NOCTURNO LACUSTRE

Norberto Volante

                                                       A Adrián 

UNO
A pesar de su vejez y del peso que lleva encima, la motocicleta viborea ágilmente por el camino de cornisa del perilago de Cabra Corral. La tarde ya cayendo y llevan prisa, que no sea cosa que se ponga oscuro y tengan que que andar eligiendo el lugar de la pesca a tientas. Hay que sacar ramas, correr piedras, preparar el fogón y además enganchar algunas mojarras para carnada, las más que puedan, porque la noche está especial, como dijo el Fabián, que no hay luna.

Entre el camino de cornisa y las orillas del lago se les interpone un pedregal que baja en escarpada pendiente, lleno de churquis, y al que apenas pueden acceder con la moto que al final termina apoyada en un árbol, y comienzan el descenso a los tropezones, cargados como están. El más joven reniega con las cañas de pescar que se le ensartan en las ramas y las bolsas que lleva colgando que se le enganchan con las espinas. El Fabián no suelta, aunque para descender se apoya delicadamente en ella, la damajuana de vino blanco. En la otra mano, y a manera de escudo contra el ramerío, la parrilla para el asado.

-Acá esta bueno, vení, acá es bien hondo. -Dice el Fabián.
-Ché, no hay mucha piedra aquí...?
-Y...piedra hay. Pero es bien hondo y no hay ramas que te enganchen la línea.
-Tás seguro...?
-Yo ya estuve.
Silenciosamente, cada cual por su lado, se ocupan en preparar el campamento y al rato arde el fuego y empezan a estremecerse en la punta del hilo los mojarrones, que van a parar a un tarro con agua para mantenerlos vivos.
-Tá linda la noche,¿no...? Parece que se va a quedar quieta, sin viento y caliente.
-Te dije que estaba especial pal dentudo... servime un vino. -dice el mayor.
-¿No es temprano pa chupar...?
-Pá chupar nunca es temprano ni tarde. Y yo pongo la carne pá que se haga despacio, que estoy uvita por tirar el gancho.

Cuando la parrilla empieza a humear, la noche está en pleno, y los encuentra alumbrados por el resplandor de un farolito de kerosén que está a sus espaldas, acurrucados en la orilla con la vista clavada en las boyas que bailotean al compás del suave oleaje en la tarea de tentar la voracidad de la tararira con la mojarra que cuelga del filoso anzuelo.
Los rodea la masa oscura de los cerros cercanos, y sobre el silencio del nocturno paisaje, un abrumador coro en contracanto de los sapos de la noche.

-¿Cuánto hace que no salíamos, no...? -dice el más joven.
-Ahá. -contesta a media voz el Fabián.
-Andás medio borrao, Fabián. En el pueblo siempre me preguntan por vos. Hace como un año que te borraste.
-Tengo mucho laburo. Ando cansao.
-Ni en los bailes se te ve. Y vos no te perdías uno ni por casualidá.
-Tengo el taller hasta el techo con fierros atrasados, y no es que no tenga ganas, ¿sabés...?
-Ché...Fabián...decime...a la Beti ¿no la ves...? -la pregunta sale suavemente, el otro hace una pausa antes de contestar.
-No. Hace mucho que no la veo. Dicen que se fué a Buenos Aires.
-Dicen...pero ni la familia sabe adónde está.
-Mirá chango, yo no ando preguntando, así que no sé. ¡Fijáte en tu caña que te la están toquetiando...!

Fabián pega el grito, y el otro salta levantando la caña con violencia, la que se arquea como si la punta del hilo estuviese clavada en el agua. Insiste en su esfuerzo y aparece, zapateando salvajemente en la superficie del agua, el preciado dentudo. Lo tienen que sacar entre los dos. Fabián lo ayuda, agarrando el bicho fuertemente, pero se le escurre entre las manos: -¡Pasáme el trapo...! -le pide, y ahora sí, finalmente puede dominar a la pequeña bestia, que mete dentelladas para zafarse del anzuelo hasta que consiguen ensartarlo con un alambre a través de la agalla, y lo cuelgan de una rama.

-No charletiés tanto, y estáte atento, que hemos venío a pescar. -Sentenció Fabián.

Durante la comida, -carne, pan y unos choclos hervidos que llevó el más joven-, los interrumpió un par de veces el vibrar de las cañas y tuvieron que corretear hasta la orilla, tropezando con las piedras y a las risotadas, para conseguir sacar un par de dentudos más que fueron a la sarta.

-Tá linda la pesca, ¿no...? murmura el joven acomodando el acuyico, una vez que terminada la comida, y damajuana de por medio, se instalan nuevamente en la orilla. Fabián está callado. De vez en cuando, estira la mano hacia el jarro, mete un trago y enciende un nuevo cigarrillo. El coro de sapos ha cesado y el silencio se hace sentir, sólo interrumpido a veces por el ruido de algún vehículo allá arriba en el camino, que preanuncia su llegada cuando sus luces relumbran fantasmagóricamente en las paredes de los cerros.

-Aflojó el pique Fabián, taba más lindo hace un rato.
-Así es chango, como la vida, todo afloja a veces, a veces parece que todo era más lindo antes.
-Cómo cuando estaba la Beti en el pueblo, y vos no te perdías un baile...
-Una mujer más, una mujer menos...o un baile más o menos, ya no te hacen mella. -contesta Fabián con la lengua pesada.
-Pero fijate que te presumía a vos, y te hacía renegar, y bien que se divertía con la changada...
-¿Qué sabís vos? ¿eh...,qué sabís...? -le replica Fabián con furia. Hace una pausa, y cambiando el tono, casi susurrando le pregunta -¿Qué sabís chango vos...?...contáme que sabís... -y de un trago vacía el jarro.
-No te enojés viejo. Ni te ofiendás. A ella se la tiraban todos. ¿O vos no lo sabías? -Fabián se da vuelta, lo mira a los ojos y le dice despacio:
-Yo no sabía nada. Hasta que me enteré. Pero ahora no me interesa. Y dejáte de hablar zonceras.
La noche languidece y una leve llovizna comienza a caer. Por un largo rato, tapados hasta la cabeza con unas lonetas, ninguno de los dos se mueve, salvo para voltear la damajuana de vez en cuando. A lo lejos, el graznido de los chumucos anuncia la alborada.
-Chango...
-Qué...
-Vámos.

El más joven rezonga entre dientes y trata a duras penas de incorporarse. Fabián, a duras penas está parado. Camina unos pasos y tambaleante se dirige a la orilla, llega hasta el borde del agua y empieza a reír, al principio suavemente y luego en un crescendo que retumba y hace eco en los cerros. El más joven lo mira sin entender.

-¿Así que vos querías saber de la Beti, no...? ¿Y a vos que te importa si vos te diste el gusto...? -Y pasa de la risa a un tono furioso. -Y a vos, y a todos esos, ¿qué les importa? ¿Qué, que se habían créido que yo era opa...? -Se le corta la voz, tambalea y casi sollozando le pregunta:
-Vos te habías créido que yo era opa? Apenas puede hablar, las palabras se le adhieren a los labios.
-Fabián, no te calentés hermano, no te calentés, total ya se fué...- le dice el joven para tranquilizarlo.
-Claro que se fué. Eso sí que lo sé bien.
-¿Adónde...?
-¿Vos querís,...vos querís saber adónde está? -masculla el Fabián. Y repite: ¿Querís...?

Se agacha y toma una piedra del suelo. Manda su brazo hacia atrás con un impulso que casi lo hace caer. El joven se tapa la cara en un gesto instintivo y ve que la piedra sale despedida con una fuerza brutal, hace un arco en el aire y cae en el agua justo en el centro de la pequeña bahía, a varios metros de la orilla. Y comenzando de nuevo a reir furiosamente entre hipos, antes de caer desplomado al suelo, el Fabián le alcanza a decir:
-Ahí. Ahí está. Ahicito mismo.   Bien en el fondo.   Y si no me creís, preguntále a los dentudos.

DOS
-Mire señor juez, ya que se ha venío hasta aquí a preguntarme cosas después de tanto tiempo, le vuá decí la verdá. Usté a la Beti no la conoció. Ni s'imagina como era. Yo era grande, y ella una chinita de apena diesisei año, que venía al tayer y juguetiaba conmigo, no me dejaba laburá, me volvía loco. Y cuando yo le preguntaba ¿querís? a veces me decía que no, y se reía y se iba, y otras veces se quedaba seria y miraba para otro lao y que sí. Y si me decía eso, yo me la yebaba al dique, atardeciendo, y retozabamos la noche entera. Yo l'amaba a la Beti, vea. Y andaba solo, pero no me le animaba pal casorio, ella le presumía a todos los changos del pueblo este de Coronel Moldes. Era bien juguetona y ututa. Hasta que m'enteré que se la voltiaban todos, porque me lo contaron, de si no, no me enteraba.

Y una tarde que me dijo que sí, cargué en la rastrojera un diferencial de chevrolé viejo que estaba tirao en el fondo del tayer, unas cadenas, y me la yevé al lugar de siempre, acá cerca ¿vió?, y a la oriya del agua me la voltié. Cuando se levantó, le metí un ancazo en el medio e'la frente, quedó tiradita ái mesmo. Le até con las cadenas el diferencial en las patas, bien atadas, -era chuncuda la negrita-, y ayí en la barranca, ques bien hondo, empujé el fierro justo hasta la oriyita del agua, y me puse a coquiar y a pitar. Estuve un rato esperando, hasta que reaccionó, y al verse maniada así, empezó a dar de alaridos y le dije cayate carajo, me miró con esa mirada furiosa que tenía, le dije adiós Beti, y le metí una patada al diferencial.

Usté podrá si quiere mandarme a la carcel, yo ya estoy viejo, ya no me importa nada. Pero no creo que pueda, porque l'único que sabe de aquel lugar es el chango que me acompañó aqueya última vez que salí a pescar, y el se jué pa la capital hace mucho a buscar laburo, -que aquí no hay-, y quién sabe por dónde andará. Y le digo más: yo lo conozco desde que era asinita, d'esta altura: siempre tuvo mala memoria.


Glosario:
Cabra Corral: Gran Lago cercano a la ciudad de Salta.
Mojarra: Pequeño pez, de carne blanca, abundante en las lagunas.
Dentudo: Pez también llamado Tararira.
Uvita: Deseoso.
Choclo: Mazorca de maíz recién cosechada.
Acuyico: La pasta que se forma en la boca al masticar hojas de Coca.
Chumuco: Ave palmípeda de la región, que se alimenta de pescado.
Ututo: Pequeña lagartija muy movediza e inquieta.
Chango: Muchacho
Chevrolé: Automóvil marca Chevrolet.
Chuncuda: De piernas gruesas.
Ancazo: Cabezazo
Laburo: Trabajo
Asinita: Así

Norberto Volante, Argentino, (1935-), nacido en pleno corazón de Buenos Aires, en el barrio de San Telmo; en 1960 con su flamante título de médico bajo el brazo, se afincó en la capital de Salta para siempre. A "Su lejano Buenos Aires" no quiere volver, ya que sólo le quedan recuerdos de viejos fantasmas, dice. 
Aficcionado a la literatura, al tango de siempre, y al jazz de antes. Comenzó a publicar sus primeros cuentos en 1970 en diversos medios periodísticos provinciales y nacionales. 
Fue Moderador en varias páginas Web en Cuentos Americanos. Obtuvo en 1973 y en 1974 premios de la Dirección de Cultura en ese género; en 1995 editó su único libro "Recuerdo de Tahiti". Ya está retirado de su profesión, ahora es escritor, artesano y pescador...

 

  

 

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