LA MARIQUITA GIGANTE

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                                                            A mis nietos Daniel, Celia y Raquel



Vosotros ya conocéis esos insectos tan bonitos que se llaman mariquitas, pero lo que no sabéis son unas cuantas cosas de cómo viven y sobre todo de la vida de una de ellas, que por su carácter se distinguía muchísimo de sus hermanas. 

Entre las diversas clases de mariquitas que existen, las mas bonitas son esas de color rojo, que tienen siete puntos negros en la espalda y precisamente son de la especie que vemos comúnmente en los campos y jardines de España. 

Pero no olvidéis que también existen mariquitas de otros colores: las hay de color completamente negro, otras anaranjadas con puntos blancos o con puntos amarillos; también existen de color castaño amarillento que tienen ocho puntos negros.
Entre las de color rojo, también existe otra especie que sólo tiene dos puntos en la espalda en lugar de los siete puntos que tiene la especie mas conocida.

Aún con tanta variedad, todas pertenecen a la misma familia y también están emparentadas con el resto de los insectos llamados escarabajos. Todos ellos tienen en común el poseer dos tapaderas llamadas élitros, debajo de las cuales se esconden y protegen las verdaderas alas que emplean para poder volar. O sea que no lo olvidéis: lo que parecen alas para volar, no son más que los élitros o puertas que esconden las auténticas alas. 


La mariquita de nuestro cuento, que por cierto se llamaba Catarina, pertenecía a la especie roja con siete puntos negros en la espalda y se suele alimentar de insectos pequeñines como pulgones y otros parecidos. Era una mariquita casi tan corriente como todas y así también tenía por costumbre que, cuando la cogías en la mano, se subía hasta la punta del dedo mas alto y si la cantabas eso de mariquita, quita, quita, ponte el velo y vete a misa, entonces Catarina abría los élitros, sacaba sus alas y se iba volando hasta algún rosal o planta no muy lejana.

Bueno, muy corriente no es que lo fuera, pues siempre había tenido fama de cabezota y ya desde pequeña sus padres habían tenido problemas con ella porque si empeñaba en algo no había forma de hacérselo quitar de la cabeza. Por otra parte también era un poco atolondrada y hacía las cosas sin pensárselo mucho, con lo que se había metido en problemas más de una vez. Precisamente por ser tan atolondrada y no pensar las cosas antes de hacerlas o decirlas es por lo que la ocurrió lo que os voy a contar en este cuento.


Ilustración y animación: Francisco Villarreal
Aparte esto que os he comentado, la mariquita Catarina era muy buena con todos y en general era muy apreciada por todos los bichos del jardín en que vivía. Bueno, por todos menos por los pulgones de los que se alimentaba, que la tenían bastante rabia, pero no podían hacer nada contra ella puesto que era mucho más grande que ellos y también mas rápida, así que no les quedaba mas remedio que aguantarse y cuando la veían cerca se quedaban muy quietecitos a ver si Catarina pasaba de largo sin verlos.

En cierta ocasión andaba buscando comida por un rosal, cuando se encontró con una abeja que había quedado atrapada entre las espinas de una rama y a pesar de sus pocas fuerzas, Caterina estuvo empuja que te empuja muchísimo rato hasta que logró liberar a la abeja de su trampa. La abeja quedó encantada con su liberación y de tan contenta que estaba, lo fue contando por todas partes. La noticia llegó a oídos del hada de los insectos y fue por allí a ver a la mariquita Caterina.

Cuando la encontró le hizo saber que iba a premiarla por sus buenas obras y que la concedía el cumplimiento de sus tres primeros deseos. Eso sí, la advirtió que se pensase bien lo que deseaba con mas ahínco, ya que, una vez expresado el deseo, éste se cumplía automáticamente sin vuelta atrás.

Caterina procedió con su atolondramiento habitual y lo primero que se la ocurrió fue desear tener las alas tan grandes como una gallina para poder volar muy lejos. Tal como lo deseó, al momento la crecieron las alas enormemente, pero sólo las alas, con lo que con su cuerpo tan pequeñín no tenía fuerzas para mover unas alas tan enormes.

Dándose cuenta de su metedura de pata, inmediatamente expresó su segundo deseo, que no era otro sino que la creciera el cuerpo proporcionado a aquellas alas tan grandes. Efectivamente el cuerpo también le creció y ya aquello estaba mucho mejor, pues era una mariquita perfectamente proporcionada y de un tamaño enorme.

Hasta aquí todo bien, pues se había convertido en una mariquita con tal tamaño que ahora ya no tendría nunca que temer de los enemigos de su especie, pues podría pelear con ventaja contra una urraca por ejemplo, o con cualquier otro pájaro insectívoro que intentase comérsela a ella.

Pero todo en la vida tiene sus inconvenientes. Ahora tenía un tamaño tan enorme, que por mas pulgones que comía, siempre se quedaba con hambre y no había pulgones suficientes para alimentar ese cuerpo de mariquita tan grande.

Así estaba muerta de hambre cuando se acordó de lo bien que vivía anteriormente y sin pensárselo mucho dijo en voz alta que mas le hubiera valido que en vez de hacerse tan grande hubiera tenido otro deseo, como por ejemplo haberse podido convertir en un orinal.

No hizo más que expresar estas palabras cuando se convirtió inmediatamente en un orinal que era exactamente igual a una mariquita. Era un orinal muy bonito, eso sí, pero estoy seguro que no es lo que hubiera querido ser nuestra Catarina si se lo hubiese pensado con detenimiento.

Esto es lo que le puede ocurrir a quienes hacen las cosas atolondradamente y sin pensárselas bien. 

La Vila, noviembre de 2001

 

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