MI PRIMER AMOR

Raphaël Marí Caselles

 

Entre mis siete y ocho años conocí a mi prime; amor desde luego platónico y silencioso.  Ella se llamaba Mª Teresa. Nunca conoció mis sentimientos, ya que me guardé mucho de manifestarlos. En aquella época, yo era muy tímido, los años, naturalmente, me han hecho cambiar.

Mª Teresa vivía en la escalera de al lado, y bajaba a jugar con todos los niños y niñas del barrio entre los que me encontraba yo.  Su padre era un novelista reputado, ella, hija única, de una madre delicada. Me acuerdo que cuando la madre venía del mercado, cargada con la compra, le daba a su hija aceitunas verdes y gruesas (sevillanas), ella muy gentilmente nos obsequiaba con ellas. Yo, tímidamente, le tomaba una.

A diario, cuando bajaba a la calle mi mirada la buscaba y cuando la veía, sentía alegría en mi corazón.
En la calle, todos los niños jugábamos juntos al mismo juego, al que se decidiera en el momento, y casi nunca me ponía a su lado , pero la miraba, y en alguna ocasión hablábamos.

Un día, en no recuerdo qué juego, la sujeté por las muñecas, ella se enfadó muchísimo y me pateó las piernas; yo no sentí dolor, tan fuerte fue el sentimiento de su cercanía.

Su amiga más intima vivía en la misma finca que yo y también era bonita como ella; en ocasiones, hablábamos los tres. Aunque siempre pensé que Mª Teresa era la más dulce.

Una chica de servicio ayudaba a su madre y era como una hija más, querida y respetada como un miembro más de la familia. Esta, a su vez, conocía a mis tíos y me apreciaba mucho, de vez en cuando, me contaba cosas del objeto de mis desvelos.  En ocasiones soñaba que la llevaba en brazos como Superman. 

Nunca, ni en sueños, hubo un deseo de contacto físico, quizá sea por ello, que aun hoy guardo su recuerdo en mi corazón como una flor que nunca se marchita.

Recuerdo que un día subí a su casa y me dieron unos (comics) una especie de tebeos infantiles que en aquella época todos los niños leíamos. Su casa era amplia y soleada, a pesar de ser más o menos como la de mis abuelos. En su familia el número de miembros era menor, por lo que, además de la luz, estaban más holgados. Acostumbrado a un primer piso, la vista desde su balcón me dio una visión diferente del barrio.

Su madre me parecía una mujer dulce y refinada, me caía muy bien y la miraba cuando regresaba a su casa en sus salidas , el padre era un hombre bastante corpulento y bastante seco de carácter, según mi forma de ver de la época.

En una ocasión jugábamos varios chicos y chicas al escondite y nos refugiamos en una portería debajo de la escalera, estaba completamente a oscuras, a mi todo ese amontonamiento de chicos apretujándose no me gustó y quedé a la parte de afuera, ella estaba adentro con los otros y todos ellos riéndose mucho. 

Todo estos son pequeños retazos de escenas de ese alegre y despreocupado pasado, que de una manera o otra, compartíamos.  Pasó el tiempo y me fui a vivir a la nueva casa de mis padres; con ello perdí contacto con ella, y poco tiempo después , supe que ella también cambió de barrio.   En una ocasión busqué su teléfono en la calle que me dijeron que vivía, no lo encontré.

Pasaron unos pocos años y me enteré por la chica que había vivido con ellos en el barrio y que se llamaba Isabel, que la madre había muerto, sufrí tristeza por ella pues sabía lo mucho que se querían.

Otros pocos años después nos vimos no recuerdo en que circunstancias, y me ofreció unos libros de los que su padre era el autor. No recuerdo el por qué, pero no llegué a recogerlos en esa ocasión ni nunca, aunque ella me contó que trabajaba en una Editorial de correctora.

En otra ocasión la misma Isabel, me explicó que mi amor platónico, ya casada, que había tenido muy mala suerte con su marido y las relaciones con los hombres siempre le salían mal. También por esa época perdió al padre.  Años más tarde supe que se había tenido que poner en manos de un prestigioso psiquiatra y que se encontraba bastante mal, aquejada de una fuerte depresión.

Y sentí pena, mucha pena por ella.

  

 

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