AUNQUE NADIE ME CREA

Ana Buquet

Quito el hilván de mis recuerdos. Corro el velo de una esperanza muerta. Me visto de luto.

Éramos tan locos, tan jóvenes, tan nosotros, que el delirio nos reconocía cada noche.  Cualquier momento de nuestra vida se adueñaba un poco de la otra, y terminamos siendo casi uno. Fuimos dos.  Nos pensamos únicos, dueños de la aurora y de los horizontes. Ingenuos, creímos que nuestro mar era el mismo. Fuimos incapaces de pensar que algún daño nos acechara, que existiese una tempestad que terminara con todo. Era tan profundo, tan nuestro, que no imaginamos que fueran a llegarnos sus conjuros.  Como si antes no hubiese habido vida, sentíamos que éramos únicos en el mundo.

Recuerdo aún sus manos fuertes, su voz, aquellos susurros, nuestras cercanías absolutas, plenas.  Era amor. No más que eso, y todo eso. Traspasaríamos nuestras fronteras una y otra vez. Fue de golpe. Todo dejó de ser. Nada había existido. Historia que yo había soñado. Sólo cuentos de una pobre perturbada.

Hoy tengo una casa nueva, grande y solitaria. Todo en ella es blanco y gris. Paredes blancas, pisos grises. Camas blancas, cortinas grises.  Las manos del hombre que a veces me visita, portan siempre un cuaderno.  Creo que me escribe cartas de amor mientras le hablo, pero nunca me las da. Las entrega a una señora de vestido blanco que es quien me cuida. No es mi madre. No sé quién es.

Ellos son los únicos que me creen cuando les digo que soy un pez hembra cansado de recorrer los mares de un lado a otro en busca de aquello que un día se llevó la tempestad.

  

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