EL IMPOSTOR

Mónica Maud

 

Salvador Bonaparte se endilgó la muerte de Napoleón. 
Se postraron sus hijos ante él, en señal de bienvenida y el gozo de las nuevas generaciones empalideció el pecado.
- Sabrán que yo - Declaró el emperador - los he despertado de la insensatez de mi amado hermano - E hizo silencio al persignarse - y sabrán, también, que he puesto luz allí donde su prolongada ceguera enmarañaba los instintos.
Salvador calló mientras observaba a la multitud; que vitoreaba. Alzando la mano del espíritu, continuó solemnemente. 
- La ambición, hermanos, ha puesto a prueba a los hombres de nuestra Francia. Mas, la libertad ha extraviado los rumbos y nos ha condenado a las voraces llamas. Procuremos hoy alcanzar la liberación sin que la codicia desvíe nuevamente nuestras sendas...- La muchedumbre volvió a rugir con la ferocidad del animal sin amarras.
Sólo Caín, el caballero de la guarda de Napoleón, permaneció alejado; en silencio, carente de sorpresas, impávido.
Advertido el emperador, ordenó a dos de sus leales que lo escoltaran hacia el salón de los bisbiseos.
- ¿Qué designios insanos del oráculo dormido han encendido tus escarnios, Caín? - Interrogó con simulada apatía - ¿Acaso no vislumbras la magnificencia de Francia por mi manto acogida? - Y sin permitir que el caballero replicara - Mi hermano, según yo lo percibo, engendró la deformidad de una fe siempre renegada. Y no fue este error la peor calamidad para nuestro pueblo, sino el engaño. Azuzó a los ejércitos para el combate en el nombre de Dios. - Altivo, enmudeció. 
- Pero, majestad... ¿no fue Napoleón quien esparció la fe católica hacia todas las moradas del imperio?.
- A dos caras: con lágrimas y falsedad en sus palabras bajo el sol; a carcajadas y burlas en sus soledades, bajo las penumbras.
- Entonces... el Santísimo Papa.
- ¡Ruin concierto! Napoleón se desmoronó ante la ventura del poder, fue débil y soez, con la venia, no con la bendición, del Papa. - Adelantándose, siguió- ¿Me preguntarás por qué? También el Papa ansía ampliar su poderío sobre la tierra; y ésa fue exactamente la oferta. 
- ¿Es por ello que no coronó a Napoleón? 
- Cierto es. Napoleón se colocó a sí mismo la corona, y a su mujer, haciéndola emperatriz de un imperio no nato. Así, y en ese momento, derrochó la voluntad de su espíritu y el deseo lo perturbó. 
- Pero, el Papa estuvo en la ceremonia, ¿o también fue una mentira?
- Es verdad, Él, el representante de la santidad de la iglesia, defensor de la doctrina de la transparencia y del amor, observó desde su pedestal, la osadía de semejante omnipotencia. 
- ¿Por qué usted no actuó entonces?
- Yo no fui nadie hasta hoy; ni siquiera un convidado al rito. Por vergüenza, tal vez; por temor a que nuestros ojos se cruzasen. El caso es que estuve ausente. Al igual que mi madre.
- ¿Vergüenza?. No comprendo, y no es esto lo que relata el mural que cubre el muro de Notre Dame, donde, sonriente, se ve claramente su figura, la suya, emperador; donde el rostro de su madre se distingue de los demás. 
- La voluntad de Napoleón, Caín, la de revelar una historia, sin advertir que testigos hay de su falsa dignidad.
- Disculpe, majestad - Realizando las señas de estilo - ¿Qué lo diferencia a usted de él, hoy que ha ocupado su lugar y más...?
- ¿Estás, pobre Caín, dispuesto a escuchar aunque ello implique la gabela que dirigirá tu porvenir?
- Sí, emperador.

Salvador confesó, entonces, la debilidad carnal de su madre. De ella, era la estampa, Napoleón, su primogénito. Dijo también del tiempo que soportó relegado a las filas de rasos soldados, lamentó la indolencia de su padre que permitió que el bastardo se dejara conducir por la sola ambición. Relató las contiendas familiares en demanda de títulos aristocráticos; cómo las mujeres, repentinamente amaban con locura a sus esposos y juraban eterna lealtad; cómo los jóvenes se conglomeraban alrededor del pariente a quien con anterioridad hubieron denostado. 
Salvador se vació de odios y rencores escondidos bajo la sangre de cada batalla. En la mirada triste de cada soldado muerto, en las palabras angustiosas de cada despedida. Caín oía atentamente, mientras, inquietas sus manos, manoseaba lo que hallaba en la gran mesa imperial. 
- Ahora, Caín, tuya es la misión que acabo de emprender - Expresó el hombre, ya agotado de hablar, de recordar, de resistir. 
- ¿Su excelencia?
- Basta ya de tratamientos protocolares. Serás el portador de lo que acabo de descubrirte en abundancia, mas no deberás morir en tu silencio. Ya sabrás en que momento has de gritar, hacia todos los horizontes, la verdad. - Se levantó y lo señaló con el índice - Escribe, Caín, la historia.
El caballero escuchó la orden de tañer las doce campanadas. Salvador se quitó la chaqueta, botón a botón; la sandalia, los adagios de emperador. Calzó su traje de soldado, pidió que le prepararan el zaino y antes de salir del cuarto, ante la mirada escudriñadora de Caín, afirmó: 
- Francia ya es libre; el resto, fruto de sus conciencias.
Se despidió; con la frente alta, y una amplia sonrisa en los labios. Se topó con la servidumbre, que lo vio pasar raudamente. Se rumoreó, se predijo, se presumió, no comprendieron, sin embargo.
Salvador saludó con cordialidad, sin emitir palabra alguna. Recibió lo que un emperador, nada más. Nadie pudo conocer jamás la angustia de su desterrado corazón. Ni siquiera, Caín.

  

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