ÉSA, LA INDISPENSABLE EN EL CAMINO

Zoraida Armengol


Caminaba lentamente... y, de vez en cuando, casi tan lento como caminaba, se deleitaba con el olor de tres flores de picuala que llevaba en la mano. ¡Cuánto podía remontarse cuando pensaba! Esa flor huele a rosado intenso, es aún más dulce que ese color. A lo lejos también alguien pensaba, quién la seguía con la vista y ya la había notado hacer el gesto tres veces. Él tenía un arbusto de picuala en su patria, que subía por tres columnas pintadas de verde mar, enredándose en ellas hasta llegar al techo de la casa (la casa de tres generaciones y dos de ellas, no la habían podido volver a pintar). Ya no se preguntaba quién ahora la aspiraba... qué niño se escondería detrás de ella para que no lo descubrieran, ni siquiera quiénes eran los nuevos dueños de su morada, o cuántos dueños habría tenido desde que se fuera.

Sin embargo, aquella chica en suelo extranjero, le había provocado un vuelco en el pecho. Más duro que amargo, más triste que fuerte. Pero había sido bueno. Le había gustado. ¿Cuánto hacía que no se inclinaba sobre una flor? Años, muchos años... ¿Cuándo perdió la habilidad de poner música en su alma, concentrándose en un aroma encantado? ¿Alma? ¿Por dónde andaría ésa? Mira, vuelve a oler aquellos quince pétalos de esas criaturas vivas. Quizás duerma intensamente feliz, dando gracias por esos instantes, pensaba; al menos eso le decía su esposa que siempre hiciese, más él, ya no agradecía. Puede que antes las pusiese en agua para que viviesen un poco más; sí, seguro eso haría. "Acá, donde todos nos mezclamos y los olores no quedan exentos de ello, un viento con ráfagas de picuala me devolvería el alma al cuerpo", se seguía diciendo. Se había hecho tarde. Entró sin hacer el
menor esfuerzo por matar su silencio externo, el interno se hizo más profundo. Cerró despacio la puerta del balcón, como quien teme no volverla a abrir. También para él se había hecho tarde. El exilio había puesto rosas blancas en la tumba de sus anhelos, y no hallaba el modo de resucitarlos.

Corrían los tiempos en que era obligatorio ir a la escuela al campo. Bueno, creo que todavía lo es, a pesar de que ya cuentan dieciséis los años que han logrado sumarse de esta parte. Sin embargo allí el tiempo gusta de detenerse y no avanza ni siendo empujado por yuntas de bueyes, poniendo, cada una, lo mejor de su parte. Tendríamos alrededor de diecisiete años. Y después dicen que cualquier tiempo pasado fue mejor. ¡Qué falacia! Claro no, digo yo; haciendo un gran acopio de positivismo, se puede salir bien librado de muchas cosas, pero creánme, en este caso, con mucho trabajo.

Era a mediados del año 1984. A él le ofrecían la posibilidad de ir a estudiar algo en la U.R.S.S., como la llamaban en aquel entonces. Habían sido novios, y ella no vivía, pensando en el deseo de que llegara el fin de semana para pedir un pase y poder ir a despedirlo, o, al menos, verlo antes de que partiera.

Fue una agonía; lo sentía como si me estuviera pasando a mí, aún lo siento. "Es el país de los imprevistos", (me recordaba a mí misma) cualquier cosa podría pasar. Desde no conseguir transporte que la trasladase a la otra provincia, a tenerse que quedar por no haber cumplimentado las metas. La veía tan ilusionada, aún me parece verla, y es que una ilusión no tiene precio, en el desierto donde nada pasa; cuando nada acontece, como nada ocurre, si nace una ilusión, hay que salvarla. Y me di a esa tarea, y Dios sabe cuánto hice para sostenerla, para que no desfalleciera. Cuando pensaba que lo mejor era decirle la verdad, me acordaba de aquellos baños sin techo donde, con el frío del caer de la tarde, había que ser hijos e hijas de titanes para meterse adentro; con aquellas cortinas de náilon negro (los que tenían), que cualquiera de nosotras sujetaba, para que el aire no las levantara, dejando al descubierto lo que aún guardábamos; (por demás ya raro en esos tiempos) nuestro pudor y dignidad.

Fue la misma semana en que Corina se desmayó en el campo de coles. Ya estábamos casi a la hora de la salida. En realidad, se hizo la desmayada cuando vió al muchacho que le gustaba. Tenía todos los síntomas para estarlo. Había hecho mucho sol, la pipa del agua se había retrasado, padecía de presión baja y estaba... muy cansada. Se dejó llevar por la fatiga; no hizo ningún intento por sobreponerse.  Después, en el albergue contaba: "Lo mejor de todo fue que no tuve que caminar los dos kilómetros a pie hacia el campamento".  Consiguieron una carreta y entre tres muchachos cargaron a La Flaca, apodo por el que era más conocida.

Suerte que no fue nada pensó la mayoría. Frase obligada en estos casos.  A la noche, al entrar al comedor, me los tropecé conversando. Había logrado un acercamiento con Manuel; tenía muy buenos colores y los ojos le brillaban. Me alegré por los dos. Él le explicaba que, cuando llegó, ya estaban los otros. Pero, ¿qué importancia podría tener ya eso? Que conste, que nunca lo dijo, pero yo insisto en que no se desmayó; me parece verla oyendo todo lo que sucedía a su alrededor, quizás porque, en el fondo, si su agotamiento era parecido al mío, yo en su lugar, hubiera hecho lo mismo.

No, no se casaron Corina y Manuel, pero vivieron su pedacito azul. Aquel fin de semana nunca llegaba. Los días se alargaban como melcocha recién hecha y, a veces, tenían sus dulzuras, como el día en que nos enteramos que Antonia y Alexander se habían reconciliado. Pero, en cuanto a mi amiga, toda su emoción se concentraba en el momento del viernes, después de las faenas en que se viera subiendo los escalones de la guagua que la llevaría a su ciudad.

Yo hablabla sin parar. ¿Se puede hablar sin respirar? Sí, yo podía.
- ¿Cómo es posible que haya gente que haya podido pensar, que a ellos no se les iba a dar una segunda oportunidad?
- Ya ves. - me contestó por primera vez.  La noche había caído completamente, y ella estaba esperando que me fuera a dormir a la parte de arriba de la litera, para cerrar la ventana. Hacía calor pero era preferible a que nos entrara algún animal.
- Ellos son tal para cual. ¿No ves que sus dos nombres empiezan con A?

"Qué cosa tan estúpida", debe haber pensado; pero yo seguía. Alexander había tenido varias novias, después de haber mantenido una relación de años, con ella. Ella se notaba que lo seguía amando, pero, muy estoica, no se rebajaba. No faltó quien dijera que ya eran muchos años, y que él tenía derecho a cambiar, a variar. Habían sido una de las parejas más estables del curso y de las que se notaban más enamorados.

Cuando se les vió juntos de nuevo, los envidiosos lloraron lágrimas de sangre, y los que los queríamos bien, nos alegramos desde lo más hondo. Dos más que les ganaban la pelea a la rutina y la sinrazón, a la desazón de los días y al destino marcado sin saber a ciencia cierta el por qué. Y a mí me martillaba lo que le deparaba a mi amiga; distaba de lo que le estaba contando.
- ¿Tú crees que se casen? No me contestó.
- Digo, que lleguen a casarse. - Insistí, tratando de traerla a la realidad.
Quién sabe a cuántas millas andaba. Envuelta en qué ensayado embeleso. Qué palabras se estarían agolpando para aquella despedida incierta, como lo son todas.
- Quién sabe. Sólo Dios sabe. Cierra la ventana, mientras voy al baño.

Había mencionado la palabra Dios, y eso me daba cierta alegría. Habíamos nacido y crecido en un sistema ateo que Lo había desterrado, que lo hubiera hecho de raíz, si hubiera podido, pero no pudo. Ella había hecho su Primera Comunión y Confirmación después de habernos conocido y empezaba a ser un poco más feliz, cada día un poquito más. No obstante le diría lo que sabía cuando regresase. Me preguntaba qué diferencia había entre mentir y ocultar una verdad. Mas, aún no sabiéndolo, decidí callar, cuando rememoricé el estómago que había que tener para ir a una de aquellas letrinas, a donde se iba sólo por necesidad; obviamente. Pensé que el entorno era suficientemente desfavorable como para agregar otra fealdad. Esta última, de las que no se ven, de las que se sienten y te pueden deshojar, hasta llegar a marchitar. Además, no iba a poder dormir, y a las seis de la mañana le esperaba un "DE PIEEE" que le calaría tímpanos, huesos y sangre.

Yo sabía que ya él se encontraba en Rusia. No sé si habían adelantado el viaje o qué había sido. La prima de un amigo de mi hermana, le había comentado a él, a grandes razgos, los pormenores de la despedida del grupo en el aeropuerto, entre los que se encontraba el chico más pensado en la tierra. Como quien pone todos los huevos en una única canasta, ésa última semana, no quedó minuto en que no lo pensase. Ése podría ser un comentario acertado, pero no menos que el siguiente: ¡Qué ironías tiene la vida! Siempre me habían dado mucha tristeza los sueños rotos; podía imaginarme el dolor, tal si se tratase de los míos. Hablando de sueños, no han cambiado mucho las cosas. Si hoy me preguntaran, contestaría que entre otras cosas, siguen siendo los sueños rotos, míos o de otros, los que más tristeza me causan.

Lo demás era historia irrefutable, mi hermana me contó sin darle mucha importancia al asunto, los chistes que hicieron mientras se despedían, las palabras jocosas del final, las pompas de jabón sorpresivas, todo.
Ni se sospechaba cuanto daño podía hacer en mi amiga, esa realidad consumada. Me tocó llevar la carga y verla partir con los ojos aguados. Hace falta vivirlo para entender cómo se pueden llegar a ser feliz con tan poco. Ya no le importaba qué le iba a decir, sólo que lo iba a ver; ni siquiera si sería por sólo unos cortos instantes... lo voy a ver, lo voy a ver, me repetía.
-Lo vas a ver... pero sabe Dios cuándo, - le contesté. Lo hice cuando ya no podía escucharme; donde nadie podría haberme escuchado, porque los labios de la mente sólo pronuncian sílabas inarticuladas.

Ese fin de semana, yo también salí y estuve con mis familiares; la restricción había aflojado por el hecho de ser universitarios. En los seis años anteriores, habían sido cuarenta y cinco días de labores agrícolas, alejados de la familia y hogares, que para combinar el estudio con el trabajo; como solían aburrir e inculcar sus lemas de letanías. Sólo podías obtener un permiso de salida por enfermedad. Lo llamaban trabajo voluntario, ya que, en el diccionario revolucionario, el término trabajo obligatorio admitía ese sinónimo. ¿Ilógico, no? Arbitrário, más bien. Y, entre divagación y divagación, llegué a casa de Belinda, preparada para lo peor.

Habíamos quedado en que yo pasaría por ella, si llegase a salir, para hacer el viaje de regreso juntas. Así me contaba. Subí los escalones que antecedían al portal, que más bien parecía que los estaba bajando. Me salió a la puerta, su mamá. Tan amable como siempre.
- Siéntate, que ya viene. Cerré los ojos, y me dejé caer hacia atrás, recostándome en el respaldar del sofá. De pronto, una algarabía de gozo y júbilo me energetizó completamente. Belinda venía corriendo desde la cocina por todo el largo pasillo, brincando como una niña, como lo que era, porque ¿qué son diecisiete años? Me decía que era la mujer más feliz del mundo. Que estaba feliz, feliz, feliz, feliz sin final.

Que lo había enncontrado bello; que ella sabía que no lo era tanto, pero que ella lo veía precioso. Que hablaron muchísimo, y no se daba cuenta de que me estaba gritando.
- Estuvimos hablando como hasta las tres de la mañana. Claro que nos besamos. Fue muy emotivo. Estoy feliz, feliz. ¿No se me nota? No quedamos en nada; vamos a darnos un tiempo, pero siento que un lazo fuerte se ha estrechado nuevamente. Quedamos en escribirnos y ser los mejores amigos. Siempre fuimos muy unidos; fue mi primer novio, no sé si puedes hacerte idea. Me siento tan feliz como cuando lo conocí...

La escuchaba entre oración y oración. Su alborozo era tan auténtico, como inexplicable; no podía saber qué había pasado, pero en el país de los imprevistos, como yo lo había bautizado, había ocurrido un milagro, un milagro de última hora. No pude aguantar más; se me salieron las lágrimas.
- Pero, Cielo, ¿cómo te vas a poner así? Si te lo digo es para que te contentes. Porque sé que a ti te importa. En el camino te doy más detalles. No seas tonta, chica. ¡Estamos de fiesta! Y, en honor a la verdad parecía una serpentina ambulante. Había dicho bien en decir "estamos", yo tenía motivos dobles para celebrar.
- Me alegro mucho amiga, creéme que sí. - le atiné a decir.
Se marchó a terminar de alistar las cosas que iba a llevar. En la radio empezó a sonar una canción de moda. Siempre pensamos que la última vez, la que estamos viviendo, es la más feliz de todas. Pero reconozco que aquel suceso me hizo muy feliz, no más que a ella por supuesto, sin dejar de ser una felicidad muy especial, de otra índole. Entre Dios y yo no habíamos dejado que otro sueño se rompiera.

Por todas partes se podían encontrar añicos de ellos, pero éste, al menos, había sobrevivido. Uno menos roto, era un canto más a la vida. Presté atención y empecé a adentrarme en la letra de la canción que iba como por la mitad. Dejen vivir a ésa que nace, crece y se agranda... Algo no encaja, pero no importa, los hilos se han movido a su favor. -me aseguré. ... que la dejen ir junto a Sancho Panza, en un arranque de furia injaulada.

No me insitaba la curiosidad, una respuesta mayor me estaba llegando. Si no fuera por ella, entre todas, la eterna... Mi madre me había enseñado que uno no debía anticipar las cosas, que existía un tiempo exacto, sagrado, para todo. Nada se debía forzar, ni presionar; porque en el Universo todo tenía su sentido, hasta los aparentes errores o inequívocos. " Hoy sé de qué me hablabas, madre ". - me dije, y medité sobre ello.  Déjen vivir a ésa que del brazo se pasea, - repercutía e insistía en mis oídos - o del cuello se cuelga por cualquier acera.
"Todo tiene su por qué, su razón de ser". - concluí.

No sabía si reír o llorar. ¿Adónde se había ido mi incertidumbre de antaño? ¿Cómo había podido vacilar en mi decisión? El estribillo persistía, como eco entre montañas, haciéndose notar, reglamando su lugar... dejen vivir a ésa, dejen vivir a ésa... Comprendí que hay una gran diferencia entre mentir y ocultar la verdad, porque quién quita que todo no esté perdido. Por primera vez me di cuenta, que detrás de cada casualidad había un hecho consumado, fabricado con esencia del más allá. Yo sabía que no estábamos solos, mas desconocía, cuánto acompañados estábamos. La intuición puede ser una buena aliada, cuando se le aprende a escuchar.  Lo demás es irrelevante. Esta prima del amigo de mi hermana, no llegó a saber, que parte del grupo, ya casi con un pie en el avión, se quedó sin embarcar. Los reubicaron en otro vuelo para la semana siguiente.

Se fue antes, pensando que ya allí no tenía nada que hacer, ni se olió de que le faltaba la mejor parte. Debió habérselo imaginado, viviendo en el país de los inesperados, donde cualquier cosa puede ocurrir y,  a cualquier hora.

Antonia y Alexander sí se casaron, aún muy jóvenes, y creo haber escuchado que tenían dos hijos. No sé cómo les irá. No por gajes del oficio, sino por cuestiones de exilio. Perdimos el contacto. Ojalá les vaya bien y que a menudo no les asalte la frase: "A pesar de los intentos...", como gusta de aludir a ella, el último de mis amigos escapado de la pesadilla.

Belinda y su amor, se ennoviaron nuevamente al regreso de éste. Duraron mucho tiempo, pero pasaron lo suyo. No sé que los venció. Yo estaba lejos. Todavía nos escribimos y hablamos a veces. Ahora, gracias al correo electrónico, nos saludamos a menudo. Nunca le conté esto que les cuento a ustedes, porque, aunque no se casaron, tuvieron su historia bonita. Fueron felices a su manera, a la manera en que el amor hace los días diferentes, tan diferentes como para olvidarse de que se ha nacido bajo la axficia comunista.

Bueno, ya saben en qué pensaba aquella muchacha que más que caminar  recordaba, que más que inhalar, se extasiaba, que siempre pensó que éste era un buen tema para un cuento que, a quienes conocen de la
añoranza, les hubiera gustado escuchar. No lo dice en voz alta, pero la retuercen la nostalgia, las voces de los amigos de antes, de los conocidos, de los vecinos, de los vencidos, de los por vencer.

"¿Hasta cuándo, Dios mío? ¡Escúchame también esta vez! Yo quiero regresar a mi patria, ver a Belinda, conocer a su hijo; que juegue con el mío, rezar sobre la tumba de mis antepasados, volver a hacer collares con las flores de picuala, machacar con una piedra los frutos de los almendros, para comerme su masita blanda; manchar sin querer con la savia de los crotos, mi vestido recién estrenado; preguntar nuevamente: ¿Por dónde le entra el agua al coco?, y que un anciano me consteste: "Por la madre, hija, por la madre ". " Entiéndeme, Padre amado, eso también lo dejo en tus manos. Yo quiero ser de donde soy... no quiero perder las esperanzas ".

El sueño la venció. Un rayo de luna medio iluminaba la meseta de la cocina, donde semejaba haber un vaso, que escuchaba la agitada conversación de tres florecillas enrojecidas por el agua. La noche volvió a caer por completo, como suele pasar invariablemente, sobre las costas, las casas y los jardines; sobre iglesias, avenidas y gentes que duermen, o, al menos tratan; esta vez, cubriendo con sus alas una ciudad a noventa millas de distancia de la tierra sin alba.


  

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