DESDE EL ESCENARIO A LA PRIMERA FILA

Carlos Andina

 

Como aquel pobre diablo de John Howell, con la diferencia que las instrucciones no me las dictaba nadie; yo hice esto porque quise. Pensé que podría ser divertido hacer el papel de la mosca en la sopa, "ma sí, los críticos pueden irse al diablo"; sin embargo, es claro qué "si lo hago me rajan de una patada en el traste" y lo peor de todo es que "arruinaría el trabajo de mis compañeros", ¡ah!, justo en la tecla, justo; fuera de toda ironía, no sólo son mis compañeros, son amigos y uno es noble, por ende, cualquier acto en contra de ellos me lastimaría a mí mismo. A la mitad de la primera escena, justo cuando me tocaba a mí pude ver a una muchacha sentada en primera fila; sus hermosos ojos me enfocaban todo el tiempo. Al principio no me hizo mella, pero a la larga... 

Mi primera incursión en escena no fue gran cosa, a penas unas palabras bobas y ya; es cierto que mi personaje no era de los principales, pero yo me sentía importantísimo, dueño de esos ojos enormes y radiantes de aquella chica sentada en primera fila. Sentía como si esos ojos me recorrieran por todo el cuerpo y eso me complacía. Poco a poco fui adentrándome más en mi personaje y entre improvisación e improvisación el público se fue interesando más en la trama, -también se dio cuenta de esto el director, que antes de que comenzara el segundo acto me dijo que "por favor no me saliera de mi personaje"-, pero esos ojos ahí, tan grandes y tan lindos...

Los compañeros también se indignaron un poco, aunque no pasó de un regaño y algunas miradas de reojo por parte de los más veteranos. Lamentablemente, esto, lejos de desanimarme me dio un nuevo impulso para continuar con mis improvisaciones. Al comienzo del segundo acto aquellos ojos seguían allí, como era de esperarse, una pequeña sonrisa se dibujo en aquel rostro de muñequita, por un momento quedé encantado con aquella carita que me parecía más hermosa y radiante que hace unos instantes. Sobre el escenario, la acción del segundo proseguía en llantos de dos plañideras en el velorio de uno de los hijos del general, yo, parado junto al féretro no debía hacer más que escuchar los lamentos fingidos de estas dos mujeres. Intenté huir al hechizo de ese par de faroles pero me fue imposible, y como si una orden divina me hubiese bajado del cielo me vino a la cabeza una ocurrencia que provocó la risa general del público. Las dos mujeres sobre el escenario se tentaron aunque rápidamente recobraron su solemnidad oficial, el director echaba chispas y me puteaba bajito, pero a mí todo eso me era ajeno; yo estaba absolutamente entregado a esos ojos, a esos labios, a esa carita que me miraba desde la primera fila. 

Al final del segundo acto el director casi me agarra del cogote; -¿Qué hacés pedazo de animal? -me dijo-. ¡Vas a echar a perder la obra, inútil! El resto de los compañeros me contestó de la misma manera, casi me agarran a trompadas si no fuera porque en pocos minutos debíamos volver al escenario, había safado de puro asco. 

Comenzaba el tercer acto y aquellos ojos hermosos me miraban con mayor atención, ahora sí, estaba seguro de que eran todos para mí y que esa sonrisa también me pertenecía. Ella sin decirlo me decía tantas cosas, me inspiraba valor frente a las amenazas del director, frente a los ceños fruncidos de mis compañeros. "¿Qué importan la cara seria del director o las imprecaciones de las viejas?, total, ella es para mí; además, el público está prestando más atención ahora que en todas las otras funciones".

Lo único que realmente me importaba es que aquélla chica, sentada en primera fila me decía con sus enormes ojos que le gustaba la obra, y que yo, tal vez... Así las cosas, sobre el escenario los diálogos corrían sin dificultad, yo me aburría de lo lindo escuchando las mismas líneas que otras tantas veces había escuchado, pensé que otra intervención no ocasionaría gran cosa, esperé entonces el momento oportuno para hacerlo, y ese momento llegó y la carcajada fue general. Por si fuera poco, el público aplaudió cuando se bajó el telón; jamás se había escuchado un solo aplauso entre acto y acto, pero esto poco le importó al director que casi me degüella. Es innumerable la cantidad de cosas que me dijo, pensé que le iba a dar algo. Mis compañeros me insistieron en que la cosa se iba de las manos, que el director estaba furioso y no se qué cuantas otras cosas más. Lo cierto es que yo no hice caso a nada y seguí en la mía, de todos modos, sabía que esta noche era la última con mis compañeros, que después me iban a rajar "de una patada en el traste" y que nunca más iba a trabajar como actor en ninguna otra compañía. 

Cuarto acto, los ojos de ella que a esa altura eran mis ojos miraban desde la primera fila, y desde el escenario la monotonía insoportable de un drama convertido ya en tragicomedia por un loco que seguiría con sus ocurrencias hasta el final. Aquellos ojos demostraban gran atención, la boca se entreabría un poco, quizás para decir algo que sólo yo creía comprender. ¿Qué debía comprender?, ¿qué faltaba la última?, "sí, a mí también me parecía, gracias ojitos por recordármelo", preparé mi treta póstuma, la que sería la más desopilante de todas, aquella que hiciese volar el techo del teatro de un rugido unánime, algo digno de la posteridad -modestia aparte-. Y no me equivoqué, mi última intervención hizo estallar de risa al publico, hasta el director pareció tentarse aunque inmediatamente la ira se dibujara en su rostro. No fue para la posteridad pero bastante risas desató, incluso ella no pudo reprimir la carcajada y fue allí que supe que ella era definitivamente mía, toda ella, sus ojitos, sus delicados labios, su cuerpecito acomodado en aquella butaca de la primera fila, y desde el escenario una sonrisa que fue sólo para ella. Al final de la obra, antes de que el telón se bajara definitivamente para mí, me acerque con el resto del grupo y saludamos al público que aplaudió de pie. 

Yo me retiré, evitando al director a quien le había bajado la presión, por uno de los costados deseando cruzarme con ella. Después de unos regaños de los compañeros ingresé en los pasillos. No me crucé con ella, tampoco estaba en mi camerino y pasó mucho tiempo hasta que yo la volviera a ver, muchos años esperando que ella, que sus ojos, hasta que una noche fría y lluviosa... Yo estaba en el teatro, sobre el escenario, estaba completamente vacío, entonces yo comencé a actuar como en aquella noche. A medida que la acción transcurría yo sentía que una caricia me recorría el cuerpo, que un par de ojos brillantes me observaban y de pronto era ella, riéndose conmigo, aplaudiendo a rabiar, pude contenerme durante un tiempo, pero finalmente me venció la emoción, dos hilos de plata cruzaron velozmente mi rostro, las palabras comenzaron a agolparse en mi garganta, así fue que caí de rodillas. En el silencio del teatro vacío sentí que alguien más lloraba conmigo, volví la cara y era ella, sentada en primera fila, pidiéndome con sus enormes y lindos ojos que continuara, que siguiera dándole vida desde el escenario. 

  

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