PAISAJE SIN BATALLA


Sergio Borao Llop

 

Al fondo, a la derecha, puede verse un árbol repleto de pájaros callados. Ni un trino, ni un revoloteo, nada. Sólo una multitud de pájaros de ojos inmensamente abiertos, de ojos fijos; pájaros inmóviles y silenciosos como si estuvieran dormidos. Pero no están dormidos, sólo quietos.

Ligeramente más abajo hay una fuente cuyas aguas manan o parecen manar muy lentamente, como lamiendo con incierta voluptuosidad cada piedra, cada matojo de hierba amarillenta, como acariciando sin deseo, sin precipitación, desapasionadamente, el estrecho cauce apenas pronunciado. Sobre la boca del manantial, una pequeña roca parece ir a desprenderse provocando la catástrofe, cegando para siempre el ojo que destila las frescas gotas de agua. Pero sin duda lleva siglos allí, amenazando sin esperanza el tranquilo discurrir del escueto regato sobre la tierra seca.

Más arriba, agazapado en la oscuridad de la roca, un lagarto gris acecha cualquier posible presa disimulándose contra la frialdad de la piedra. Parece alerta y sin embargo, diríase incapaz del menor gesto, como si su inquietante inmovilidad no fuese una excusa sino un fin. Sus ojos miran, sin espanto, hacia el oeste, donde el sol debería estar poniéndose, mas el sol no se ve por parte alguna; sólo el ligero resplandor rojizo que suele acompañar los atardeceres, pero con una tonalidad más pesada, más asfixiante, como un turbio presagio de tormenta. En el cielo semioscurecido, sin embargo, no se aprecia la presencia de ninguna nube que pudiera apoyar tal hipótesis. A pesar de todo, una extraña claridad domina el paisaje.

A juzgar por el silbante sonido que llena el valle adormilado, está soplando el viento. Pero ni una brizna de hierba se mueve, ni una hoja del árbol se agita, no hay un solo grano de arena volando por los aires. Nada.

La llanura, que en un punto indeterminado aparece cortada sugiriendo un barranco, rezuma quietud, como si el tiempo no existiese todavía. Salvo por las dos figuras que a lo lejos caminan acercándose y en cuyos labios puede apreciarse algún movimiento. Probablemente charlan.

Tal vez el viento ha cesado; acaso no existió jamás. Lo cierto es que a pesar de la distancia pueden oírse las voces. Vienen resonando por el centro de la llanura, desde el lugar que ahora ocupan las dos sombras que se acercan. Por su aspecto, nadie hubiera sospechado que fuesen capaces de hablar de esa extraña manera, en ese curioso tono quebradizo y glacial. Es tan profundo el silencio, que las voces llegan con total nitidez y casi parece que procedan de los cuatro puntos cardinales, tal es su intensidad.

A ambos lados de un camino indefinible, presentido apenas, las piedras reverberan carentes de brillo y se diría que su indiferencia es sólo aparente, que en realidad esa quietud no se debe sino al tremendo esfuerzo realizado para absorber el estricto sentido de esas voces que se van acercando con lentitud, tan despacio como fluye la exigua corriente que, después de resbalar por la roca hasta el suelo, rodea el árbol y va a perderse serpenteando en la distancia, más allá del lugar en que se hallan los caminantes, allende el final de la llanura, como si en un punto el agua quedase suspendida entre dos planos superpuestos e irreconciliables.

En la lejanía se divisa un puntito en el cielo descolorido y lánguido. Tal vez sea un ave sobrevolando el lugar del que acaso vengan los dos hombres que ya están cerca, un lugar que posiblemente ya no exista o que tal vez nunca haya existido sino en su imaginación. Quizá no sea un ave. También podría tratarse de un sol lejanísimo y negro, destinado a negar la luz a quienes tengan necesidad de ella de igual modo que a los otros, aquellos que renegaron de la claridad e hicieron de las tinieblas su morada, su mundo, su religión. Acaso no sea más que la sombra de un dios desconocido e inseguro, proyectada por él en esa lejana dimensión, pretendiendo así carecer de ella, tratando de ignorarla para no sentirla esclavizándole.

Al pasar los dos hombres junto al árbol, los pájaros deberían estremecerse y estallar en una violenta y ensordecedora algarabía, deberían echarse a volar y llenar el cielo de trinos espantados y de alas negras. Pero no lo hacen. Permanecen quietos, mudos, indiferentes, negando con su impasibilidad las voces y la presencia de los dos hombres que caminan cansinamente. Alguno, quizás, ha girado con desgana la cabeza en un intento superfluo de seguir la marcha acompasada e irremediable de los dos hombres que conversan.

Cuando hayan terminado de pasar (si es que alguna vez llega ese momento, si ese momento es en verdad posible) las piedras seguirán calladas y expectantes. La fuente, el árbol, los pájaros y hasta la misma hierba seca y amarillenta y baldía, permanecerán en sus puestos como leales soldados en espera de una escaramuza que nunca ha de llegar. Seguirá el lagarto derramando su mirada sobre ese sol que jamás acabará de ponerse, ese sol que no ha de volver a levantarse de la tierra. Quedará el cielo, plomizo e insoportablemente denso, como único testigo de una conversación absurda, de un nuevo diálogo suicida entre dos hombres que, aunque ellos lo ignoren, nunca aprendieron a hablar el mismo idioma, nunca comprendieron la lengua del otro. El mismo resplandor agónico iluminará con escasez la escena donde nada va a ocurrir, donde, con toda seguridad, nada ocurrió jamás.

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