LA CAJA

Graciela Bucci   

Rara vez suena el teléfono en casa. O el timbre de la calle. O cualquier cosa del lado de la vida.

Hace unos días nos sorprendieron los llamados.

Dos cortos y espaciados salieron de la mesa baja que domina mamá desde la silla. Uno largo, imprudente y macizo, desde la vereda.

Primero fue el teléfono. Atendió mamá, como siempre; era Juan, quería hablar conmigo.

Desde el otro lado apenas se hilvanaban monosílabos- en el trabajo no le permitían hacer llamadas- me decía, en ese lenguaje fraccionado, que recibiera una caja, que la traería al mediodía un ami. Y ahí cortó. O le cortaron.

Conociendo al jefe: le cortaron.

Mientras preparaba el almuerzo, mamá, como siempre, se había apostado a mi lado con la silla de ruedas. Yo soportaba el hartazgo secamente y en silencio.

Nada estaba bien: ni la sal, ni la cocción, ni los cortes, ni.

Nunca nada bien. Siempre salía una   queja, lista para golpear.

Por eso, el timbre largo imprudente y macizo; fue un alivio.

La dejé en la cocina y abrí la puerta; un hombre con ropa de obrero traía la caja de parte de Juan. Era grande, incómoda para moverla, un fastidio para encontrarle lugar en esta casa de sólo dos ambientes chicos. Pero liviana. Por suerte.

Lo ayudé a colocarla en un rincón del living, justo en un hueco, bajo la biblioteca.

Mientras despedía al hombre, oía el chirrido de las ruedas acercándose, detrás de mí, esperando el momento, preparando el interrogatorio.

Un interrogatorio sin tregua.

La caja para mamá, fue, desde que llegó, el único tema.

Recayeron culpas sobre Juan, frases como: “no consultó se olvida que la casa todavía es mía meter en casa a un desconocido qué clase de amigos así le va qué va a progresar pero a mí basta de.”

  No. Basta para mí de escucharla; a pesar del oído nunca bien entrenado para la sordera.

Recayeron también culpas sobre mí, ráfagas de acusaciones.

Siempre ráfagas cargadas de culpas  filosas y ásperas.

Era alternante. Culpas a Juan. Culpas mías. Así. Siempre. Como un rompecabezas con piezas para encastrar, en un lugar fijo.

Eso éramos para mamá; bolsones de culpas. Repetidas; pero también imperdonables, y obvias e increíblemente estúpidas. Como nosotros, sus hijos; por quienes más de una vez maldijo la suerte mirando hacia arriba, hacia un techo que sólo tenía manchas de humedad.

La caja a pesar de ella, quedó donde estaba. Bajo la biblioteca.

Por lo menos allí estaría hasta le llegada de Juan. “Después se verá”, dijo mamá dejando sentado que aún no estaba dicha la última palabra sobre el tema.

Cuando volvió mi hermano, esa noche, tironeado por el viejo portafolios, con el sobretodo gris a medio sacar, el mechón canoso, los ojos turbios, y el aire de agobio que no lo abandonaba, el chirrido llego rápido, sin demoras, hasta la puerta: lo recibió el beso repetido y corto, y de inmediato comenzó a indagar, sin interferencias, y le dejó en claro “por si tu hermana no me entendió”, que la caja no se iba a quedar ahí.

“Está bien, mamá. Ya la vamos a sacar, no te preocupes”.

Pocas palabras las de Juan. Suficientes. Pero no para ella.

No era lo que quería oir. Siguieron los reproches.

La silla iba de un lugar a otro detrás de Juan, con velocidad sorprendente lo seguía por los ambientes de la casa. Parecía una persecución. En cierta forma, lo era.

Esa noche, comimos los tres en medio de un silencio pegajoso.

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Ayer sábado pasamos una tarde perfecta. Hacía mucho que no hablábamos tanto con Juan. Le preparé la torta de limón , su preferida; mientras tomábamos el té  me contó cosas de la oficina, de los compañeros, hasta se le escapó la palabra vacaciones; hacía rato que no se escuchaba hablar de vacaciones en casa.

También me dijo que no olvidara donar la silla al Geriátrico de la otra cuadra y creo, con tanta charla seguro hubieron cosas que se me pasaron, que me comentó, con esa sonrisa cortada que le queda tan bien, que los obreros que estaban poniendo cemento al  pozo ciego, le agradecieron la caja que les dio para tirar en la gran boca: “menos laburo de relleno, viejo”; algo así le dijeron.

Pero les costó cargarla.

           Por lo pesada.


Graciela Bucci

  

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