Mecenas presentando las Artes al Emperador Augusto Giovanni Battista Tiepolo 1696-1770
Cuando Augusto fuera Emperador de Roma, su amigo Cayo Cilnio Mecenas rehusó toda clase de honores, aunque con frecuencia quedaba encargado de la administración del Imperio, durante la ausencia del soberano. Empleó su valimiento y sus inmensas riquezas en favorecer las Letras y las Artes, y protegió, entre otros, a Virgilio, Horacio y Propercio. Horacio consiguió, gracias a su gran amigo Virgilio, la protección de Mecenas, y en la Villa Sabina que éste le regalara, se dedicó, alcanzada ya la serenidad de ánimo, a la composición de versos de mayor elevación moral y estética. Gracias a la ayuda dispensada por Mecenas, su nombre ha pasado a la posteridad como sinónimo de generoso protector de las Artes. Inspirados en este concepto, hemos creado nuestra Villa Sabina (www.cayomecenas.com), donde esperamos, los artistas encuentren la tranquilidad necesaria para evolucionar hacia una obra superior, alentados por quienes nos visiten. Nuestra Villa Sabina está abierta a todos, los invitamos a participar, y desde ya, quedamos agradecidos por su colaboración.
PEQUEÑO HOMENAJE A JOSÉ SARAMAGO
Discurso de aceptación del Premio ante la Academia Sueca.
El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni
escribir.
A las cuatro de la madrugada, cuando la promesa de un nuevo día aún
venía por tierras de Francia, se levantaba del catre y salía al
campo, llevando hasta el pasto la media docena de cerdas de cuya
fertilidad se alimentaban él y la mujer. Vivían de esta escasez mis
abuelos maternos, de la pequeña cría de cerdos que después del
desmame eran vendidos a los vecinos de la aldea. Azinhaga era su
nombre, en la provincia del Ribatejo.
Se llamaban Jerónimo Melrinho y Josefa Caixinha esos abuelos, y eran
analfabetos uno y otro. En el invierno, cuando el frío de la noche
apretaba hasta el punto de que el agua de los cántaros se helaba
dentro de la casa, recogían de las pocilgas a los lechones más
débiles y se los llevaban a su cama. Debajo de las mantas ásperas,
el calor de los humanos libraba a los animalillos de una muerte
cierta. Aunque fuera gente de buen carácter, no era por primores de
alma compasiva por lo que los dos viejos procedían así: lo que les
preocupaba, sin sentimentalismos ni retóricas, era proteger su pan
de cada día, con la naturalidad de quien, para mantener la vida, no
aprendió a pensar mucho más de lo que es indispensable.
Ayudé muchas veces a éste mi abuelo Jerónimo en sus andanzas de
pastor, cavé muchas veces la tierra del huerto anexo a la casa y
corté leña para la lumbre, muchas veces, dando vueltas y vueltas a
la gran rueda de hierro que accionaba la bomba, hice subir agua del
pozo comunitario y la transporté al hombro, muchas veces, a
escondidas de los guardas de las cosechas, fui con mi abuela,
también de madrugada, pertrechados de rastrillo, paño y cuerda, a
recoger en los rastrojos la paja suelta que después habría de servir
para lecho del ganado. Y algunas veces, en noches calientes de
verano, después de la cena, mi abuelo me decía: "José, hoy vamos a
dormir los dos debajo de la higuera".
Había otras dos higueras, pero aquélla, ciertamente por ser la
mayor, por ser la más antigua, por ser la de siempre, era, para
todas las personas de la casa, la higuera. Más o menos por
antonomasia, palabra erudita que sólo muchos años después acabaría
conociendo y sabiendo lo que significaba. En medio de la paz
nocturna, entre las ramas altas del árbol, una estrella se me
aparecía, y después, lentamente, se escondía detrás de una hoja, y,
mirando en otra dirección, tal como un río corriendo en silencio por
el cielo cóncavo, surgía la claridad traslúcida de la vía láctea, el
camino de Santiago, como todavía le llamábamos en la aldea. Mientras
el sueño llegaba, la noche se poblaba con las historias y los
sucesos que mi abuelo iba contando: leyendas, apariciones, asombros,
episodios singulares, muertes antiguas, escaramuzas de palo y
piedra, palabras de antepasados, un incansable rumor de memorias que
me mantenía despierto, al mismo que suavemente me acunaba. Nunca
supe si él se callaba cuando descubría que me había dormido, o si
seguía hablando para no dejar a medias la respuesta a la pregunta
que invariablemente le hacía en las pausas más demoradas que él,
calculadamente, le introducía en el relato: " Y después?". Tal vez
repitiese las historias para sí mismo, quizá para no olvidarlas,
quizá para enriquecerlas con peripecias nuevas. En aquella edad mía
y en aquel tiempo de todos nosotros, no será necesario decir que yo
imaginaba que mi abuelo Jerónimo era señor de toda la ciencia del
mundo.
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