EL VIENTO

María Molina

 

Inesperadamente acosa el viento la casa, donde humildemente habito; llega, lucha, con forcejeo inútil, alejándose, aullando como perro apaleado y malherido; llevándose con él jirones de mi alma enternecida.

Otoño entró por puertas y ventanas, se hospedó como si fuera su morada. El viento vuelve de nuevo, esta vez con más fuerza, rezumando ira, aullando como un lobo herido y hambriento, traicionero, haciendo restallar goznes y bisagras, maderas del viejo caserón, torturando cerraduras de puertas.   No conoce el desfallecimiento y entra feroz barriendo, con tenza ceguera, mis más queridos y valiosos recuerdos, amordazando, incluso este amado silencio que yo tanto venero.

¡Oh! viento cruel, viento enloquecido, que has expoliado con crueldad, brutalmente, además de mi viejo caserón, erosionando a tu paso todo lo que encontrabas, el árbol grande que tanto me cobijaba y su sombra me refrescaba; has machacado, espolvoreado y arrastrado mis flores, tan cuidadas y admiradas; caminos y sendas, y el recuerdo de las alas vespertinas de un paisaje luminoso.

  

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