CARTA SIN DESTINO

Maite Mainé

Era un atardecer de primavera.  La suave brisa penetraba en la habitación, al tiempo que la luz tenue se filtraba a través de las suaves cortinas.

Ella se había abandonado a los recuerdos, mientras empezaba a escribir a alguien y sus pupilas brillaban con un ardor inusitado.

El silencio era tal, que tan sólo se escuchaba la brisa y el rasguear de la pluma sobre el papel.

“Amor mío:

Esta mañana, cuando amaneció, no estabas ya a mi lado.

Me falta tu presencia, tus palabras e incluso tus silencios, pero a mi lado, estrechada a ti.

Ese corto espacio de tiempo que vivimos fue como si me abrieran las ventanas de un nuevo mundo soñado por mí desde hacía mucho.

El tiempo parece carecer de dimensión: He debido medirlo por días o por sensaciones y la unidad de la que me sirvo es la de las horas pasadas junto a ti. Pero el tiempo es odioso a veces, siempre termina por hacernos ver su presencia. Y con la huída del tiempo, siento crecer de nuevo en mí necesidad de verte.

Vagamos por la superficie de la tierra y la mayoría de las veces sólo encontramos frutos verdes. Vivimos en un mundo de ciencia, de progreso, pero carente, la mayoría de las veces, de amor, de comprensión, de paz. Mi vida siempre fue un continuo hacer camino a la ilusión, a la esperanza. Hasta que nos hallamos.

No quisiera que la fría y cotidiana realidad nos despertase. Pese a la brevedad de nuestros encuentros, fue lo suficientemente amplia para darnos cuenta de nuestro amor. Las emociones, los sentimientos, las aficiones de ambos, nos unieron. También esa ansia desconocida por algo que, a veces, habíamos puesto en duda que existiera, ese vacío que queríamos llenar sin lograrlo, y una soledad contra la cual rebelarnos. También esa cierta visión común de la Vida. Fue algo verdaderamente hermoso. Intenso. No lo destruyamos, amor. Los milagros no se repiten y quiero creer –estoy convencida- de que el nuestro –nuestro encuentro- fue un milagro. Con ese recuerdo, quiero construir algo muy hermoso, que esté más allá de la distancia, del tiempo, para que, en el momento de reencontrarnos, aunque no hallemos las palabras justas, precisas, que abarquen toda nuestra intensa emoción, nuestras miradas hablen por nosotros, diciendo que repetiríamos cada instante como lo hemos vivido, sin vacilaciones. 

Nuevamente he tomado gusto por la vida. He vuelto a sentir la dicha de vivir, esa esperanza de que algo, en algún momento determinado, en cualquier momento, puede cambiar mi vida –que de hecho, ha cambiado ya al conocerte-.  Siento una mayor profundidad de espíritu, la visión de las cosas me parece mucho más simple.

Y... aunque me siento sola constantemente, no quiero combatir esa soledad, que sirve para robustecer mis sentimientos. No, no la quiero combatir, sino antes bien, disfrutarla llenándola precisamente de todos los buenos recuerdos que me has dejado.

¿Cómo expresarte lo que para mí significa cada llamada tuya ¿Siento, con cada llamada, esa alegría un tanto egoísta y liviana, que me produce sentirme donde tú estás por el solo hecho de estar en tu recuerdo. 

Cuando, de avión en avión, sentía que ibas separándote de mí, en distancia kilométrica, me decía a mí misma que la vida es continuidad de momentos y que ésa era sólo una breve separación porque, como dijiste al despedirnos “Pese a que todo un Atlántico nos separa, siempre estaré a tu lado."

Ese mismo mar que contemplamos los dos, y que ahora diviso desde mi ventana, parece que ha perdido luminosidad, al igual que mi pulso el ritmo de aquellos días.

¡Cómo me duele tu ausencia ¡ Pero cómo y cuánto me arropan, y con qué dulzura, los recuerdos, las vivencias.

No tardes, te espero. Hasta siempre, mi amor."

La pluma cesó de rasguear sobre el papel. 

La brisa, algo más fuerte, movía en suave vaivén la cabellera de ella.

El azul de la noche daba a la habitación un tono casi irreal.

Por la mañana la hallaron, serena y fría.

Su melena cubría la carta. 

Una carta sin destino...

  

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