FUELLE LUNFARDO

Leonardo Lozano

De los diversos modos de producir sonidos, quizás el más humano sea aquel que corresponde a la familia de los “aerófonos”, es decir, aquellos instrumentos cuya naturaleza sonora proviene del aire, o bien, aquellos instrumentos musicales caracterizados por obtener sus sonidos a partir de este fundamental elemento de la creación, valiéndose de diversos principios, lo cual hace de su grupo una familia tímbricamente rica y diversa. Los humanos tenemos un aparato fonador cuya materia prima es el aire. Diafragma, pulmones, cuerdas vocales y cavidad bucal, son algunos de los elementos que permiten al hombre emitir los sonidos que le sirven de base a su comunicación cotidiana, y el elemento protagonista de este proceso es el aire. Desde el primer hálito que inhalamos para llorar al momento de nacer, los humanos nos expresamos valiéndonos de él. De allí la afirmación que hiciéramos en un principio.

América, tenía conciencia organológica en este sentido. Aún antes de la llegada de los españoles, para los habitantes de este lado del mundo, el uso de aerófonos era familiar.

Flautas, zampoñas, guaruras y carrizos, fueron utilizados por nuestros indígenas, acompañados por otros grupos instrumentales, como los idiófonos, en los que la materia en vibración está constituida por el propio cuerpo del instrumento (como la maraca, por ejemplo), y los membranófonos (tambores, furrucos, etc.) en los cuales la materia sonora es una membrana de cuero u otro material. Tan sólo un grupo instrumental era desconocido en el continente americano, los cordófonos, es decir, los instrumentos de cuerda, los cuales fueron un aporte europeo.


Bandoneón, acuarela 35 x 25 cm, autora:  Isabel Civit
La acuarela que hoy domina nuestra atención, de la artista Isabel Civit, representa a un músico tocando, sentado, su bandoneón. Este aerófono de lengüetas y fuelles, ha acompañado a la música de Argentina, el país natal de la pintora, así como de Uruguay, en una buena parte de su historia musical. El mágico pulmón de su fuelle, montado en el regazo, cantando con el corazón encima, vio surgir los encantos joviales, galantes o dolientes, de estos países, que aportaron al mundo una manera de expresar su sentir, así como los singulares bailes, sensuales, vehementes y expresivos que le han dado la vuelta al planeta con su encanto, como el tango y la milonga. 

Al hacer sus representaciones, Isabel Civit, no parece valerse de modelos, sino de recuerdos. Lo que admiramos frente a nuestros ojos, son recuerdos cristalizados que el agua inquieta develó en el soporte. Parece un noviazgo entre el viento, que trata de decirnos algo desde el instrumento, y el agua, que corre en el papel, dejando sus estelas coloridas que narran, que susurran, que describen.

Los recuerdos no tienen la definición de las imágenes presentes, de allí, tal vez, que Isabel Civit nos presente sus imágenes como sacadas de un sueño, como extraídas de los rincones ignotos de su pasado y de su mente, un tiempo en donde se acrisolan las ondas pretéritas de su patria con las de su propia vida, y su obra nos pone en contacto con la Isabel más etérea.

Ella, situada en este plano casi onírico de las imágenes suyas, tiene la virtud de poder pintar cosas que a la realidad no le son dadas, como los sonidos. Un fuelle que se hincha parece anunciar una lluvia de colores que se traduce en sonidos. Esa cromaticidad proclama por analogía lo que será el timbre de un bandoneón; sensitivo, cálido, íntimo, evocador y ligero, como lo es el mismo viento de donde nacen sus notas, en el juego de neuma y lengüeta, trazando senderos invisibles en el aire. Una vez decíamos de sus cuadros, que lo que importa en ellos no es lo que Isabel dice, sino el énfasis que hace en no decirlo todo, pero dándolo a entender. La suya, es una factura que se complementa con nuestro propio mundo referencial, de modo que esas imágenes terminan de armarse, de organizarse, dentro de uno mismo, dentro del bandoneón que resuena interiormente. Y esa historia compartida, y esa lucha de nuestros países por no dejar de decir lo que hemos sido y venimos siendo, por no perder el legado de un pasado maravilloso e irrepetible, es lo que nos sensibiliza y lleva a escribir una esquela, un poema, o un gesto.

Y así como cesan los sonidos pero se quedan vibrando entre nosotros, así sus colores permanecen en el alma nuestra: Presentes, añorantes, apasionados, soñados y sentidos. 

Para Isabel estas líneas sinceras y mi gratitud, pues mucho de lo que amo como músico, late y mana por el pulso suyo.

     

 

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