tenía razón?. Pero, él había leído tanto acerca de las flores, de las plantas, de la naturaleza, ¿cómo una niña pequeña podía en un momento hacerle dudar de todo lo que había leído?.
Entonces ella decidió sentarse. Se agachó al lado de su flor, recogió las pequeñas piernas y las abrazó con sus bracitos blancos. Apoyó la cabeza sobre las rodillas, y miró hacia arriba, esperando que aquel ser tan absurdo entendiera algo que era muy sencillo. Era tan fácil de comprender, le resultaba muy incómodo tener que explicarlo, nunca nadie le había hecho tantas preguntas. No le gustaba tener que dar explicaciones. Desde siempre había sido algo que no se discutía, que nadie ponía en duda, y ahora aquel ser tan alto, y con el ceño fruncido, se esforzaba por comprender algo que era evidente. Sintió algo de pena por él, y al final decidió enseñar a aquel ser tan absurdo aquello que no quería ver.
Utilizando un lenguaje que el hombre no entendió.
Capítulo VI
Silencio, sólo escuchaba silencio. Sintió el cuerpo algo entumecido, y abrió los párpados con mucho cansancio. Al principio no sabía dónde estaba, pero luego se dio cuenta. Estaba sentado con el libro entre las piernas, abierto por donde lo había dejado. Su mano derecha, que lo sujetaba, había quedado algo marcada por el lomo que la apretaba, sólo entonces, al despertar, el hombre lo notó. Estaba realmente cansado. Abrió los ojos con fuerza, como queriendo reacccionar más deprisa.
- Necesito un café - se dijo con seguridad de adulto, estaba claro que se había quedado dormido, era imperdonable.
Abandonó la sala con malestar, no le gustaba quedarse dormido en mitad de la lectura, era impropio de él. 
En la sala se respiraba un ambiente tranquilo de una tarde de otoño. Afuera ya estaba anocheciendo, y se hacía más difícil la lectura. En la mesa, algunos papeles manuscritos por el hombre, y el libro. 
El libro abierto por el capítulo séptimo.
Capítulo VII
Ahora que la edad sucumbe y no puedo escapar ni durante la noche, en sueños, a la visión de que mis manos se agrietan, de que mi rostro es ya irreconocible para el joven que yo era antes. Ahora que al moverme siento el dolor donde antes no lo sentía, y cada camino es un esfuerzo triple para mis huesos y mis ganas. Ahora que no tengo más pensamientos que el de mantenerme vivo. Ahora, ¡maldita sea!, es cuando me doy cuenta.
Antes no pensaba más que en correr y saltar, en trepar por los árboles y recoger flores, jugar en los ríos, y correr más deprisa que nadie, trepar más alto que nadie. Y no me importaba volver a casa molido de cansancio, o con la ropa sucia y rota por las caidas. ¿Por qué el tiempo juega las cartas de esta forma?. ¡¡Era entonces cuando debía haberme dado cuenta, y no ahora!!.
Quizás el error es nuestro, amigo mío. Quizás el tiempo es esquivo, sí, pero no como usted habrá entendido tantas veces que le habrán hablado sobre el mismo. No es que el tiempo pase rápidamente. Lo que ocurre es que cuanto más tratas de atraparle, cuánto más intentas hacer que éste no huya, resulta que éste más corre delante de ti, velozmente. Y nunca lo atrapas, se te escapa constantemente. Y la vida la consumes en carreras inútiles detrás de él. ¿No cree uste así, amigo mío?. ¿Por qué si no los niños no saben lo que es el tiempo?. ¡¡Si hasta algunos no saben ni qué edad tienen!!. Y son precisamente ellos los que disfrutan más tiempo. Está a su lado, juega con ellos, corre con ellos y los acompañada a todas partes, porque no teme verse perseguido.
Pero esta reflexión, a mi edad resulta un peso demasiado grande que no puedo sostener. Y por eso no me atrevo en estas páginas a reconocer que mis comentarios sobre el tiempo son totalmente limitados. He escrito ya seis capítulos acerca del tiempo. El tiempo, del que tantos hombres hablan, y por esa importancia que le dan mi reflexión anterior parece tan acertada y sabia. Digo que el tiempo, forma parte de algo mayor, que no me atrevo a describir, porque solo un niño sabe verlo. Llevo toda mi vida hablando y escribiendo sobre el tiempo, mis reflexiones han vuelto mi rostro severo y sombrío, y es extraño no verme con el ceño fruncido. Pero ahora me doy cuenta de lo limitado de mis estudios, como quien quiere estudiar el mapa del cielo, y sólo se fija en una estrella. Una entre millones. 
Pero ahora, no puedo hacer más que escribir. Me doy cuenta, ahora que es ya tarde, que todos mis estudios, mis reflexiones, toda esa búsqueda, no ha servido para nada. Porque he tratado incansablemente de hacerme con lo que no es mío. Se ha convertido, al igual que Dafne, en árboles, estrellas y cielo, plantas de todo tipo, flores de todos los colores, historia del pasado, hombres y mujeres, de todas las razas, animales de tierra, de mar y de aire, incluso los que nunca he visto. Lo que yo quería se me muestra inalcanzable. Y es así porque traté en el pasado de correr detrás suyo. Ese fue mi error. 

Ahora no puedo más que resignarme, y observar cómo desde lo lejos, me sigue observando, me sigue esperando. Porque hubo un momento en que jugamos juntos, en que corrimos por el bosque y por los prados, y nos manchábamos de barro. 
Simplemente, solo decir, cual fue mi error que cometí sin saberlo. Y nadie me avisó. Nadie me paró el brazo extendido queriendo detener su huída.
Simplemente...
Cometí el error de querer hacerla mía.

 

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