ED É SUBITO SERA

Raúl Pérez Tort


Salieron de la casa a mirar el cielo, tomados de la mano. El hermano mayor y la niña pequeña. Él, con su sapiencia de trece años, le explicaba pacientemente los secretos del universo aprendidos recientemente en el colegio, y ella aceptaba como verdades irrebatibles todo lo que dijera la boca fraterna. La noche estrellada se cernía sobre ambos, evanescente y mágica. De la vivienda rural, emplazada en medio de las colinas y apartada del pueblo, escapaba luz por la hendija de la puerta entreabierta y por el recuadro de la única ventana iluminada. A lo lejos se oía el tenue rumor de la carretera comarcal, sofocado por los ruidos de la campiña circundante… croar de sapos reclamando lluvia, un batir en la oscuridad de invisibles alas, el siseo de grillos noctámbulos, graznidos lejanos y el palpitar pausado de sus corazones. Se tendieron boca arriba sobre la hierba, que aún no había mojado el rocío. El firmamento se desplegaba sobre sus cabezas como un inacabable escenario cuyos únicos actores eran las estrellas, innumerables pero solitarias. No había hecho su aparición la luna, la atmósfera esta libre de toda nube, el viento permanecía en calma a ras del suelo y tan sólo alguna suave brisa rizaba cada tanto la copa de los árboles, gigantes apenas visibles en las penumbras. Su universo era aquel, cercano, conciso y conocido, el de la finca con el techo a dos aguas, el granero alzado sobre la loma y el tractor inmóvil a la espera de ser puesto en marcha con las luces del alba, el del aroma del pastel que comerían en la mañana y el mugido del ternero llamando a la vaca que ya dormía en el pesebre. En colegio le habían enseñado al primogénito que esos diminutos puntos brillantes, los astros que alumbran el cielo, eran otros mundos, no sólo inaccesibles y desconocidos, sino, ¡tan lejanos!, que su luz demoraba años y añares en llegarles. Luego de permanecer en silencio un largo rato contemplando el cenit, ella pregunto: "¿por qué las estrellas marchan juntas y hacen la misma ronda cada noche? El, orgulloso de exhibir sus conocimientos, remedando al profesor, le respondió sin mirarla: "no son ellas las que giran, sino que la tierra, con nosotros encima, da vueltas en torno a su eje". Ella se quedó rumiando la respuesta y al cabo volvió a inquirir: "Y ahora, ¿cómo estamos?, ¿cabeza arriba o cabeza abajo?" Sonrió en la oscuridad y le susurró: "no hay ni arriba ni abajo en el infinito" y tomó conciencia de que se sentiría muy raro sin los puntos de referencia habituales, flotando sin peso como los astronautas en un espacio sin horizontes ni límites. "¿Y por qué no nos caemos hacia arriba?" Eso ya era más difícil de explicar, sobre todo porque no había comprendido bien la respectiva lección y más que de la gravedad se acordaba de que había una fuerza centrífuga que debería impulsarlos hacia la nada. "No lo sé muy bien", reconoció, "pero -por las dudas- sujétate bien al pasto", completó como chanza. Lo dijo riendo, pero se imaginó desplomándose hacia lo alto, ascendiendo camino a las estrellas…y sintió vértigo de tan sólo pensarlo. Ella retomó el interrogatorio: "y si dejásemos de girar, ¿Qué pasaría?" Él le replicó: "Eso será imposible, por muchísimos milenios"; "pues así está escrito", agregó sentencioso con palabras oídas al presbítero, Ella continuó con sus demandas: "y si de repente las estrellas comenzaran a moverse rápido, a juntarse unas con otras, a recorrer el cielo desordenadamente en vez de quedarse allí muy prolijas, conservando las distancias entre ellas y haciendo noche tras noche el mismo camino, ¿qué nos ocurriría entonces?". "Tonta", le contestó, "se están moviendo ahora… quizás aproximándose como buenas amigas, quizás apartándose por preferir la soledad… y no nos acontece nada malo" "Pero, si se mueven, ¿porqué no lo notamos?" "No podríamos darnos cuenta ni aunque las apuntáramos con un enorme telescopio, porque para nosotros seguirían fijas entre sí, deslizándose como tomadas de la mano… están tan distantes que no alcanzamos a percibir su desplazamiento y siempre nos parece que es el mismo cielo, cuando en realidad, esta cambiando día a día, segundo a segundo." "Pero si Dios", insistió ella, "de un manotazo decidiera apagarlas y quitar de repente todas las estrellas, entonces desaparecerían, porque para Él no hay límites, ¿verdad?" Se quedó callado. A eso no podía rebatirlo, y tal cataclismo escapaba de su comprensión. Después la niña agregó: "y si fuera cierto, tal como te han dicho, que tarda tanto tiempo en llegarnos su luz, esas estrellas que ahora mismo vemos podrían no estar allí realmente, serían como fantasmas… únicamente el recuerdo de algo que ya no existiría…" Éste fue el diálogo, vertido con palabras más simples y con una naturalidad que soy incapaz de reproducir. Él, perplejo, tardó en contestarle. Se sumió en sus pensamientos, razonando: sí, podría ser que el universo hubiera ya colapsado (esa fue la palabra que había utilizado el profesor) y que pasaran decenios, o quién sabe cuánto tiempo más antes de que lo supiésemos. Sintió un escalofrío. El final podría haber ocurrido y ellos ignorarlo. De repente su entorno carecía de solidez. Tuvo conciencia de su pequeñez, de ser solamente la fortuita unión de unas ínfimas partículas conformando un hombre, en un punto llamado tierra… que era un planeta más de una de las tantas estrellas de una vulgar galaxia de las que por millones navegan por el cosmos. Quiso darle una respuesta tranquilizadora a su hermana, aunque el mismo dudaba de que tales conclusiones no fuesen ciertas, y una angustia nueva le acongojó el pecho. Puede ser que en aquel momento haya tomado conciencia de su fragilidad, del milagro que representaba su propia existencia, el de gozar de una vida surgida en un rincón del infinito que le permitía ser y perdurar en un remanso del devenir impetuoso de la creación… maravilla que las fuerzas de la naturaleza, o de Quien la dominase, podrían quebrar en un instante. Tampoco deseaba mentirle. "Sabes", le confesó al fin, con palabras quizás leídas por azar en alguna oportunidad y que habían quedado olvidadas en un recoveco de su mente y en ese momento eran recuperadas: "cada uno está aquí, sobre el corazón de la tierra, atravesado por un rayo de sol… y, de súbito, se hará la noche". Así le dijo, y no sabía que había recitado un poema.

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