AMARCORD, Buenos Aires

Horacio Destaillats



Los recuerdos de la infancia se suelen ver como a través de un tul espeso. A veces el tul se corre y esos son los que se fijan vívidos, netos.

Vivíamos en una casa de altos vieja, grande, junto con tíos, abuelas y hasta con mi bisabuela. Y yo tenía una perra. En realidad el dueño de la perra era mi tío Quico quien la había traído de Corrientes donde fue vigilante, corredor de comercio y quien sabe que más. Pero era mi perra, mi orgullo frente a mis amigos y primos que no tenían una bestia semejante. Porque era una verdadera bestia, la Yaguá. En idioma guaraní, su nombre significaba simplemente "perro" y para mi sigue siendo el perro de mi vida, pese a haber tenido varios animales a lo largo de los años. 

Pese a su aspecto feroz de mestizona con base de boxer o de bull-dog, era mansa como un cordero. Nunca había mordido a nadie, no recuerdo que le haya mostrado los dientes a algún proveedor o visitante, ni siquiera "toreaba" como dicen en el campo, porque la Yaguá era muda. Jamás ladraba, no se si por alguna cuestión genética, por un defecto innato o simplemente porque consideraba que no había motivo para hacerlo... Porque era un bicho muy entendido; conocía los horarios de la casa con toda precisión: el de mi vuelta de la escuela, la hora a que llegaba Mateo Bordetas,- el lechero, que le dejaba siempre un chorrito de leche en su plato - , los movimientos de mi tío y desde luego los horarios de la cena y del almuerzo que en esa época eran tan sagrados. 

Como de sexualidad no se hablaba, nunca supe si no tenía cría porque era estéril o porque era una víctima reprimida de las costumbres victorianas. 

Pobre Yaguá! Los que no la conocían le tenían miedo, nos pedían que la atáramos, cosa imposible porque ni siquiera tenía collar. Claro que tenían sus razones para temerle porque cuando corría, sus 40 kilos lanzados eran un peligro. Una tarde de verano estábamos en la puerta tomando fresco después de una lluvia y la Yaguá se paseaba por la vereda con sus patazas embarradas cuando vió venir a alguien vestido a la moda ,- traje blanco "palm-beach"- y lo confundió con el tío Quico. Se le fué encima para hacerle fiestas pero el tipo se asustó y no pudo evitar que le plantara las patas en el pecho, en las solapas mas precisamente. El pobre quedó tan blanco por el susto como su traje y ni siquiera atinó a protestar. Me pregunto quien sería y como habrá contado el hecho a posteriori...!

A la Yaguá le gustaba correr a los gatos. Vivíamos en un barrio de medio pelo: Santa Fé y Salguero.. En los alrededores había varios baldíos y la perra se dedicaba a buscarlos y perseguirlos por allí, pero solo deportivamente. Nunca supe que haya atacado a alguno en serio. Era una perra buena. A mi me decían que era toda una garantía contra la entrada de algún ladrón a la casa. Y yo me lo creía y me sentía seguro si me tenía que quedar solo: la Yaguá me cuidaba.

Yo tenía siete años y estaba en segundo grado en la escuela de la calle Charcas, que todavía está allí. Volvía a mediodía y la Yaguá me esperaba sentada en la escalera de madera, detrás de la puerta cancel. Generalmente le traía algún cacho de pan que me sobraba del que repartían en el segundo recreo junto con el vaso de leche. Tenía que cuidar que no me emporcara el guardapolvo con sus expansiones bestiales. Un día subí y encendí la radio. Porque en casa había radio. Mi viejo la había comprado hacía poco y era un orgullo, no cualquiera tenía. Me acuerdo de esa radio tan bien que la podría dibujar. Tenía una caja de madera como una cúpula y un dial que se iluminaba, con una aguja que se desplazaba girando por esos números que nadie sabía que significaban. De atrás salía un cable - la antena - que había que conectar a algun lado como podía ser una cuchara de metal o tenerla con la mano para que agarrara bien la onda. 

Mientras jugaba con la perra escuché el noticioso de las doce que dijo algo así como que se había recibido una información desde un país lejano: había muerto un tal Carlos Gardel en un accidente. No le di mucha importancia, no tenía idea de quien podía ser el muerto. 

Al rato llegó mi madre, que había ido a comprar algo al almacén. Me dijo como al pasar: Que tal Cachito , dijeron algo interesante en la radio? Si, mami, se murió Carlos Gardel, le contesté.

Me asusté mucho por los aspavientos que hizo mi mamá con esa noticia. Se precipitó sobre la radio y al poco rato repitieron la información, que al parecer era algo muy importante. Lloraba mi madre y también mi abuela que apareció desde el fondo. Yo creía que era algún pariente y no entendía nada, hasta que me explicaron que era un cantor. Entonces me alivié, al fin de cuentas hay tantos otros cantores, pensé. Muchos años después tomé conciencia de que no era así, otro como él no había... 

Esa tarde fuí a casa de un compañerito a hacer los deberes. Estuve allí hasta eso de las seis, supongo, porque cuando volvía ya estaba oscuro, era invierno. En la puerta estaba mi mamá, con cara trágica. Me abrazó y me dijo: Cachito, pasó algo muy feo ! Si, ya sé, murió Gardel contesté, un poco asustado. No, no, la que murió fué la Yaguá ! !

Se había caído desde la azotea por correr a las palomas por una cornisa. 

La muerte de la Yaguá fué un desgarro tremendo. Era mi perra. Fue mi primer contacto con la muerte, la manera de captar que eso existe, que cuando alguien se muere no está más. Me explicaron que había caído justo delante de la puerta de calle en el mismo momento en que el verdulero tocaba el timbre y que por poco cae encima suyo. Y que la habían llevado a la veterinaria donde le dieron una inyección para que no sufriera. Alguien dijo también que se había suicidado por la noticia de Gardel. Esto era una especie de broma macabra, pero a lo mejor fue verdad, era tan humana la Yaguá..!!

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