LAS MATEMATICAS

Nela Iturralde



Me gustaba la escuela. El olor de las aulas, el sol del patio, las maestras impecables... Curiosa y husmeadora de libros, revistas o lo que fuera que tuviese letras, absorbía todo con facilidad... menos las matemáticas. Cuando empecé la escuela ya sabía leer tal vez debido a los largos inviernos llenos de asma y vacios de sol.

Los números me resultaron extraños, o quizás fue el descubrir que las palabras comunican, acercan... era como comparar negro y blanco. Terminé sexto grado con muy buenas calificaciones.

Después de unas largas y discutidas votaciones, las maestras y mis compañeros me
eligieron para llevar la bandera, y decirlo ahora es como una ofrenda al tremendo esfuerzo que hice para poder resolver los cálculos y las ecuaciones. Las calificaciones en las otras materias pusieron un velo piadoso sobre el simple "bueno" que tuve en matemáticas.

Durante los dos primeros años del secundario el monstruo estuvo adormecido. La profesora era una mujer de baja estatura, casi siempre vestida de traje sastre oscuro y una blusa blanca con puntillas que la hacía parecer algo vulnerable. Ni linda ni fea, pulcra y bastante agria. Mientras desarrollábamos los ejercicios en la pizarra, se paraba con los brazos colgando y las manos entrelazadas haciendo girar los pulgares. Observándolos, recordaba las paletas de esos barcos de historieta que navegaban por el Mississipi, mientras los esclavos sudaban cosechando algodón en la orilla. Cualquier imagen reemplazaba a los números en mi cabeza. En una oportunidad en que yo había pasado al frente, ella estaba sentada junto al escritorio y observé sus pulgares. Pensé:" Debe de ser un tic nervioso".

Estaba equivocada. No era sólo eso, era un modo de expresar su conformidad o su desacuerdo. Si cometíamos un error, los giraba en sentido contrario: eso hacía que los que estaban sentados comenzaran a hacer señas desesperadas, indicándole al que estaba exponiendo que algo andaba mal. Entonces el condenado simulaba reflexionar, deshacía todo y empezaba de nuevo. 

¡Qué desvalidos me parecían mis compañeros cuando pasaban al frente, solos con su alma delante de ese enorme pizarrón negro! 

Me califico con un cinco una vez que confesé, casi sin levantarme del asiento, que no había estudiado. En el preciso instante en que mi pie vestido con la media azul reglamentaria, se estiraba hacia el pasillo tratando de rescatar el calzado que Alfredo, que se sentaba en la fila contigua, me había robado. Ella dijo: -A ver, a ver... pase usted. Después de buscar a ciegas y con desesperación debajo del banco, decidí que prefería un aplazo a una delación.

En el recreo Alfredo se me acercó, arrepentido y rojo de vergüenza, y me dijo: “ “Perdoname, Pelusa... pero no te saques más los zapatos en clase porque me distraigo”.

La mujer, como casi todos los demás profesores, nos trataba de usted y nos llamaba por el apellido, pero a veces le descubría en los ojos un destello de ternura... o de lástima . Era soltera, de unos cincuenta años y a pesar del eterno traje sastre (nunca supe si era siempre el mismo o tenía varios idénticos) se pintaba los labios con un tono rojo furioso que ponía un toque de audacia en su boca recta y apretada. Con Nuchi, mi amiga del barrio que también la padecía pero en otro curso, descubrimos que vivía a unas pocas cuadras de nuestro barrio, en una casa antigua y señorial, llena de mármoles y maderas nobles, e imaginábamos que era agria porque algún novio la había abandonado a punto de casarse ; o tal vez su pretendiente había muerto, y ella era como una viuda eterna llorando sobre el ajuar sin estrenar.  Al final de la clase siempre se cruzaba con el profesor de contabilidad y le sonreía, coqueta.
  
En casa de Nuchi, por las tardes, en vez de estudiar nos entreteníamos imaginando un romance apasionado entre la profesora y el director del colegio - que era bastante libidinoso- ; pensábamos que se pintaba los labios de rojo para seducirlo, y que él le robaba besos en los pasillos, a escondidas . Estos delirios hacían que nos tentáramos de risa si los veíamos charlando juntos en el patio. Se nos notaba al instante la novela de Corín Tellado que devorábamos cada día.

Antes de terminar las clases, y cuando ya había anunciado las notas finales (me había aprobado), yo estaba apoyada mirando como siempre a los gorriones que se bañaban en un charquito junto al bebedero depiedra del patio y la vi acercarse, luciendo esa sonrisita que no era irónica ni desagradable, sino -creo- simple timidez. Se puso a mi lado, al sol, y me preguntó, sin mirarme: -Dígame, señorita, ¿en todas las materias se saca usted los zapatos?..

Y prosiguió su camino dejando unas sonrisa flotando en el aire.

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