LO QUE LLAMAMOS NIÑEZ

Delsye Caron


Es bien difícil entender como todas las cosas cambiaron con el devenir del tiempo desde que éramos niños.

Mis abuelos, Eugenia y Heriberto junto con mi madre Jacinta, vivíamos en una casa en la ciudad de la Concepción, en una bella Provincia de agricultores.

La casa de mis abuelos siempre estaba llena de todos mis familiares entre ellos, tíos, primos cercanos y lejanos y todas las proles de todos los hijos. Mi abuelita cocinaba y mi casa parecía un festín, todos iban a comer, contaban historias y chistes de todas clases. Esperábamos siempre ansiosos toda la chiquillería por las horas de los cuentos, que nos hacían soñar con los ojos abiertos en toda clase de historias que nos llevaban a fantasías lejanas de duendes y caballos con alas y de personajes con espadas y princesas y castillos con dragones.

Mi abuelito, Heriberto tenia su finca y trabajaba para alimentarnos a todos con su esfuerzo, mi abuelita criaba sus gallinas y cuidaba sus flores y su huerto siempre olía a cilantro fresco y coles verdes de todos los tonos verdes.

¡Que días más bonitos aquellos!. Nosotros los niños de ese tiempo pasamos una niñez inolvidable, no la podemos comparar con nada.  Mis primos más cercanos a mí eran los hijos de mi tío Manuel, los cuales jugaban conmigo siempre siendo cómplices y miembros de la pandilla del terror de las travesuras. 

Recuerdo cuando Carmencita la hija más pequeña de mi tío Manuel nos ayudaba a construir una casa en la copa de un árbol de cacao, todos trabajamos en la construcción de la misma, sería la casa de los soñadores y creadores de todo lo que imposible parecía pero que en nuestra inventiva infantil siempre se hacía posible. Pero ese día sucedió algo especial, mientras clavaba sobre un pedazo de madera, la niña que sostenía el mismo con su cabeza , no decía nada mientras el clavo traspasaba su piel, cuando me di cuenta, la sangre corría por su carita, tornándose en heroína silenciosa del trozo de madera que serviría a la casa ansiada por todos. ¡Hay, qué días aquellos!.
Por supuesto, al enterarse mi abuelita de lo sucedido, me castigó.  Recuerdo también como parte de nuestras chiquilladas… que mi abuelito tenía una Yegua, y en ella mi abuela nos mandaba a llevarle la comida a la finca. Yo me llevaba conmigo a la pandilla entera de primos, entre ellos estaban mi primo Chicho, Titi y Banny hijos de mi tío Carlos, también a Iván y Toty hijos de mi tío Enrique, y por último a Carmen, Doris, Marelys y Luz Delia hijas de mi tío Manuel.

Todos montados sobre el lomo de esa Yegua, parecíamos tropa de caballería. Mucho antes de llegar a la finca había una quebrada y después de ella una cuesta, bastante alta, allí levante la cabeza de la Yegua cayendo todos boca arriba y cuesta abajo y con todos ellos cayó también la comida averiándose la vasija, porque la Yegua la pisó un poco; yo traté de arreglarla, pero en vista de la urgencia capté un olor a comida que me llevó y a la casa cercana donde vivía una señora de nombre Goya, y le pedí que me llenara la vasija contándole por su puesto el incidente, con la buena suerte que era la misma comida que mi abuelita había preparado ese día. Las palabras se me atropellaron , pero al fin pude agradecer a Doña Goya su bondad.

Ese día cuando mi abuelito llegó a la casa, le dijo a mi abuelita que era la mejor comida que ella había preparado en años. Nosotros sólo escuchábamos y reíamos de lo ocurrido con la complicidad de los compinches que éramos.

Otro día recuerdo que en la parte de atrás de la casa, había un árbol de mamón (quenepas); cuando la fruta estaba lista para ser cosechada se caía sola y las abejas venían a buscar su miel. Mis primos Iván y Toty sólo usaban camisas largas y no pantalones, así que yo los paseaba por encima de las frutas y las abejas se encargaban del resto, los picaban tanto que los pobres niños no podían orinar.

En mi niñez siempre vivía curando animales enfermos y recogiendo perros desamparados. Los perros los llevaba a casa y los escondía en el baño, pero en la noche sus aullidos los delataba y me delataban, tanto que mi abuelita disgustada tiraba los perros a la calle. Y así fui creciendo entre juegos y travesuras…

Planeábamos mis primos y yo cómo ir a comernos las frutas de las fincas ajenas, esto por diversión porque en nuestra finca había las mismas frutas, pero ¡qúe sabrosas saben las frutas hurtadas de huertos vecinos!

Cuando salíamos de vacaciones de la escuela, mis abuelos lo pensaban porque las travesuras eran tan grandes que los pobres se enfermaban.  Un buen día de vacaciones mis primos Chicho, Titi y yo fuimos a la finca de mi abuelito allí había una Yegua con su potrillito; Yo amarré el potrillo y subí en su lomo a mi primo Chicho (que por apodo le decíamos Chicho Baba porque nunca cerraba la boca) luego solté al caballito, este salió dando tumbos y saltos hasta botar al niño lejos donde las espinas y los gusanos lo esperaron, llorando por las picaduras de los gusanos, sin dejar de llorar hasta llegar a la casa de mi abuela, quien por supuesto me azotó , las travesuras que hacíamos recogían azotes por doquier.

Mi abuelita cocinaba y yo me llevaba la comida para alimentar a una viejecita (Dona Feles) la misma que todos creían que era bruja, pero que para mi era sólo eso, una viejecita con hambre y deseos de hablar con alguien. Aún hoy recuerdo sus ojos llenos de agradecimiento y sus caricias con sus manos ásperas quedaron grabadas en mí para siempre.

Recuerdo que jugábamos a indios y a blancos y yo era indio. Hacia las flechas para todos los indios de mi tribu, pero también ayudaba a los blancos a hacer sus biombos, hondas o gomeras ( arma hecha de una forma de Y en un pedazo de rama con una liga fuerte).

Así con todas las armas ya preparadas la batalla comenzaba. Mi prima Marelys disgustada porque los Indios siempre ganaban la batalla cogió su biombo y le pegó tan duro en el ojo a uno de mis indios (Doris) que por poco se lo saca.

Esa fue la experiencia más fea que pasamos, luego el castigo por recompensa no se hizo esperar.

Llegó el tiempo de la cosecha de marañones. Recogíamos las pepitas para tostarlas, pero ese día no queríamos tostarlas en la casa, así que llamé a mi primo Titi y a Chicho y nos fuimos con el kerosén y los fósforos a tierras del Cholo Martín a tostar nuestras semillas. Allí prendimos el fuego para tostar las pepitas, pero el fuego se fue esparciendo con la ayuda del viento, el susto fue grande por no poder controlarlo, de inmediato los niños y yo orinábamos para apagarlo, así logramos exterminarlo y luego, callados y taciturnos regresamos a la casa, prometiendo nunca más hacer algo parecido.

Era horrible pensar que mi primo Chicho nos visitara porque se le ocurría cada cosa , pagando yo las consecuencias de sus travesuras. Así recuerdo que las gallinas de mi abuelita tenían sus pollitos y un buen día Chicho metió los pollitos en bolsas plásticas, sopló las bolsas y así llenas de aire las cerró y los pollitos saltaban desesperados por la falta de oxigeno, cuando los veía muertos se los regresaba a las gallina llamando a mi abuelita para decirle que yo había matado los pollitos. Difíciles esos tiempos por todos los castigos sin culpas…
Qué vida tan bonita la de los niños, aunque a veces hacemos cosas que s llevan a grandes consecuencias; como es el caso de los gusanos de mota (los gusanos del café).

Yo cogía a mi prima Doris y la llevaba debajo de los arbolitos de café para que tocara los gusanos que eran tan bonitos. Ella los tocaba y si no los tocaba yo la llevaba de la mano para que con su piel los rozara, así mi prima lloraba por las picaduras de los gusanos, afectándole las picaduras el sistema urinario que paralizaba el deseo de orinar, y aparte le daban fiebres altas. Después ya arrepentida de eso, lloraba con ella por su dolor. Los niños suelen ser crueles a veces y bondadosos después.

Un buen día llegó a vivir al barrio una nueva familia, esa noche no pude dormir, pensando en el recibimiento que le daríamos al nuevo niño del barrio.

Así comenzaron los planes y mis primas cooperaron en todo. Abrimos un hueco bien hondo, luego lo cubrimos con una lona y le pusimos muchas hojas y también hierba seca para que no se viera, ya listo cojimos el palo viejo de picar leña de mi abuelo lo amarramos con un hilo bien fuerte, lo subimos a un árbol de cacao que quedaba sobre el hueco ya abierto anteriormente, amarrando el resto del cordón de otro árbol de cacao cercano. Con el tronco de madera ya arriba atado decidimos buscar al nuevo niño. 

Cuando llego el niño ( de nombre Enrique) le ofrecimos juguetes y dulces si se pasaba por el espacio donde estaba la lona, pero al niño su sexto sentido le decía que no lo hiciera, después de convencerlo lo hizo y se cayó y junto con él ,el pedazo de tronco que estaba atado en el árbol, el golpe fue tan duro que lo dejó inconsciente y con su espalda raspada, yo me desesperé porque no reaccionaba pero finalmente lo hizo y comenzó a llorar, y le decía entonces que si dejaba de llorar le daríamos los dulces y los juguetes…

El siguiente día su madre vino a decirle a mi abuelita lo que le habíamos hecho a su hijo… mi abuelita no podía creer semejante atrocidad de parte de sus nietos…

Viene a mi mente algo que no puedo dejar fuera, y es el día que mi mamá  estaba preparando la harina para hacer el pan, apresurada me mandó a la tienda a comprarle mantequilla, recuerdo que eran las 11:30 de la mañana. Compré la mantequilla y la puse cerca de la puerta de la casa de un viejito que yo quería mucho, Me distraje en la conversación y se me olvidó el tiempo y la mantequilla, pero cuando recordé, el sol tan fuerte había derretido la mantequilla y tuve que llegar a la casa sin ella. Le expliqué a mi mama lo que sucedió pero ella no creyó , disgustada mi madre me correteo para pegarme y cuando finalmente lo hizo me pegó tan fuerte que me dejó tatuada la espalda con la vaina del machete de mi abuelito.

Que difíciles momentos aquellos, pero comprendí que mis castigos los merecía por mis descuidos, aunque a veces es mejor el amonestar y aplicar otra clase de castigos, porque los azotes quedan muchas veces marcados en el alma.

Nos gustaba a todos oír tocar las bandas de música de la escuela donde estudiábamos. Un día que lo iban a hacer, a tocar, les di a mis primos una mitad de limón a cada uno y nos sentamos en la primera fila. Cuando la banda de trompetas comenzó a tocar todos sacamos los limones y comenzamos a chuparlos, Ya no les podía salir ruido a las trompetas porque los trompetistas solo tenían en sus mentes el ácido de los limones. Qué feo fue la experiencia cuando en fila india nos sacaron a todos del salón. Prometimos no hacer nunca más ninguna travesura.
Y así al pasar del tiempo las cosas fueron cambiando, hasta que un día mi abuelita se enfermó quedando postrada en su cama y a las doce de la noche de un 21 de diciembre murió.

Ya no hubo fiesta de navidad, hasta el árbol de navidad lo quitaron para poner la caja con los restos de mi abuelita.

Ya la familia dejó de reunirse en la casa que fue de mi abuelita, y yo notaba que algo faltaba y sentía siempre el dolor de la pérdida de mi abuelita. Muchas otras cosas comenzaron a cambiar. La casa ya no era la misma.

Sintiendo en cada uno de nosotros que estaba finalizando así la etapa de la niñez de estos niños traviesos. Luego todos crecimos, cada quien tomó rumbos diferentes. Ahora las visitas son distanciadas y solo nos acercamos cuando hay una boda o un entierro en la familia.

Ocasionalmente visitamos el cementerio, donde se encuentran nuestros abuelos que tantos dolores de cabeza les dimos.

Hoy nuestra comunicación es tan escasa, que han pasado años y no nos hemos visto ni las caras para saber si son las mismas o el tiempo ha dejado huellas que nos hacen irreconocibles unos a otros.

Etapa de la niñez, donde los juegos parecen reales y donde las travesuras son juegos que a veces lastiman, pero que siempre al recordarlas la sonrisa se dibuja en los rostros de hoy. 

1 de junio de 2002

  

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