LOS BESOS DE RAFA

Rafael Angel Marañón

 

Absorto y ausente, me sentaba sobre la camita de mi nieto Rafa. Un brusco vuelco en su postura me hizo fijarme en su carita. Era un rostro pequeño que parecía caber en mi puño. Sus labios entreabiertos y su respiración acompasada me llamaron la atención. Unas pequeñísimas gotas de sudor le perlaban cayendo lentas, levemente por su frente, en la que sus undosos cabellos rubios como el oro se pegaban mojados por el sudor. Sus parpados cerrados, casi transparentes, dejaban adivinar mas que ver la redondez y belleza de sus pupilas. 

Estaba rendido, desplomado; cayendo en la cama se durmió con ese extraño, ausente y profundo sueño de los niños, que a no ser por la respiración acompasada, semeja la postura de la muerte. Los brazos abiertos, entregado, inerte. Él estaba cansado, y yo estaba derrumbado y extenuado por un día de juegos, saltos, empujones, y algunos cabezazos alocados, -cocos dice él- con esa sólida fragilidad de los golpes de los niños. 

Gracias a que su bondadosa y dulce hermanita me ayudaba y me permitía algunas treguas. ¡Que alivio era aquella pequeña niña, tan madura para mí!. ¡Como se prestaba suave y sabiamente para ayudarme a bregar con aquel terremoto de risas, saltos, e incesantes preguntas! 

Pensé aliviado. ¡Por fin se durmió! Cuantas veces a lo largo de aquel día musité para mí mismo en medio del barullo y el estrépito de sus juegos, gritos y risas: ¿cuánto falta para que se pueda dormir, y yo pueda reposar tan solo unos minutos? 

Ahora en aquellos momentos de silencio, solo ante aquella criatura tan débil y a la par tan poderosa, me dí cuenta de cuanto le quería. Pero cuando en el silencio de la habitación profundicé en mis sentimientos, me dí cuenta de algo en lo que no había caído en todo el largo día. Vi que aquel ovillito de simplicidad, aquel derroche de gracia, de vida y de glamour, era el recipiente donde se escondía el mismo Dios. El que no cabe en la creación, en la mente del hombre sabio ni en los mas ocultos arcanos que desafían al pensamiento, se hallaba encerrado en aquel niñito. ¡Que gran sacudida de respeto sentí, en aquel momento de consciencia pura ante él!. ¡Que maravilloso es lo simple y lo pequeño! 

Yo había sido siempre el que se consideraba amante de aquel tierno e inocente pajarillo. Sus risas y sus gorgeos, sus ocurrencias verbales, sus gestos maravillosos, su lógica tan directa, movían mi corazón hacia aquella expresión de pura vida y me hacían sentirme fuerte y sustentador de ella. Medité un instante examinando mis móviles y sentimientos sin ninguna clase de subterfugios. 

Al momento me vino al pensamiento, una escena de la que habia gozado mucho pero no había notado en su plenitud por falta de perspicacia o por fatiga corporal. Cuando su padre cogiéndole en brazos y llamando a su hermanita dijo con fingido tono severo, -que tanto esfuerzo cuesta emplear con los niños y que tan mal nos sale cuando lo hacemos- ¡Vamos a la cama! ¡Se acabó! El niño se dejó recoger por su padre. 

Desde los brazos de su padre que me sonreía cómplice de la parodia, mientras se los intentaba llevar a la cama, tendió los suyos tan pequeños y con sus palmas suplicantes diciendo. ¡Un besito a los abuelos!. Besó profusamente a su abuela y despues se soltó del padre que lo dejó caer como sin gana en mis brazos. Él se echó sobre mí y me cubrió literalmente de besos. 

Besos humedos que me mojaban, besos secos que me recorrian anárquicos por todo el rostro, bracitos enlazándome el cuello con mas fuerza que cien cuerdas y labios paseándose por mi barba que le rascaba, ya que estaba sin afeitar desde por la mañana. Gafas del abuelo colgandome ridículas en una sola oreja . ¿Cuántos besos me dio?. No lo sé, pero fueron los besos mas desconcertados y desconcertantes que he recibido, junto con los de su hermanita Rosi cuando era mas pequeña. Besando mi rostro de viejo cansado del largo día, recorriendo locamente orejas, mejillas, barba, y todo lo que encontraba ante sus pequeños labios, me dio una de las lecciónes mas grandes de amor y gratitud que he recibido en mi vida. 

Todo ello sin decir nada, sino vaciando su tierno corazoncito en su abuelo como muestra sincera y expontánea de su gratitud por mi atención y mis caricias de todo el día. Y allí junto al lecho que sostenía aquella vida prístina y pura, pensé y dije para mí mismo, dirigiéndome a aquella pelotita de vida y amor. ¡Te perdono el día que me has hecho pasar! ¡Vaya si te lo perdono! Y bendije aquel largo día en que la vida estuvo pura, alegre y sencilla en mis manos. 

  

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