DOMINGO DE RAMOS


Francisco Henriquez

 

Como todos los años, llegaba la cuaresma, algo que no era nuevo ni extraordinario para Ladislao, quien no era muy creyente ni tampoco muy ateo. Sin embargo Ladis, como lo llamaban sus amigos, se levantó bien temprano ese domingo de ramos de abril, con la única intención de ir a la iglesia para dedicarle esa visita a la memoria de su querida y recordada madre que, hacia poco había fallecido, la cual era mas católica que Ladis.
Cerró todas las ventanas y llamó a su gata para que se quedara dentro de la casa mientras él iba a la iglesia a rendirle recuerdo sagrado a su madre. Después de cerrar la ultima puerta y acariciar una de las plantas de la entrada de la casa, se devolvió para estar seguro que había arropado el piano.
Al caminar hacia la iglesia se sentía acompañado por su querida y recordada madre, a quien muchos domingos que no eran de ramos la llevó a solearse al lago de Narcosse.
Llegó a la iglesia y, aunque no era muy fanático en lo apostólico ni en lo romano, se sintió contento, como si de verdad hubiera estado acompañado de su querida madre.
A unos dos o tres espacios se encontraba sentada una muchacha, atractiva, con faldas largas y oscuras y con parte de la cara y la cabeza cubiertas por un pañuelo, también de colores oscuros. Ladis sentía la mirada de la muchacha que durante toda la misa le quemaba la oreja derecha pero, en ningún momento se atrevió a mirarla por temor al irrespeto a la feligresía. 
Después de la ceremonia los monaguillos empezaron a repartir hojas de palmas como símbolo del domingo de ramos. Ladis fue el ultimo en llegar y en ese momento se acababan las palmas, lamentando no poder llevar uno para, quizás, simbólicamente dárselo a su madre. Un poco desalentado salió de la multitud encaminándose a la salida de la iglesia cuando, de repente la extraña mujer que lo miraba durante la misa se le acercó con un ramo de palmas y le dijo: “Toma, es para ti”. Ladis no podía comprender que estaba pasando y, cuando vio a la mujer alejarse, con un gesto de agradecimiento, la llamó antes de que se perdiera en la multitud jubilosa de incienso y agua vendita, le dijo a la extraña que muchas gracias y, “por favor, cual es su nombre?” La muchacha se alejó y antes de desaparecer le dijo: Me llamo, Alicia, Alicia. Así se llamaba la madre de Ladislao

  

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