LOS CELOS

Zoraida Armengol

- ¿Cómo estás Alicia, cómo te va? - le dice una amiga que evidentemente hace ya algún tiempo que no se la encuentra.
- Pues muy bien, enamorada. - le dice mientras se termina de tomar el café que le habían servido. No hay nada mejor que sentirse así.
- Se te ve muy bien, me alegro. ¿Y él, que tal se porta? - le pregunta mientras se sienta en frente de la otra, ligeramente interesada.
- Bueno en realidad no puede vivir sin mí. Me cela todo el tiempo.
- ¡Mira qué dicha!
- Disculpa que no pueda quedarme mucho contigo, pero quedamos en vernos y no quiero hacerlo esperar. - le dice mientras paga y recoge su cartera.
- No disculpa tú, como hacía tanto que no se te veía, pensé que podíamos compartir un rato.
- Sí claro, pero en otro momento. Chaíto. Cuídate. - se despedía como si la estuvieran persiguiendo.
- Hasta la próxima, que sigas tan feliz. Al menos llámame, no te pierdas.

Alicia ya había encendido su carro y la despedía con la mano. Es cierto que su amiga ya casi no compartía con ella, ni con las otras, pero si al menos se sentía bien, se quedaba más tranquila.

Alicia creía que era feliz, porque en el fondo se sentía muy bien cuando era tan buscada y necesitada por su novio. Para ella el amor se medía por la dimensión de los celos. No fueron pocas las veces que intencionalmente provocara los celos de su novio, para hacerlo rabiar y sentir que era importante para él; era una demostración de amor, que la hacía sentir única, indispensable. Esta etapa no duró mucho, la balanza se empezó a inclinar y
sufriría en exceso por unos pocos ratos "felices". Le acapararía todo su tiempo. Tendría que preferirlo a sus amigos, pasatiempos e inclusive a su familia.

Sospechaba de ella todo el tiempo y lejos de realzarla, la denigraba desconfiando hasta de lo inimaginable. Se llegó a sentir dentro de una telaraña sin salida, la misma que de alguna manera ella había ayudado a tejer, alimentando su actitud y justificándola.

Todos los seres humanos buscan ser amados, sentir que su sola presencia hace feliz a alguien que los prefiere, valora y admira. Es algo bello que se desarrolla entre dos que mientras se conocen, descubren que gustan de la otra parte, y la emoción sentida no se produce con el resto de los demás conocidos. Sin embargo, los celos, son un desbalance, uno de los extremos. No quiere el que más cela, sino el que más respeta. Y hablando de ello es requerido no olvidarse que nadie nos pertenece más completamente, de lo que se pertenece a sí mismo. Las personas se unen para amarse, compartir gustos, inquietudes, metas, y con ello la vida que crean entre los dos. Pero nunca para atarse o esclavizarse hasta el punto de no poder respirar sin el permiso del otro. El amor necesita de la libertad para desarrollarse, una libertad que uno decide compartir con quien ama, mas no al precio de prescindir en absoluto de ella. No todo lo que parece, es. Se ha dicho que son los celos signo de inseguridad, de dependencia psicólogica e inclusive la manifestación externa de una enfermedad, cuando son inventados o mal infundados. Esto no quiere decir que usted no puede molestarse si ve que a su pareja le coquetean o si el coqueteo es correspondido. La falta de respeto en su presencia o sin ella, no se le va a llamar de otra manera. Los escándalos no son aconsejables, el que tiene la razón no pelea, habla. Puesto que el amor es libre, puede decidir quedarse, adaptarse o irse. Pero no cele, no produce buenos frutos, pone al ser humano en desventaja, reclamando un derecho que si el otro no reconoce, es tiempo perdido. El que realmente ama, no da motivos de celos, porque no se corresponde con sus verdaderos sentimientos. Amar es dar felicidad; no dolor, inquietud, desasociego, y mucho menos traición.

Hay un poeta rondando que parece tiene algo que contarnos.

Esos celos...

Te quejas
porque no te celo,
como si ellos fueran buenos.

Son de la fruta la cáscara
y el éxito de la lágrima
que se disfraza de náufraga.

Son el sonido metálico,
desatinado y estéril
del manipulador fanático.

Me hechas en cara
que no te amo
porque no vivo celando.

Son la rueda del ejército
inseguro, indeciso y dudoso
que tus internos dan crédito.

Son el afanado hábito
de desconfiar sin motivo,
de resucitar el gris pálido.

Y saber... ni siquiera sabes
que ellos te han enfermado
y a mí el amor... me han matado.

  

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