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Daniel R. Moya Fuster

 

Ni siquiera el guardia pelirrojo había conseguido , después de azotarle repetidas veces, que pronunciara una sola sílaba. Seis años entre aquellas húmedas paredes sin hablar, sin decir, sin quejarse.
Era jueves, día de comida, día de bazofia que se le negaba lunes, miércoles y viernes.
Todos los presos de aquel campo habían sido guerrilleros sin galones, sin uniforme, sin placa de identificación pero declaradamente enemigos. Si en las guerras hay vencedores y vencidos a él le había tocado ser del bando contrario..
Había ya perdido la noción del tiempo, del espacio, de sí mismo, sólo recordaba el dolor intenso del fuego ardiente mientras le marcaban como a un becerro aquel número en la palma de la mano. Desde ahora, le dijeron, no tienes nombre, desde ahora, animal, sólo eres un número; después se desvaneció.
Quizás por aquel silencio que guardaba desde el día de su arresto los guardias le tenían aquel odio tan brutal.
Le habían asignado el enterramiento de los reclusos a los que las infecciones y las enfermedades les habían corroído las entrañas. La mayoría de ellos eran simplemente un amasijo de huesos envuelto en una funda de piel acartonada. Los ojos abiertos como bocas le daban las buenas noches todos los días mientras el hedor de sus propios excrementos le ahogaban lentamente.
No pensó que escapar de allí le fuera tan sencillo.
Aprovechó la lluvia de bombas que destrozaban los campos cercanos y el desorden que esto provocó entre los guardias para aferrarse a los alambres de espinos y saltar las vallas. Algunos no lo consiguieron pero él corría y corría sorteando cadáveres, bombas, agujeros profundos y charcos.
Mientras corría por el pedregal con los pies machacados le cruzaban por su mente todas las imágenes de aquellos días de cautiverio. Días y meses de muerte.
¿ Cómo había podido sobrevivir a aquella barbarie ?.
El ruido de los estallidos le quedaba ya muy lejos, sólo alcanzaba a oír los latidos de su propio corazón casi pidiendo ser expulsado del cuerpo.
Estaba a salvo, no había ya sirenas de alarma ni ladridos de perros perseguidores; seguía corriendo sin atreverse a mirar hacia atrás, pero adivinaba ya que el campo le quedaba bastante lejos.
La libertad no es un papel, es un sentimiento que te libera el pecho y las piernas.
Mientras seguía corriendo intentó acordarse de su propio nombre pero , mirándose la palma de la mano, fue incapaz.
A pesar de estar totalmente desorientado sentía que corría en la dirección correcta, cualquier dirección que le alejara de aquello, era la correcta, sin duda. Sus piernas, ahora, tenían toda la resistencia del mundo. Nada había ya que lo impidiese, era , por fin, libre.
Lloraba como un niño, por cansancio, por miedo, por hambre, por todo aquello que echaba de menos, por lo que perdió.
Tendría ahora que conseguir cambiar la ropa y el aspecto en la aldea más cercana, no volvería a un campo de concentración vivo.
Junto a la playa encontró una cabaña de maderas, tablas y planchas de acero a la sombra de la cual aleteaban al viento las ropas de sus habitantes.
Ropas de hombre, de mujer y de un niño , ropas de una familia.
La ropa del marido le quedaba algo holgada pero le serviría para salir del paso. Una vez cambiado el atuendo hizo un hueco entre las arenas de las dunas y le prendió fuego a su piel de preso.
Mientras ardía observaba cómo todo lo pasado se le convertía en unas cenizas negras, libres ahora también al viento del levante.
Un chasquido lejano seguido de un agudo dolor en la rodilla le hizo caer sobre la arena. Le quemaba la herida y el temor de haber sido , de nuevo, capturado.
Una sombra le ocultó el sol mientras el frío hierro de la escopeta sobre su pelada cabeza le hizo quedarse inmóvil , casi muerto.
- ¡ Levántese con las manos detrás de la espalda !- le gritó aquel niño guerrilla
- ¡ Mamá, lo cacé ! - gritó el niño mientras corría hacia las dunas.
Entre las dunas, a lo lejos, apareció la figura de una mujer . Desde tan lejos le gritaron un nombre que no era el suyo. La mujer dejó al niño atrás y con los brazos abiertos se dirigió hacia el, gritando, entre sollozos, de nuevo, ese nombre que no era el suyo.
Cuando la mujer alcanzó el lugar donde se encontraba se la abrazó con desesperanza y le susurró al oído.
- Miguel, Miguel, ¡ cuánto te hemos echado de menos!, pensábamos que habías muerto en el frente.....pero estás vivo, estás aquí, Miguel, Miguel.
La mujer lo besó con ansia mientras le acariciaba el pelo y la espalda.
Pasados unos minutos llegó el niño armado con una escopeta de caza
- Pero, mamá, ¿papá?
Se le abrazó a la cintura llorando y gritando "ya estás aquí papá, ya estás aquí, he hecho lo que me dijiste, he defendido la casa y a mamá"
Entraron en la casa abrazados los tres mientras él seguía sin entender nada, sólo miraba la palma de su mano.
Después de comer algo el niño salió de la casucha .
Hicieron el amor tirados sobre el camastro, protegidos por la cortina que delimitaba la habitación del resto de la chabola , mientras el niño vigilaba el horizonte jugueteando con los escarabajos de las dunas.
Aquella mujer desnuda , de carnes frescas y pelo azabache, se le abrazaba fanáticamente.
Volvió a gritarle aquel nombre que no era el suyo , entre sudores de sexo y el pelo revuelto.
Colgado de un clavo oxidado sobre una de las paredes levantada con retales de maderas de algún barco desvencijado, vio el retrato de su propia boda con aquella mujer de la que no recordaba siquiera un nombre.

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