LOS MORADORES DEL REFLEJO

Emilio Martínez

I

¡Crear uno, dos, tres Wonderlands!- exclamaba al borde de la epilepsia el sombrerero loco. 
La oruga asentía, sosteniendo su boquilla con un elegante gesto de condesa polaca en el exilio. En torno a la mesa donde bebíamos el rigurososo five o´clock tea, se extendía la nada. 
Una llanura de blanca, plana e inasible nada.
-¡Dadme un punto de apoyo y crearé un mundo!- vociferaba el sombrerero. A escasos metros de la mesa (empresa difícil, si no imposible, el cálculo de las distancias en medio de aquella blanca, plana e inasible nada) comenzó a dibujarse la medialuna de una sonrisa. Al instante, dos ojos fulguraron sobre ella. Les siguieron un par de pequeñas y puntiagudas orejas, bigotes como antenas, patas, lomo y cola. Era el gato de Cheshire, que llegaba a la ineludible reunión de las cinco. El gato saludó con un guiño y comenzó un larguísimo discurso sobre la pluralidad de las dimensiones habitadas, que soporté con estoicismo.

II

-¿Y usted qué opina, Don Conejo?- inquirió el sombrerero, erguido en la cabecera de la mesa. 
A esa hora los comensales (reina de corazones, escurridizo gato, sombrerero loco, oruga alucinada) discutían sobre el sitio de Kartum, la navaja de Occam, las siempre inciertas finanzas internacionales. Yo me distraía dándole interminables vueltas a un cubo Rubik, ocupación superior que no pensaba abandonar para debatir sobre esas trivialidades. 
-Y de los neoexpresionistas alemanes, ¿qué me dice?- insistió la oruga, apartando un momento de su boca la larga boquilla de carey. Fiel a mi silencio, continué ensimismado en aquel pequeño laberinto, curioso y manual. Ese empecinamiento reclamó la atención de los tertulios, que progresivamente, de uno en uno, fueron acercándose para observar la danza ortogonal de los colores.
-Sólo un algebrista eslavo podría comprender de qué se trata- dijo la reina de corazones, aparentando erudición.
-Un cuadro rojo es "sí". Dos cuadros quieren decir "no"- especuló el sombrerero.
-Eso suena más a espiritismo que a matemáticas- discutió el gato de Cheshire. 
La oruga, inquisitiva, postuló la siguiente paradoja:
-¿Hay un número limitado de posibles combinaciones de cuadros, o este cubo, allí donde lo vemos, contiene en cierta forma al infinito?
El debate fue in crescendo, hasta alcanzar las proporciones de una trifulca de taberna.

III

Al principio fue tan difícil divisarla… 
Era sólo un blanco que se desprendía del blanco, una móvil porción de la pureza. Quizás fueron los bucles dorados lo primero en llamar nuestra atención. Anteriormente, nos habíamos extasiado durante largo tiempo en la contemplación de la luz, en la dorada magia de la refracción solar; pero esos rayos no daban vuelta sobre sí mismos, ensortijándose y volviendo a caer como lo hacían aquellas hebras misteriosas. A medida que se acercaba nuestra conmoción fue en aumento, y a cierta distancia prudente convinimos en que aquello no era oruga, ni gato ni conejo (ni mucho menos sombrerero o reina de corazones). Llegó a nosotros como flotando en su música de formas, casi transparente, sin entender exactamente qué estaba haciendo allí. Nos perturbó de tal manera que no pudimos evitar importunarla con preguntas de toda índole:
-¿Vienes de lejos?
-¿Existe algo llamado "lejos"?
-¿Algo existe en realidad?
Por única respuesta, ella entreabrió los labios para susurrar su nombre como entre sueños: Alicia…

IV

-Al centro del grupo, Alicia- dijo el sombrerero, que en la ocasión fungía de fotógrafo. 
Alrededor de Alicia nos apostamos los restantes habitantes de Wonderland: la reina de corazones -sospechosamente sonriente-, la oruga opiómana, el intermitente gato de Cheshire (que alternaba su figura completa con el arco de su sonrisa) y, algo más atrás, un servidor.
-Digan "Moscú"- indicó afable nuestro cazador de instantáneas.
Y dijo la reina: "doble o nada".
Y la oruga: "Eisenstein en Hollywood".
Y yo: "que se rinda tu abuela".
Y el gato, que simplemente sonreía.

V

Charles L. Dodgson despertó de su larga siesta y dudó -como el legendario Chuang Tzu- si era un hombre que se recordaba o un conejo que entonces soñaba. Por si acaso se palpó la cabeza, temiendo encontrar los largos apéndices blancos. Estaba bajo la sombra fresca de un árbol, a escasos metros de la ribera del río donde, en una barca, las hijas del reverendo Liddell entonaban una rima deliciosa. En uno de sus bolsillos encontró, junto al reloj de cadena, una fotografía que lo mostraba posando en una llanura, solo. A un costado (arriba, a la derecha) una medialuna brillante completaba la escena. 

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